Paralizado por la sombra

Por fin pudo moverse para gritar.

―¡No, no! ¡Aléjate, maldita sombra! Sebastián lloraba y temblaba bajo las sábanas empapadas de sudor. Aún sentía un frío intenso que le recorría todo el cuerpo, recargó su espalda en la cabecera, después abrazó sus rodillas.

Rita despertó consternada.

―Solo fue un sueño querido, cálmate ― lo abrazó y le acarició el cabello hasta asegurarse que el sueño lo había vencido.

Esta era la tercera semana de aquellos sucesos extraños. El pánico de Sebastián aumentaba día con día. Acostumbrado a su vida social, fiestas, parrandas y mujeres, no toleraba ser la victima de lo que alguna vez había deseado para sus muchos enemigos. ¿Porqué ahora sufría estos ataques?, ¿quién podría haberle hecho este mal?

Llegó a su oficina muy cansado al día siguiente, de inmediato tomó el teléfono para pedirle ayuda a la vidente que solía ver cada semana, Mercedes, quien por varios años le habría ayudado con su magia para alejar a ciertos enemigos que le causaban daño y también su fiel amante quien, perdidamente enamorada, había accedido a hacer cualquier tipo de embrujo para que el hombre que amaba fuera feliz.

La tarde se nubló y el ruido de la ciudad comenzó a angustiarle. Subió al coche temeroso mirando hacia todos lados, buscaba a la sombra que ahora lo acompañaba día y noche: alcanzó a percibirla en el asiento de al lado, pero continuó su camino. El sudor frío invadió su cuerpo, su vista ya era borrosa, y temblaba de pies a cabeza. Empezaba a oscurecer, llegó a la casa de Mercedes, intentó bajar del coche, pero la puerta no se abrió. Al voltear, la sombra entró en su cuerpo como si fuera una ráfaga de humo lacerante. Lo arañaba por dentro, sentía que su piel se desgarraba poco a poco: perdió el sentido.

El ruido del puño de Mercedes sobre el vidrio lo despertó.

―¿Estuviste aquí toda la noche?, ¿qué son esas marcas en tu cara? ―notó unos rasguños profundos al lado de sus orejas, brazos y piernas.

Después de escuchar lo que atormentaba a Sebastián, Mercedes haría cualquier cosa porque aquella sombra desapareciera de su vidas, y empezó a trabajar en ello.

Sebastián regresó a su casa hasta el siguiente día. Rita desolada, corrió para abrazarlo y besarlo. Notó los rasguños junto a sus orejas y en sus brazos; mas no reclamó. Se imaginó que habría peleado con alguna de sus amantes, eso no era nada nuevo.

Administraba la gran fortuna de Rita, para él permanecer a su lado, sin amarla, no era un sacrificio; por el contrario, lo disfrutaba y gozaba de todos sus beneficios.

Ya en la madrugada, revisó sus cicatrices, esperando que desaparecieran pronto, y se dirigió a la cocina. Tenía confianza en que su pesadilla terminara con la ayuda de Mercedes. Prendió la estufa para calentar sopa: la luz se apagó, vio una silueta junto a él, volteó rápidamente.

―¿Eres tú, Rita? ―nadie contestó.

Una ráfaga de aire helado abrió la ventana arrojando a Sebastián contra la estufa encendida, su bata empezó a arder. Paralizado en el piso no pudo detener el fuego que ya le quemaba la piel.

Tuvo que permanecer en cama a causa de las  quemaduras en su brazo derecho.

―Tienes una llamada ―Rita le pasó el celular para que contestara.

―¿Cómo? ¡No puede ser! ―Sebastián colgó inmediatamente y aventó el celular.

―¿Quién era?, ¿qué pasó? ―corrió a sentarse a su lado.

―Nada que te incumba.

Al día siguiente, aún convaleciente, visitó a la familia de Mercedes, quienes la encontraron muerta con rasguños profundos cerca de las orejas, brazos y piernas.

El terror se apoderó de Sebastián, estaba seguro que la sombra lo mataría, y ya no tenía a nadie que lo protegiera.

Las semanas de su recuperación transcurrieron tranquilas, al parecer la sombra lo había dejado en paz.

Una vez curado de las cicatrices y quemaduras volvió a su oficina. Estaba seguro que Mercedes tenía que ver con la sombra que lo perseguía y se alegró que ella ya no estuviera junto a él. Volvió a las parrandas, incluso consiguió a una nueva amante. Por fin todo volvía a la normalidad.

san francisco

―¿Me llevarías a San Francisco el fin de semana? ―Rita preguntó tímidamente a Sebastián al finalizar el desayuno.

―Claro que iremos –de alguna manera tengo que mantener contenta a la mejor inversión de mi vida, pensó.

Recorrieron San Francisco, y tomados de la mano realmente parecían la pareja ideal. Sebastián la miró de frente y le dijo: “Te amo”. Rita esbozó una leve sonrisa, ambos subieron al coche. Y subió con ellos, como siempre, la sombra de Rita…

 

mujer y sombra