Un día para reír y no reír

¿Mayito? Claro, ese hombre sí que sabía reír.

Eso es lo que cualquier conocido y amigo de Mario podía decir cuando se le preguntaba de aquel tipo que para todos era el bueno, recto y honesto Mayito, un hombre adicto a reír porque todos los días cuando salía a trabajar o se topaba con alguien,  se le dibujaba una gran sonrisa en el rostro, tan grande que parecía en ocasiones irreal pero casi todo el mundo coincidía en que era una sonrisa llena de sinceridad.

Mayito, legalmente conocido como Mario López, era el ejemplo de compañero, hijo, hermano, amigo y cuando lo deseaba de amante, porque si no estaba comprometido no era por la falta de mujeres dispuestas a compartir la vida con él, sino porque no lo deseaba, siendo un hombre completamente dedicado  a servir a la comunidad como médico.  Pero lo más impresionante de él y lo que provocaba que todos lo estimaran era que siempre se estaba riendo y que nunca parecía estar de mal humor,  a pesar de que durante todos sus años de servicio como médico y tras haber salvado muchas vidas contando tan sólo con 37 inviernos, pensaba que la raza humana no tenía remedio por siempre buscar la forma de desaprovechar la vida con estupideces como malgastar la indispensable salud o arriesgarse a accidentes.

Constantemente Mayito se enfrentaba a jóvenes que vivían arriesgando la vida y él no podía comprender como desaprovechaban tanta juventud cometiendo tales locuras, cuando no existía ningún Dios ni tampoco otra vida en el paraíso para recuperar el tiempo perdido. En resumidas palabras, Mayito era un hombre de ciencia y hechos a pesar de que sí tenía una gran fe en la imagen que cada individuo puede proyectar de sí mismo hacia la sociedad. Él, claro está, quería quedar ante todos como un hombre muy feliz, al que los pacientes pueden depositarle toda la confianza y también todo el dinero, por eso rara vez  decía lo que pensaba, quedando como un hombre que cede a otros la prioridad de estar inconformes.

Nunca este truco le había fallado a nuestro amigo Mario, haciéndole ganar muchos pacientes como cardiólogo, muchos buenos compañeros, uno que otro gran amigo y una excelente relación con sus vecinos, incluso con los médicos que lo atendían a él, de los cuales muchos eran  ex compañeros de él de la Universidad. Sólo que hubo un día, sólo uno en la historia de nuestro amigo Mayito que fue raro, y este método fácil como conocido para él no le funcionó para nada.

Aquella  vez  Mayito se levantó como siempre, a buena hora, se apuró a vestirse pues precisamente ese día no iría a trabajar aunque sí a resolver unos pendientes, el primero y más importante  era con su abogado para resolver lo de su divorcio con su primera y única esposa, que por fin después de muchos años había aceptado dejarlo libre sin ningún tipo de reclamo, el segundo era con su médico personal para hacerse un examen  general porque hacía varios meses que sentía una  fuerte dolencia en el hígado.

Se vistió y se dispuso a lavarse los dientes aun medio somnoliento cuando descubrió que no necesitaba hacer mucho esfuerzo para enfrentar los dientes al cepillo, pues tenía una enorme sonrisota en la cara. Lo realmente preocupante era que no tenía ningún motivo para reírse en ese momento además de que no podía dejar de hacerlo aunque lo intentaba con todas sus energías.

Primero empezó a  preocuparse, después procuró ponerse triste recordando la voz de su ex esposa cuando le habló la última vez. Por último se esforzó en visualizar imágenes terroríficas, como no poder llegar a tiempo con el abogado o recibir el diagnóstico de un cáncer para que la enorme sonrisa se le borrara de la cara, pero no logró.

