Las hojas

Esas hojas inquietas en el agua aun agonizan por su caída del árbol

y expiran su último aliento.

 

Inconstantes como nosotros se dejan separar por la corriente del río

y enfrentan la soledad de su muerte.

¿Cuántas no caen a diario en las aguas atascadas de cuerpos

que conducen su alma al mar

y le dan espacio al nuevo verdor de la vida que se impone a la espada del otoño?

pero pocas como esas que susurran nuestro nombre en las ondas del agua,

eco de dos estrellas que han caído de las ramas del cosmos.

 

Se van por la cuerda floja de la corriente,

sus cuerpos barcas traspasan la espesura

del camino

y se resisten a unir sus puntas antes de llegar al destino

en donde las esencias se separan.

 

Aun así se palpan y se mandan mensajes con el viento,

y un beso, dolor de ambas,  que se propaga por la piel del río,

juntas parecen una sóla estrella,

mas alguién lanza una piedra al agua

como un meteóro que las divide

 

¡ Como se entrelazan a pesar del balbulceo costante del aire,

y quieren ser una única barca con  que cargar al espíritu del agua,

descansan petríficadas en el último aliento de una ola

antes de romperse en las piedras!

 

¡La naturaleza siempre inmortaliza

el último instante de la vidas en las fotos que sus ojos toman

y ya sea que lo entierre en el cementerio del cielo

o  lo guarde en las púpilas del vagabundo,

logra retener el momento  como  estatuas

que se encargan de mover las manecillas de su reloj!

 

Veo nuestros rostros en la débil mueca de esas hojas muertas,

de las que aún sus fantasmas vagan por el resplandor del sol sobre el río

 

Buscan sus restos de vida y en ese andar de cuerpos secos

y aferrados a los huesos de su amor,

nos vemos reflejados.

 

Hojas sin raíces con las que plantarse en la vida

para darle fruto o semillas,

sólo cuerpos flotando en  sus sentires

que se van al mundo del silencio.

 

Todavía se siente en el agua el aroma de sus orgasmos

gestando el sonido de las aves,

los árboles y la tierra las ven partir sin retener el curso del ataúd

que llevan las piedras,

adios hojas,

el mar y las nubes las esperan en el lecho del horizonte,

piérdanse sus lágrimas en el abismo de la corriente

y se vuelva perenne en el eco de la tierra

el susurro del amor que se llevan.

 

 

 

 

 

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