Vilarca

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Me llamo Vilarca, tengo catorce años y estudio en la Secundaria Técnica número cuarenta y dos. Por supuesto, vivo en la colonia Hogar Moderno. Mi padre tiene un taller mecánico y mi madre es lo que puede llamarse  ama de casa, con la peculiaridad de que está loca como Don Quijote.
Repito que mi nombre es Vilarca y  tanto el pasado como el futuro me enferman. Primero odié con todas mis fuerzas chorrear sangre entre las piernas, después detesté infinitamente tener que abrirme para que Luna (apócope de lunático) dejara de lloriquear y de hablarme de amor en tono suplicante, y ahora, ahora esto que no pienso soportar: no voy a hincharme, a romperme  y  a desangrarme para que un güey nazca. No.
Tengo un hermano de ocho años, saqué diez en matemáticas, siempre estoy en el cuadro de honor, literalmente aquí no pertenezco y  voy a suicidarme.
Probablemente fue Luna quien me inspiró. Todos dicen que debe haberse arrepentido en el último momento, pero yo no lo creo. Teníamos muchas cosas en común: la calle, los libros, la escuela,  la curiosidad, la virginidad, sólo que a él le molestaba y a mí no me importaba. En fin, si se mató es que quería estar muerto, de eso estoy segura.
¿Por qué gastar en arsénico o en pastillas? A quien de verdad quiere morir con dejar de respirar le basta. Pero está cabrón eso de vencer el instinto de conservación, me consta. Anoche quise detener mi respiración y no lo conseguí.
Todos los métodos guardan su riesgo. Cortarse las muñecas, por ejemplo, es muy tardado, casi siempre te salvan y lo más que obtienes es una dotación de miradas compasivas, cuchicheos y feas cicatrices que te delatan para siempre. Así le pasó a Lupita y no se me antoja para nada. Con los venenos pasa igual,  un poco de mala suerte y se aparecen tu madre, el perro o la vecina, te llevan de volada al hospital y después de un  un incómodo lavado estomacal pasas a la tradición oral del vecindario. Ahora, conseguirme una pistola está en chino.
No es cuestión de valor o cobardía como gritaba el Rulo cuando se mató su cuate, es cuestión de deseo, de querer o no querer la vida. Yo tampoco lo entendía pero hoy lo entiendo. Sé muy bien que aunque tuviera la certeza de que voy a ser feliz, no querría seguir viva. Simplemente no deseo el futuro aunque me guarde los momentos más luminosos. Así de sencillo y sin azotes, como cuando te ofrecen un café y lo rechazas no porque en ese momento no se te antoje, sino porque jamás te ha gustado, porque no lo toleras y no te da la gana tomártelo. Es cierto que a pesar de mis broncas podría
conservar los días pero no, muchas gracias.
Mañana todos se irán a la boda de mi prima en Tixtla, a tres horas y media de aquí. He pasado las últimas semanas  ayudando a mi madre a hacer recuerdos de migajón, pero creo que unos cólicos menstruales inexistentes me impedirán ir a la fiesta. Mañana antes de que se meta el sol me colgaré en el patio de mi casa, que es particular.

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