La sonrisa era tan grande que le abarcaba casi la cara entera, no le afeaba el rostro pero si le daba un aspecto de falsedad que a Mayito se le hacía intolerante por lo que estuvo bastante tiempo intentado borrarla de su cara hasta que vio que ya había perdido 40 minutos en el intento fallido. Entonces procuró hablar y vio que lo podía hacer sin problemas pero eso no le borraba el gesto que parecía a cada ataque afianzarse con más fuerza a la piel, era algo así como la risa de la máscara de Jim Carrey

Mario comenzó a apurarse pues ya llegaría retrasado a su cita con el abogado y a esas alturas estaba convencido que iría al médico sólo para  resolver como quitarse esa asquerosa sonrisota de su cara, no quería para nada enterarse de un cáncer o un sida, porque recordó entre sus memorias funestas que hacía más o menos un mes había estado con una prostituta amiga de  Gonzalo, su mejor amigo.

Llegó con el abogado 15 minutos tarde y lo primero que hizo fue excusarse diciéndole que se le había acabado el agua justo cuando comenzó a enjabonarse, pero la verdad es que su expresión de broma en el rostro no le ayudó para nada ante la expresión seria del abogado que ya deseaba comenzar con los tramites.

El abogado comenzó a interrogar a Mario pero no podía comprender porque ese hombre que a todas las preguntas acerca de su esposa respondía con grandes gestos de alegría quería divorciarse. A cada pregunta  aunque Mayito quería responder con  repugnancia y rencor, aparentaba tanta alegría al recordar cada acontecimiento de su pasado conyugal, que el abogado dudo seriamente si el divorcio procedía y llamó a la ex esposa ya que antiguamente había cometido errores con parejas que inconformes con el divorcio terminaban demándalo a él.

Como el abogado no quería generar malos entendidos entre sus clientes decidió hacer la llamada en secreto diciéndole a la ex esposa de Mario que su marido parecía amarla todavía oponiéndose indirectamente al divorcio y que era necesario una entrevista frente a frente entre los dos para aclarar los malos entendidos. Por lo que la esposa en menos de una hora ya estaba en la oficina del abogado.

La esposa de Mario jamás lo había dejado de amar pero varios acontecimientos como la frialdad y poco compromiso por parte de Mayito en la relación  la habían orillado a una infidelidad con su jefe y como ambos tenían dos niños menores de edad Mario se aferró  a la idea y argumento del adulterio para quitarle todos los derechos que le correspondían. A su vez  la esposa luchó por tres años para negarle el divorcio escudándose en su papel de víctima y buscando pruebas suficientes que comprobaban de que Mario era un mal padre que sometía a sus hijos a condiciones infrahumanas y lo logró, contando con  muchas pruebas pero finalmente por la presión del tiempo, la decadencia del amor, la desilusión y  la falta de dinero la rindieron  y decidió aceptar el divorcio a regañadientes.

A la mujer entrar en el despacho Mario casi se vomita del susto, ¿qué hacia ella ahí después de tanto esfuerzo por alejarla de su vida? Enseguida el abogado le explico las causas y refuto la idea del divorcio ya que el caso parecía tener solución con un simple diálogo inteligente entre dos adultos y padres.

Por más que Mario intentaba cambiar su expresión y demostrar su odio e inconformidad sus palabras iban por un lado y sus expresiones por otro, hasta que incluso le llegó un atisbo de esperanza  a su esposa acerca de la relación. Ella le preguntaba si realmente quería alejarla para siempre de su vida  y cada vez que él quería contestar que no la sonrisa le ganaba a sus respuestas apoderándose de su boca. Mario se desesperaba pero la expresión no se fugaba y daba a entender que efectivamente su antiguo amor tenía una oportunidad.

Mayito intentó explicarse, refunfuñaba diciendo que quería el divorcio pero la sonrisa en su cara  era tan eufórica que el abogado prefirió cerrar el caso por el momento para después no tenerse que arrepentir de cometer una decisión apresurada por un loco que decía una cosa y expresaba otra. La esposa estaba fascinada después de tanto tiempo de haber  perdido las esperanzas de recuperar el amor de su marido que  incluso al salir del despacho se despidió de Mario amenazándolo con hacerle una llamada en la noche y posiblemente una visita en la semana para aclarar la situación  con más privacidad.

