Tabatha sobre el lienzo blanco

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Entre la penumbra de un lugar que ha sucumbido
al frío y nevada, el silbar de un mundo muerto
despertó a Tabatha tras unas horas de estar
inconsciente.

Miró a su alrededor sin realmente encontrar
forma clara del espacio a donde había llegado.

Pero sintió el corazón más ligero, como si
flotara entre sus pulmones.

Estaba viva.

El suelo era un desierto blanco que no podía
brillar mas allá de la suela de la bota. Y
aunque el viento soplaba fuerte, arremetiendo
contra la figura de Tabatha en la oscuridad, el
paso fue firme y sin tiritar.

Intentó encontrar un muro que le sirviera de
guía, pero aquella trampa de arena era un
enorme espacio abierto diseñado para llevar a
los aventureros a la intrépida muerte.
Tabatha lo descubrió así por el repentino
descubrimiento de huesos que la hicieron
tropezar.

No llevaba todas las ropas, pero si un colgante
alrededor del cuello que hablaba del orgullo de
su primogénito.

-Como me encantaría que esta historia, como el
resto de ellas, no tuvieran este mismo final –
pensaba Tabatha mordiéndose el labio inferior.

De repente, una nueva luz se encendió en llamas
a unos tantos metros de distancia, entre la
maleza de nieve y tierra húmeda.

Ahora al tanto del espíritu de sus
ascendientes, la chica corrió intentando
conservar el máximo de calor en su cuerpo, pero
era incierta la situación de su propio
organismo. Con algo de suerte el daño no
tendría que ser irreversible.

Casi al momento de postrarse ante la llama
azul, el sollozo quedo de un niño estalló en la
planicie. Considerando que aquel lugar estaba
bajo tierra hacía difícil averiguar exactamente
de donde provenía aquel lamento, pero Tabatha,
tan abandonada y tan perdida de contacto
humano, se olvidó de toda lógica y corrió hasta
donde el eco no vibraba tanto en el aire.

La llama azul se desvaneció, perpleja.

La joven guerrera estuvo un gran tiempo
persiguiendo sombras en la nieve, tropezando
con otros cuerpos, con otras vidas, con otras
épocas desperdiciadas de su línea sanguínea;
las llamas de espíritus pasados intentaban
conectarla con el camino a seguir, pero al
final desistieron, abatidos. Así siguió hasta
que su salud volvió a aterrar su cabeza con
pensamientos inoportunos.

Ahora al tanto del problema, Tabatha regresó
sobre sus pasos, con un jadeo insoportable,
pero la ventisca ya había desgraciado el camino
con el borrón y cuenta nueva.

El sabor del pánico regresó a su boca. Tenía
que regular su respiración, mantenerse cálida,
tener la mente en blanco y pensar en la salida,
pero fue un repentino choque de realidad. Un
disparo entre los ojos.

Ya no había más tiempo.

Desesperada, Tabatha corrió a todas
direcciones, aún y a sabiendas de que su razón
se peleaba contra la adrenalina de la locura
inmediata.

-¡Por donde vas, niña terca!

Le gritaba la Tabatha de su madre, la que había
jurado terminar con todo.

-¿Es que acaso no entiendes que la muerte me
espera pronto?

Contestaban las piernas cansadas, el corazón
repetido y el aliento blanco salpicando el
espacio en negro frente a sus ojos.

-A todos los espera, pero pacientemente. A su
tiempo, a su propio ritmo.

Y ese susurro fue casi familiar. Como acercarse
a la chimenea de la casa, donde, a pesar de las
brazas casi extintas y su curiosa peculiaridad,
podía sentir el tibio abrazo del confort y la
seguridad.

Una flama, de colores cobrizos, resplandeció en
la distancia. Tabatha estaba agotada, pero
necesitaba llegar al final. Se levantó de su
derrota y caminó frotándose los brazos con sus
manos.

La visión era borrosa, tanto por la nieve que
nublaba la vista como el cansancio drenando sus
fuerzas.

El llanto del niño volvió a llamarle, pero era
una ilusión y nada más, se decía la guerrera
persiguiendo la mota de luz.

Los gritos se intensificaban ¿era agonía? ¿era
dolor? ¿eran las voces de sus hermanos y
hermanas que se concentraban en la voz de un
infante?

Tabatha acabó por detenerse sin querer. Pensó
por un instante que eran los huesos momificados
de otro guerrero, pero una pequeña maño se
aferraba a su bota derecha.

Intentó desengancharse, halando con fuerza,
solo para descubrir a la criatura, fetal y
rojiza, que subía la mirada hasta encontrar sus
ojos con los de ella.

