Vida y obra de la mujer del Bang

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Como siempre tuvo muñecas y nunca la dejaron jugar a los vaqueros con los niños, Dalila nunca supo que tenía ese poder hasta cumplidos los quince, cuando se enteró, a la mitad de un juego de pintball, que su novio la había engañado con una prima suya. Él, nada tonto, le había quitado el arma antes de que empezara el alboroto, y después de una larga y exhausta discusión, el muchacho se fue caminando sin importarle nada. Entonces, como no había nada con que golpear al imbécil y viendo que se alejaba más y más, frunció el ceño, le apuntó a la espalda con los dedos índice y anular, e hizo una seña con la mano como si esta fuera una pistola.

                -Bang –susurró ella; y en ese momento una ráfaga de aire salió disparada de sus dos dedos, haciéndola retroceder y caer sobre su espalda, encima del pasto.

                Estaba todavía un poco aturdida cuando abrió los ojos. No habían pasado ni unos segundos, pero al caer se había golpeado la cabeza con un árbol y todo frente a ella era una mancha nebulosa. Se levantó tambaleándose y entre los arbustos notó que un bulto yacía inmóvil. Se acercó. Retiró las hojas que lo cubrían. Se llevó las manos a la boca. Gritó.

                Desgraciadamente no sería la primera vez que Dalila viera a tantos policías reunidos tan cerca de ella. De todas formas, en aquel caso, nunca hubo pruebas suficientes que la delataran como la homicida. Sólo había un cuerpo tirado en el pasto con un agujero que le atravesaba la espalda hasta el pecho. Sangre, sí, como es debido. Pero ni bala, ni casquillo, ni rastros de pólvora. Al final ¿había sido con un arma de fuego? El caso no progresó y Dalila no quiso hablar de lo sucedido. Sabía que las cosas solo podían terminar de una u otra forma: Cárcel o Manicomio.

                El infortunio no evitó que Dalila desarrollara a plenitud su nuevo poder. Primero fue curiosidad, así que entre semana, después de la escuela y antes de que volvieran sus padres a casa, la joven salía hasta un terreno abandonado y se ponía a dispararles a las ratas. Mejoró, y mucho.

                Así continuó su vida hasta el término de la preparatoria, donde aprovechó la mayoría de edad y se escapó de casa a buscar una nueva vida, lejos de la mano dictadora de sus padres. Estaba harta de la etiqueta. De las costumbres, las tradiciones, los modales, los “eso no hace una señorita”, los “ya búscate un novio o te quedarás a vestir santos” ¿Y qué si ella no quería tener hijos y ser una esposita trofeo?

                Claro que, para empezar una nueva vida se necesita dinero, y aunque a Dalila le habían enseñado todo sobre conducta y moralidad, ella quería las cosas enseguida. Por lo tanto, la misma noche que sacó sus cosas de la casa se acercó a un Oxxo, se colocó un paliacate que le cubriera la boca, metió las manos a los bolsillos de su sueter negro y entró tomando mucho aire antes.

                Casi ni sintió el tiempo que estuvo ahí, pero Dalila admitió varias veces que fue lo más emocionante que nunca había vivido. La adrenalina, los rostros con pánico, el dinero entrando en chinga a la bolsa de plástico. Y ella todavía se ríe del idiota que dudó de si tenía entre sus ropas un arma o si solo estaba fanfarroneando. Quién sabe cuánto les habrá costado reponer esa televisión que tenían cerca de las botellas de licor, pero las chispas fueron adorables.

                Y eso fue todo. De ahí en adelante el mundo era de ella. Si se cansaba de estar siempre en un solo lugar, Dalila solo tenía que subir a su Dyna Street Bob negra y tomar la carretera a quién-sabe-donde. Entonces llegaba a un nuevo mundo, lo exprimía hasta lo que podía, festejaba un par de noches en suites  de lujo, y de nuevo se aburría.

                De vez en vez llegaba a una ciudad importante y salir de ahí era toda una proeza. Pero a Dalila eso poco o nada le quitaba el sueño. Al contrario, le excitaba la emoción de una persecución. De ahí que siempre estuviera rodeada de policías. En un bar alguna vez confesó que su récord había sido ser perseguida por doce patrullas, dos helicópteros y dos camionetas llenas de soldaditos de plomo. Y aún así, todos ellos mordieron el polvo.

                Nadie sabía quién era. Después del primer asalto en el Oxxo, Dalila había agregado al paliacate un sombrero vaquero y una camisa a cuadros, amarrada sobre el ombligo, dejando ver al mundo su vientre terso y moreno. Un par de botas vaqueras y unos pantalones de mezclilla muy bien ajustados terminaban de arreglarle el sobrenombre con la que después fue conocida: Bandida; aunque en los medios solo era una criminal misteriosa cuya identidad aún permanecía oculta. La motocicleta por la que andaba no tenía placas y como no usaba armas de fuego para asaltar los bancos, las casas de empeño o las tiendas de autoservicio, ella no era más que un fantasma del pasado, de tiempos de Pancho Villa.