Mario salió tan atormentado de su cita con el abogado que por unos minutos tuvo que detenerse a tomar aire en la calle antes de partir a su cita con el médico. Había luchado tanto por obtener el divorcio que no podía creer que nuevamente estaba en el mismo dilema y más impotente que antes respecto a su esposa.

Nuevamente llegó tarde, esta vez a su cita con Rodrigo su médico de cabecera y también ex compañero de estudios, el cual contaba con una amigable y hermosa esposa con la que varias veces en secreto Mayito había tenido sus amoríos, para después abandonarla por una mujerzuela con la que mantenía relaciones clandestinas, ya que para Mario la imagen siempre estaba ante todo y todos.

Al llegar al consultorio de Rodrigo se encontró con que ahí estaba Mariela, su inigualable esposa de 35 años, de gran trasero, hermosos ojos negros y negra cabellera larga, la cual había ido casualmente a visitar a su esposo después de una cita de spa.

Rodrigo y ella se asombraron mucho al ver a Mario entrar muy acalorado y alegre, ya que llegaba tarde y esa era una falla que nunca Mayito se permitía. Mariela lo recibió muy  amable aunque algo intrigada por la gran sonrisa que no se le borraba de la cara a Mario,   ni  porque aquella embarazosa escena de encontrarse con su amante en compañía de su esposo estaba en plena representación.

Todo parecía estar de maravilla con los  análisis médicos de Mario, así que Rodrigo lo invitó a tomarse una copa de wiski para celebrar las noticias y para más fortuna le pidió a Mariela que se quedara un rato más antes de irse a casa. A pesar lo embarazoso de las circunstancias Mariela accedió pero no le quitaba los ojos de encima a Mario que no paraba de sonreír mientras contaba su incidente con el caso de su divorcio.

Al Mariela escuchar que  el divorcio de Mario se había visto truncado y que posiblemente regresaría con su esposa después de todas las falsas promesas que le había  hecho de estabilizarse  y que además parecía estar muy feliz con aquel giro del destino, la hermosa mujer empezó a acalorarse haciendo notar su nerviosismo delante de Rodrigo y para colmo guiada por un impulso de celos y enojo repentinos le aventó el contenido de su copa en la cara a Mario para después salir del consultorio atacada por el llanto.

No fue necesario que Mario le diera una explicación a Rodrigo, el cual inmediatamente comprendió que en la acción de su esposa  había algún secreto escondido que sería necesario develar  a toda costa. El pobre Rodrigo sólo se  quedó pasmado y en sus ojos se vislumbró el discernimiento y el odio hacia su colega y ex compañero de clases. Después como dominado por un rayo le lanzó un puñetazo y sin dar ninguna explicación salió del consultorio tras su esposa.  Mario a pesar de todo continuaba sonriendo como si nada hubiera ocurrido. Y si eso era poco aquel nefasto día todavía le deparaba otras sorpresas.

Mayito llegó a las 9 pm a su casa tras haber dado vueltas y vueltas por la ciudad entera  intentado encontrar  las respuestas acerca de aquel nefasto castigo que sin avisar se había apoderado de su tranquila y rutinaria existencia.

Llegó y como de costumbre no había nadie para recibirlo. Su casa en penumbras se le mostraba más triste que nunca, tan solitaria que a pesar del profundo dolor que sentía su dueño le era imposible expresarlo tras aquella fachada de sonrisa enorme. En la casa había pocos muebles, en su mayoría minimalistas mas  la sala  contaba con  un gran espejo  que siempre Mario ocupaba para arreglarse  lo mejor posible antes de salir. Mario lo buscó a tientas en la oscuridad guiándose por su  luz cristalina, quizá lo hizo para no sentirse solo, al menos el mismo en el espejo era una compañía que no lo criticaba por su sonrisa forzada.

