Los ojos del corazón

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Cuando volvió en sí, después de algún tiempo, días quizás, Vladimir entro en pánico. De alguna manera descubrió que no tenía cabeza.

Al querer abrir los ojos no sentía el movimiento de los párpados y todo seguí en oscuridad. Aguzó el oído pero no escuchaba sonido alguno. Lo último que recordó cuando lo acostaron en la cama de esa habitación era el olor a cloro y amoniaco, pero ahora no percibía ningún aroma, fuera agradable o no.

Pensó en las serpientes que sacando la lengua pueden reconocer su mundo pero se dio por vencido cuando razonó que el órgano gustativo también estaba en la cabeza. El resto de su cuerpo si lo sentía, algo adormilado al principio pero poco a poco iba recobrando fuerzas. Se sentó en la orilla de la cama y con sus manos comenzó a palpar la parte superior de su cuerpo.

Su cabeza definitivamente no estaba y en la zona de su cuello se habían removido algunos ligamentos y músculos, con lo que quedaba una gran abertura.

Se levantó y comenzó a caminar, tropezando y golpeándose con todos los objetos que estaban a su paso. Con dificultades pudo llegar a la puerta y al salir al pasillo se sintió bañado en luz. El orificio en su cuello hacía las veces de un ojo. Decidió agacharse un poco y notó como la luz a veces disminuía en intensidad y creyó ver colores varios y diferentes tonalidades.

Trató de alguna manera de formar imágenes en base a la información que recibía pero le costaba trabajo. Si tan solo tuviera su cerebro sería muy fácil.

En eso sintió un toque en el hombro derecho y volteó. La mano era pequeña y tibia y sintió que le llegaban ciertas vibraciones. Probablemente la dueña de la pequeña mano le estaba hablando. Resolvió bajar el boquete de su cuello hacia donde estaba la dueña de la pequeña mano y notó primordialmente el color blanco con ciertos toques rosados. Aunque no la veía ni escuchaba su voz razonó que era mujer.

La dueña de la pequeña mano tomó suavemente la suya y lo fue guiando a través del pasillo hasta que salieron del lugar. Un azul intenso lo cubrió desde el boquete del cuello. Manchas verdes se cruzaban a su paso, lo mismo que pequeños destellos rojos y cafés. Conforme caminaban se preguntaba por qué esa mujer, la dueña de la pequeña mano, no sentía repulsión hacia el, todo lo contrario.

El azul de arriba se iba tornando naranja y luego rojizo. Se sentaron en una banca. Vladimir bajó el boquete de su cuello hacia la mujer y notó como en la parte baja de la mancha rosada se dibujaba otra, de color rojo y ligeramente curvada.

Vladimir dedujo que estaba aprendiendo a ver con el corazón…