                No volvió a matar, pero le divertía jugar con los hombres, seducirlos hasta que estuvieran bastante cómodos, y después dispararles con la punta de sus dedos mágicos en donde ella quisiera. A veces era en la pierna, a veces en un hombro, pero cuando realmente veía en ellos al patán de su novio de sus quince años, los dejaba sin la posibilidad de tener herederos que aprendieran de sus artimañas.

                Tal vez por eso terminó prefiriendo la compañía de otras mujeres. En aquellas fiestas a puertas cerradas de los hoteles de paso, no admitía más invitados que las más hermosas damas que estuvieran dispuestas a pasar un buen rato con Dalila, la diosa vagabunda de los dedos rápidos. Y este nuevo sobrenombre se le fue puesto pero por sus incontables amantes, no por las autoridades del país, que estaban desesperados por aprenderla.

                Y pasaron los días. Y los meses. Y los años. Y al final, cuando no se creía que hubiera forma de atraparla, una comisaria de la policía federal ideó un plan después de revisar por meses el modus operandi de la ladrona vaquera en cintas de vigilancia, cámaras de tráfico e información general de los medios; y claro, de una que otra muchachita campirana cuyo despertar sexual fue robado por ella también.

                Como su nombre real no importa para nada, llamaremos a la comisaria por su nombre en clave, símbolo de la perdición de Dalila: Camila Del Sol; o Srta. Del Sol, como usualmente le decía Dalila a ella antes de hacerle el amor.

                La conoció durante un atraco. Fascinada por su belleza sureña y su piel blanca como la nieve, Dalila la tomó para escapar de la policía mientras llevaba entre sus ropas un buen botín de un centro joyero, allá en Guadalajara, cerca del mercado de San Juan de Dios. La dejó cerca de la Minerva, justo en el centro, rodeada de una glorieta infestada de furiosos tiburones de piel de acero y derrapes de llanta sobre el piso. Como siempre, después de que bajara de la Harley, Dalila le pasó un papelito con una dirección exacta y una hora precisa. Si, tenía que estar preparada, para circunstancias así.

                Y aunque a Camila no le gustaba mucho la idea, estaba bastante comprometida con atrapar a la bandida, así que se dejó llevar, varias veces, en el éxtasis de un amorío fugaz de hoteles en el centro y bebidas en el bar. Aún cerca del risco, Dalila cree que al final nunca existió una comisaria, solo Camila, Camila Del Sol, la muñequita detrás de un mostrador cuyo cabello estaba recogido tan hermoso en una trenza francesa. Pero Camila buscaba evidencia, y la encontró un par de semanas después, cuando, por primera y última vez en una larga carrera delictiva de perfección y elegancia, Dalila invitó a su compañera a seguirla a un atraco.

                Parecía un trabajo sencillo. Un restaurante italiano divino que se levantaba sobre la avenida Vallarta. Las dos entraron como comensales y salieron como ladronas. Justo a la mitad, después de la tercera copa de un Chianti Classico Riserva de Castello Di Monsanto, cosecha 2009, pero antes de “dejarle una propina del 20% al mesero” (las palabras de su madre resonaban en su cabeza). Y ahí fue cuando por primera vez vio Camila a los dedos mágicos en acción.

                -¡Bang! –gritaba ella haciendo saltar en pedazos las botellas de vino de la estantería detrás de la barra.

                -¡Bang! –exclamaba también, cuando las cartas de menú se convertían en confeti delante de los otros clientes aterrados.

                -¡Bang! –reía una vez más, corriendo con el botín hacía la puerta y disparándole a la maceta que colgaba adornando la entrada.

                Y en todo momento tenía la mano de Camila tomando la suya.

                Las sirenas de policía cantaban a lo lejos, aproximándose. Pero Dalila y Camila corrían por toda Vallarta a risa y risa, buscando el callejón donde habían dejado a Dyna. Montaron y salieron disparadas, encantadas por los juegos de luces que pintaban las calles a 120 kilómetros por hora.

                Esa distracción le costó a Dalila el juego. Después de dar la vuelta por la Avenida de las Rosas, una patrulla les cortó el paso. La moto esquivó el obstáculo de suerte, pero más y más patrullas entraban por las calles que cruzaban la avenida, haciendo bailar a la Harley de un lado para el otro, en zigzag. En la recta final, pudo ver que la Lopez Mateos se encontraba bloqueada con más coches y con los colores azul y rojo. Habían cercado por completo la zona.

