Vito González

−¡Mira mamá, tu comida sabe horrible!, si no te certificas en la competencia de alimentación a la familia, voy a pedir los bonos para comer en la escuela, ahí sí están certificados.

−Si tú haces esto, yo no te llevo a la fiesta del sábado, además, arregla tu recamara que parece un cochinero.

−¡Párale! No me puedes ofender, porque en el manual para la convivencia de la familia, dice que no me puedes levantar la voz, ni ofender, ni menos prohibir que vea a mis amigos, y en la fiesta van a estar mis amigos, así es que me tienes que llevar.

− Ese mentado manual, ¡cómo lo odio!, yo recuerdo cuando era alumna, cómo disfrutábamos hacer rabiar a los maestros y directivos, y no nos podían reprobar, ni castigar, ni siquiera dejarnos sin recreo; por más que hablaban y hablaban con nosotros, ni caso les hacíamos. ¡Quién iba a decir que yo lo iba a vivir con mis hijos!

−Te doy, madre, hasta el fin de año para que te certifiques como mamá, porque cuando tú lavas y planchas la ropa, lo haces muy mal.

− No siempre hay dinero para ir a la lavandería, o a comer fuera, tengo que pagar muchas certificaciones de mi trabajo.


 

El sábado en la noche, la señora González recibe una visita de la policía.

−Señora González, ¿es usted la madre del niño Vito González?

−Sí, ¿qué le pasó a Vito. Está bien!

– Lo siento mucho señora, pero él está muerto, estaban en una fiesta, jugando con armas, al parecer alguien llevó armas reales, con balas de verdad, y se mataron, bueno, algunos están gravemente heridos, y otros detenidos. Tiene que Acompañarnos.

Ella se pone como loca, se jala los cabellos, y cae de rodillas al piso, llorando amargamente. El policía susurra: ¡Cómo es que sucede esto! El que ama a su hijo, le azota sin cesar, para poderse alegrar en su futuro.

−Eso dígale a ese tal manual; la balanza se inclina los hijos, y a nosotros nos tienen atadas las manos. Mi hija de 12 años ya no vive conmigo, porque la empecé a corregir fuertemente, pues estaba en malos pasos, y se fue, no pude  impedírselo, ella ganó el juicio…ahora, está sufriendo las consecuencias de sus decisiones. Sí, ya sé que el que mima a su hijo, vendará sus heridas, a cada grito se le conmoverán sus entrañas. Yo lo sé, pero que alguien se los diga a ellos. ¡Vámonos!

Fin

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