Entonces pensó en cuantas ocasiones había ensayado su falsa sonrisa intentado convencerse a sí mismo de lo bien que estaba, lo cual era un verdadero engaño a su persona. Y cuantas veces se había negado la oportunidad de verse realmente como era  y de llorar en su propia compañía porque incluso cuando estaba solo intentaba seguir con su juego de hombre feliz, lo que esta vez le había salido muy mal.

En esta  ocasión la sonrisa se le hacía tan espantosa, tal falsa que ni el mismo la toleraba porque nada tenía que ver con el dolor profundo y la desesperación que lo embargaban por dentro y era como si no pudiera ser sincero cuando realmente lo deseaba, estaba engañándose  y ya parecía muy tarde para dejar de hacerlo. Quería gritar, pedir ayuda, que su imagen del espejo  lo abrazara y por el contrario le devolvía la misma falsa e impenetrable sonrisa. Y ya casi Mario se iba a acostar, imposibilitado por la desesperanza y el miedo cuando escuchó que alguien tocaba el timbre de la puerta.

Era Martha, su amiga prostituta con la que hacía  un mes había tenido sus aventuras. La mujer de más o menos 32 años, muy hermosa  pero algo desaliñada, lo que había influido en el alejamiento radical de Mario que había estado ondulando entre seguir una vida de soltero empedernido o comprometerse de lleno con su amante Mariela.

Martha entró en la casa con mucha confianza como si se tratara de la suya propia talvez porque por varios meses había sido para ella un sitio familiar. Llegó muy enojada y con gran emoción declaró que ya sabía de la existencia de Mariela y de la esposa de Mario, que fuentes muy confiables le habían abierto los ojos, que ella estaba consciente de que sólo era una prostituta pero que no podía comprender porque la habían ilusionado si nada más la deseaban por sus ordinarios servicios y que si hubiera sabido desde el principio que esa eran las reglas del juego jamás se habría comprometido  a algo más.

Se notaba muy confundida y cuando se percató de la sonrisa imborrable en el rostro de Mario, los colores de la ira se apoderaron de su pálido rostro. Era evidente que Mario aparentaba burlarse de ella en aquel asunto de grave seriedad. Era la primera vez que se sentía tan burlada por un hombre y que la tomaban con tanto engreimiento por lo que comenzó a acalorarse y a llorar por haber sido tan brutalmente víctima de un engaño  y de un robo de tiempo y dinero. Entonces le reclamó a Mario que le pagara todos los días y horas que le había dedicado con sus servicios, pues ella no estaba ahí por ninguna cuestión sentimental sino porque era consciente de su estatus de prostituta y que como tal reclamaba su parte del trato.

En aquel momento por primera vez Mario de dio a la tarea de observarla detalladamente. Era una mujer muy bella, de tez muy blanca y grandes ojos color miel, su cabello era rizado y largo, de un color castaño claro muy hermoso. Esta vez la mujer estaba muy arreglada e incluso ante la mirada de todos hubiera pasado por una mujer refinada y de buena familia.

Martha no era una prostituta cualquiera, tenía un hijo al que mantener y era enfermera pero su profesión nunca le había dado el reconocimiento merecido y como era joven y hermosa aprovechó el tiempo que le quedaba de vigor para acumular dinero fácil para el futuro escolar de su hijo y para un iniciar un negocio de artículos médicos. Era huérfana y no tenía a nadie con quien contar así que no sintió limitantes a la hora de involucrarse en el negocio de la prostitución. Todo eso lo sabía Mario pero nunca hasta ese momento había reflexionado acerca de las posibilidades de un futuro con aquella mujer que como otras buscaba la manera de salir adelante.

Entonces se sintió profundamente ingrato, había tenido ante sus ojos la oportunidad de volver a integrarse al amor ya que sabía que Martha estaba dispuesta a dejar aquella vida de facilidades por él y que la había logrado enamorar aunque en ese momento se le escapaba de las manos para siempre.

