Los pájaros en la ciudad

Se pierden entre los árboles metálicos

y sus huellas en las pistas de los rascacielos

y su canto en los nidos abiertos y ultrajados

por el ruido de los automóviles,

por las manos gigantes de los niños gigantes.

 

Se pierden en los caminos que sus ancestros dibujaron hacia el cielo,

los herederos de los árboles y la tierra

y construyen imperios en la cima del viento,

cumpliendo el exilio.

 

Los árboles metálicos como grandes cuevas abren sus puertas

para protegerlos de las fieras de hierro

y las lanzas de piedra de los hombre de piedra,

se les esfuma el paraíso del que habló el abuelo pájaro,

el mundo de la selva que les era prometido  en las escrituras del aire.

 

Dejan su conocimiento en las nubes de papiro

sin poder trascender con su lenguaje los muros de piedra azul,

hablan, gritan, conversan, discursean

y sus profecías, sus palabras se extravían

en los orificios de la brisa.

 

Se confunden en su sombra reflejada en el polvo,

en los callejones de arena, tumbas de las hojas,

se confunden sus pasos buscando una rama libre

del humo del diálogo humano,

se enamoran, vuelan en la ilusión de ser libres,

dan hijos y siguen poblando el laberinto del hombre,

tejiéndoles alas de sueños,

dejan su huella ligera en el fango del pavimento,

papel gastado por el tiempo

y las justas, implacables y puras caminatas de la lluvia.

 

Traen al hombre la tierra seca y las ramas sobrevivientes al diluvio,

invisibles para los ojos atormentados del hombre

que sólo ven el rayo y los prodigios del trueno.

 

Se pierden y se olvidan que son pájaros,

que existen los cielos, las selvas, las islas, los campos,

jardines de su Edén perdido hace siglos

cuando pactaron con los hombres

y amarraron sus alas a las cadenas de los jinetes de bronce

sobre sus caballos de bronce,

que se yerguen  victoriosos en las plazas, y en los parques,

enormes prisiones para los árboles de madera.

 

Se pierden y se olvidan, se les borra la senda del viento,

han pactado su tiempo en la tierra

y firmado con sus plumas el contrato que dice:

Recibiremos las migajas del hombre bueno, sin levantarles las alas, olvidaremos volar tan lejos  y no le enseñaremos a nuestros hijos a hacerlo, dejaremos abandonados los cielos para que tú, hombre bueno, los reconstruyas con tus hazañas.

 

 

 

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