Tabatha se llevó las manos a la boca, y un
nuevo llanto se levantó desde otro montículo
nevado.

Así, de repente, un ejercito de criaturas
prenatales se arrastraban entre la nieve con
escasa velocidad, retorciendo sus pequeñas
extremidades hacia la figura de Tabatha en la
oscuridad.

La guerrera estaba absorta en la grotesca
situación. Algunas de esas criaturas ya
empezaban a escalar su ropa, tratando de
alcanzar su rostro. Tabatha se quitaba de
encima uno por uno y daba pasos largos con tal
de escapar de aquel infierno.

La luz seguía ahí, pero el suelo bajo sus pies
había cobrado vida con todo el movimiento de
aquellos monstruos. Era una orgía de chillidos
y espasmos. Marejadas de cuerpos viscosos
chocando entre sí con tal de llegar hasta la
heroína, la que resbalaba constantemente entre
los fluidos de esos extraños seres.

Sacar su espada era la mejor opción, pero
apenas pensado en ello y desenfundando, su
gloriosa arma resbaló entre su puño cerrado y
desapareció en la tormenta.

Consciente de su suerte, de sus piernas cansadas
y la desgracia maldita de su afección, Tabatha
comenzó a llorar de rabia.

-Morir.

Lanzaba a una criatura lejos de su vista.

-No quiero morir.

Cerraba los ojos al sentir una de esas manos
tocando su rostro.

-No voy a morir.

La flama la miraba cerca de las últimas dunas,
compasiva en un fulgor delicado.

-¡No voy a morir! -exclamó ahora en un grito de
guerra.

Envuelta en una furia desbordada, la chica se
aferró a la ilusión de su madre envuelta en esa
llama a la distancia. Con un paso lento se
movió entre los cuerpos desmembrando aquellos
seres en una marejada de golpes y pisoteo.

La sangre manchó su piel y armadura por igual;
y aunque se acercaba cada vez más a donde la
guiaba el espíritu perdido, también el paso se
volvía más difícil.

Pero continuó. Pensaba en el cascarón vacío de
su pueblo en otra vida. En la familia que la
crió para ser valiente y para hacer esperar a
la muerte hasta que el último suspiro se
escapara de sus dientes. Y era extraño, pero la
flama que hasta hace poco era cobriza, se
coloreaba con un tono escarlata.

La mano, al final, logró tocar aquellas brazas
que se incendiaban sobre la duna. Por debajo de
la palma abierta el mango de una espada rozo su
piel. Aquella vieja arma apenas era visible a
esa corta distancia, pero el espíritu había
desaparecido dentro de aquel filo, ligeramente
inclinado y enterrado en la nieva.

Tabatha sacó la espada y se abrió espacio entre
las viscerales criaturas que seguían acechándole
por todos lados.

Fue una lucha que duró bastante, pero al final,
el silencio había vuelto a aquel abismo helado;
y las pieles cercenadas pintaban el suelo en el
que pisaba.

Deseaba con todas sus fuerzas sentarse a
descansar, pero seguía bajo la amenaza de morir
congelada sin saberlo. Su piel todavía tenía
ese color pálido que anunciaba ese destino.
Era fácil perder la noción del tiempo ahí, y
Tabatha siguió andando hasta que el espíritu
cobrizo se mostró de nuevo, esta vez creando el
camino a recorrer.

La chica, sin alguna muesca de emoción en su
semblante, hizo un ademán afirmativa y
continuó.

Y continuó.

Y continuó.

Hasta que el último copo de nieve se derritió
sobre su mejilla y el camino se desvaneció bajo
sus pies.

Ni siquiera mostró sorpresa por ello, a final
de cuentas ese infernal abismo no dejaba de
consumirla con toda clase de extrañas
situaciones.

El golpeteo de sus suelas, sin embargo, aún le
indicaban que tenía un mundo bajo sus botas.

Estaba lista para sentarse un poco a descansar,
hasta que la luz cobriza giró alrededor de ella
y salió disparada hasta una extraña silueta que
descansaba en aquel infinito.

Aunque no podía verla sabía muy bien de quién
se trataba. Como un último esfuerzo de su parte
corrió hasta ahí donde finalmente encontró el
último punto y aparte de esta historia.

Su madre, aún con la piel salpicada en sangre
seca, yacía muerta en ese extraño lugar.
Y Tabatha rompió a llorar, tomándola y
abrazando su cuerpo con el espiritu roto de una
niña abandonada.
La espada quedó en el suelo junto a ellas. Era
una espada vieja que tenía todavía el fulgor de
la doncella escarlata.


 

Historias del Abismo:

1. La doncella escarlata y el centro del universo

2. Tabatha del otro lado de la noche

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