Intentó retenerla en la puerta y le dijo que le pagaría todo, hasta el último centavo y que además acababa de comprender que la amaba, que era un perfecto imbécil, pero que no se fuera. También intentó llorar, pues realmente sentía unas profundas ganas de explotar en llanto, pero las lágrimas no le salían y la sonrisa cada vez parecía crecerle más en el rostro, tan falsa y cínica. Martha no podía comprenderlo, hasta llegó a creer que efectivamente todo eso era parte de un plan para burlarse de ella y de rebajarla como mujer.  Agarró lo último que quedaba de ella en esa casa y sin voltear para ver por última vez a Mario salió para siempre de su vida.

Mario se esforzaba por aniquilar a la sonrisa, forcejeaba con su cara, se golpeaba, ¡y es que era tanto su dolor! su llanto le crecía por dentro, se desbordaba por los todos los recovecos de su reseca alma y nada, no daba resultado el plan  hasta que decidió acabar con esa situación de una vez por todas. Así que fue hacía el espejo y con todas las fuerzas que tuve estrelló su rostro en el cristal.

Pasaron unos días después de aquel incidente cuando Mario despertó. Se hallaba en el mismo hospital donde trabajaba, en una habitación con muy buenas condiciones. No había nadie a su lado, por lo que comprendió que seguía igual que siempre, solo. Se palpó el rostro y se percató que estaba completamente vendado, era evidente que las heridas que se había hecho eran graves, así que espero a que llegara el doctor a explicar su estado.

Resulta que después de que Mario se estrelló contra el espejo cayó completamente desmayado y si no hubiera sido porque Martha regresó invadida por un presentimiento y la puerta no había quedado cerrada, Mario habría corrido peligro incluso de desangrarse. Las heridas eran graves mas no era nada que no pudiera arreglarse con unos cuantos puntos y  reajustes en la piel.

Mario ya no quedaría igual pero su situación con algunas cirugías reconstructivas podía salvarse. En aquel momento eso era lo de menos para Mario que alucinaba con todavía tener la sonrisa en la cara, por lo que le preguntó al médico si estaba riéndose.

El doctor se impresionó, pues como era posible que alguien en ese estado tan deplorable pudiera reírse y se lo hizo saber a Mario, agregando además que se veía realmente abrumado y triste, muy lógico en aquellas circunstancia.

Al escuchar aquella noticia, Mario saltó de felicidad de la cama y comenzó a carcajearse tan alto que el doctor creyó recomendable ponerle un sedante, ya que podía  tratarse de un caso  locura provocado por chock, pero enseguida Mario le inventó una historia ingeniosa y se liberó de ser confiscado al área de psiquiatría.

Un mes después de aquel  día nefasto Mario ya se encontraba trabajando de nuevo en el hospital además de que ya había pasado por su primera cirugía reconstructiva, la cual  no quedó nada mal, dándole un aire más solemne a su rostro de joven maduro. Pero ese logro de galantería para nada regresó a Mario a sus andanzas de hombre soltero, al contrario, esos triunfos los empleó para inmiscuirse más en su trabajo e intentar arreglar su relación con su esposa con el fin de ver a sus hijos.  Su esposa y él ya no regresaron como pareja, aunque han logrado mantener una relación amistosa, tampoco volvió a ver a Martha, la cual desapreció días después de incidente hacia otra ciudad. La situación con Mariela quedó arreglada con una larga conversación ante Rodrigo donde Mario asumió toda la responsabilidad  por aquella absurda infidelidad. Rodrigo y Mariela se separaron pero para suerte de Mayito este no la arremetió contra él sino que optó por abrir su clínica en la capital alejándose de todo el pasado.

Hoy en día Mario vive con su perro Rufi, un pastor alemán que cada vez que llega a casa lo recibe con profundo amor y sobre todo está muy reconciliado con el hombre del espejo el cual le responde con emociones verdaderas. Y claro,  se cuida mucho de reír de más cuando no siente una profunda y sincera alegría.