                Aún sin querer rendirse, Dalila se siguió derecho, hasta que la motocicleta derrapó cerca de las escaleras que daban al interior de la Expo Guadalajara. De nuevo, Dalila se tardó solo unos segundos antes de regresar en sí. Seguía aturdida, así que no creyó enseguida lo que tenía apuntándola. Las sirenas se escuchaban lejanas, aún cuando estaban a unos cuantos metros de ellas. La mueca de disgusto de Camila atravesaba el corazón de Dalila como si ya le hubiese disparado. Entonces empezó a hablar. Le contó sobre sus crímenes, sobre la justicia, sobre las pruebas, evidencias y etcéteras que la bandida ya no escuchó porque tenía la mente en blanco.

                -Ni siquiera lo pienses –dijo Camila, al notar que Dalila estaba juntando los dedos índice y anular. Algunos oficiales se fueron acercando, aún con miedo. Y cuando la comisaria dio instrucciones de que se apresuraran, Dalila aprovechó ese segundo de distracción y con las piernas tan cerca de las de su captora hizo que esta cayera al suelo. Fue en aquel momento que se dio a la fuga, refugiándose en el interior de la Expo.

                Cuando Camila se puso de pie y los otros policías ya la estaban asintiendo, una lluvia de ráfagas de aire cruzó el umbral de la entrada. Algunos de estos falsos proyectiles dieron en el blanco y muchos oficiales cayeron heridos al suelo. Las patrullas eran coladeras para cuando dieron las once, y la manta sobre las puertas de ingreso cayó al suelo. Parece que no habría Expo Bodas ese fin de semana.

                Camila y los oficiales se retiraron momentáneamente; tenían el edificio completamente rodeado, por todas las salidas. Se organizó un largo grupo y entraron cautelosamente. El enorme recinto estaba en silencio. Cuidaron sus pasos. Cualquier cosa que fuera por mínimo sospechoso todos los policías lo reportaban. Estaban paranoicos.

                De repente, tras unos segundos cerca del centro de negocios, una serie rápidos disparos, como de metralleta, cayeron desde lo alto. De vez en vez, mientras no estaban cubriéndose las espaldas cerca de los cubículos, las linternas iluminaban la figura de Dalila, que hacía con las manos suponer que tenía una metralleta, aún cuando no había nada entre sus dedos.

                -¡Bangbangbangbangbang! –decía ella. Y hacía como si soltaba la metralleta invisible y hacía un ademán de tener una escopeta.

                -Chk chk… ¡Bang! Chk chk… ¡Bang!

                Muchos policías fueron heridos, pero el fuego fue respondido. Era como querer atinarle a una sombra, y Dalila tenía más ventaja por el lugar en donde estaba. Camila no disparaba, solo resolvía la situación, estudiando el entorno como lo hizo tanto tiempo mientras le seguía la huella a la muñequita vaquera.

                Por un instante hubo silencio. Muchos creyeron que le habían dado. Pero entonces, otra luz la hizo salir al público, y esta vez tenía las manos simulando tener un lanzacohetes. Hasta se puso sobre sus rodillas, y cerró un ojo para apuntar, e hizo creer a todos que esa arma invisible era muy pesada.

                -¡BANG! –gritó con fuerza, y muchos salieron volando por los pasillos.

                Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete.

                -¡BANG!

                Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete.

                -¡BANG!

                Siete. Siete. Siete. Siete segundos. Siete segundos, Camila.

                -¡BANG!

                Y Camila salió de su escondite, midió su distancia y apuntó al lugar de donde venían los proyectiles invisibles. Bang.

                Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho. Nada más. Ni un sonido más.

                Los sobrevivientes se reagruparon y subieron con cuidado al piso superior. Encontraron a Dalila ahí, en el Salón México. Estaba sentada en una silla, rodeada de miles de vestidos blancos en maniquíes y letreros de organizadores de eventos nupciales. Camila le sugirió a su ex amante que se rindiera enseguida, pero Dalila no escuchaba. Estaba escondida debajo de su sombrero vaquero, lo único que pudo rescatar del cadáver de su motocicleta cuando entró a la Expo. La sangre le escurría de la frente, y un oficial pudo iluminar el brazo izquierdo de la forajida; no iba a poder usarlo en un buen tiempo.

                De nuevo Camila le sugirió que se rindiera mientras caminaban hacía su persona con sus armas apuntándole al rostro. Dalila comenzó a reír.

                -Sólo… un último bang, por favor.

                La bandida levantó rápido su mano derecha, colocó la punta de sus dedos índice y anular cerca de la sien y un último estruendo hizo eco en todo el pabellón. Camila no pudo detenerla a tiempo.

                Los oficiales se congelaron. Del Sol fue la única en acercarse al cuerpo, aún sin aceptar su derrota. El sombrero rodó hasta los pies de la comisaria. Ahí, recostada sobre un vestido blanco con la sangre manchando el bello encaje, terminó la vida de Dalila. Y durante el resto de sus días, Camila siguió llamando a esa misteriosa mujer con el sobrenombre de la Diosa vagabunda de los dedos rápidos. Sólo unas pocas sabían por qué.

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