La Flor y la Tormenta

 

il_570xn_156835820

Una historia que  Diciembre le robó a Febrero

Hace mucho tiempo me llegó una historia muy singular que aún resuena en mis oídos. Estaba sentada en un parque pensando en la inmortalidad de miles de cangrejos porque créame que cuando  se piensa en las telarañas o en los cangrejos estos  se vuelven miles, es como pensar en los  mil borreguitos antes de dormir y es lo único que se puede hacer cuando uno está aburrido. La voz profunda y acogedora de una anciana me despertó de aquel  letargo en pleno día. La primera impresión que tuve de la anciana fue terrible, porque créame que no era nada atractiva a la vista, se parecía  la bruja de Blanca Nieves y lo primero que  pensé fue  que estaba viendo una alucinación porque por eso días mi médico me había recetado unas pastillitas rosas para el estrés. Di un salto y me  cambié de asiento esperando que la desagradable anciana se perdiera de vista, pero no, algo quería porque la insistencia ya rayaba en insolencia, con la energía de una niña corrió hacia mí, las personas del parque ni se inmutaban dejando que eso ocurriera, hasta parecían reírse de mis caras de susto que ya eran demasiado obvias. Entonces decidí rezar para que la anciana comprendiera que no la quería cerca, pero mientras más rezaba  más me observaba con su narizón que parecía rozarme la cara. Ya desesperada le dije _¡Señora que quiere, no ve que no la quiero cerca de mí! Por qué me persigue? El parque es muy grande! La anciana con una tranquilidad desbordante volvió a mirarme hasta que por fin después de  cinco largos minutos, me dijo_ ¡Ay, jóvenes, ustedes nunca tienen tiempo para nada, si tan solo escucharan la vida sería más reciproca con ustedes! Con esas frases me tranquilizo porque supe que no quería hacerme daño y tras una larga conversación de esas que solo los viejos saben tener me contó esta historia que quiero con gusto compartirles para que hagan con ella lo que quieran.

Esta es la historia de una flor, ¡si de una flor! ¿Por qué siempre las  historias tienen que ser de hombres y mujeres?  En esta la historia de la anciana (que le conto la amiga de una amiga) la heroína es una flor y no una flor cualquiera, sino una flor de papel  que un niño ciego había hecho para un trabajo de su escuela. Los maestros como siempre  tan ocurrentes  habían puesto a todos los alumnos a usar banderitas de papel para hacer algo creativo que no fuera usarlas de babero o para el perrito. La verdad  no recuerdo el nombre del niño, solo sé que empezaba con A, era ciego pero muy ingenioso con sus manos y decidió hacer de la banderita una hermosa flor en forma de rosa y para que quedara más hermosa recortó con sus hábiles manitas un colibrí que  le coloco encima y si  eso parecía poco también puso dentro de la flor un mensaje secreto para la niña que le gustaba.

En la escuela el trabajo del niño fue muy premiado por todos los maestros, pero al pasar el tiempo y la época de calificaciones el niño dejó  a la flor tirada en un pequeño jarrón sin cumplir su objetivo de entregarla a la niña para la que siempre estuvo destinada, aquella niña de voz de ángel. A los pocos años el niño gracias a las ultimas tecnologías recuperó la vista, para ese entonces aún la flor estaba en su recamara esperando ser entregada. A pesar de los años, su creación se conservaba tal cual, hermosa con su papel reluciente de banderita, sus colores azul, blanco y rojo la hacían verse pasional y el niño que ahora era un joven adulto recordó con ternura la voz de su amada, era lo único que recordaba de aquella niña que nunca había podido ver más que en alucinaciones debido a su ceguera. Ahora ya era imposible hacer algo al respecto, él era un hombre y la niña aquella era una mujer en alguna parte lejana del mundo, agarro a la flor con ternura y la colocó en su ventana, siempre sería un recuerdo de aquel primer amor.

Pero lo que para los hombres parece imposible para los objetos no lo es, los hombres a veces son cobardes e incapaces de luchar por lo que aman.  Muestra de eso es nuestra flor, la cual día tras día miraba al sol con tristeza, se decía a si misma! _Si fuera de tallo y pétalos reales cuantas cosas no podría hacer, el sol me acurrucaría en sus rayos, la brisa me arrullaría y la lluvia sería un baño fresco! Cada día, mis pétalos se van desgastando y ni siquiera sé  para qué existo si nunca llegue a mi destino. Así pensaba la flor  de papel, en el invierno, en el verano, en la primavera y en el otoño, veía como todo cambiaba a su alrededor, como sus hermanas las flores reales mudaban sus pétales, morían y renacían sin que ella pudiera hacer nada, ella siempre permanecía igual, envejecía su cuerpo, insectos se le posaban encima y el polvo de las calles hacía estragos en sus colores.

Un día vino una tormenta muy fuerte de esas que arrasan con todo, los humanos corrieron a sus casas a abrigarse de la furia de Dios, todo quedo desierto, solo se escuchaba la furia del viento y el tintineo de la lluvia que golpeaba fuerte a todo lo que encontraba a su paso. Nuestra flor de papel sabía que sería el fin, había soportado muchas tormentas pero esta era muy fuerte para su cuerpo viejo, aun así no perdió la esperanza y se apresuró a hablar con la tormenta con la intensión de aplacarla_ ¡Tormenta por favor no me hagas daño, te lo pido por todos los años que he estado aquí soportando tu mal humor, ten piedad de mí, de mi cuerpo frágil, yo fui creada con amor, nunca he podido cumplir mi destino porque un ciego me creó, ayúdame! La tormenta es la tormenta, siempre embravecida, sin un grado de compasión arrasa y destruye todo para después darle paso al sol, pero algo en la voz y en las entrañas de esa flor le conmovió su corazón de agua. Miró a la pequeña figurilla de papel y en sus ojos   se le clavó aquel mensaje secreto que el niño había depositado en ella. La tormenta quedó enamorada de la flor, olvidando su misión de destruirlo todo.

En una furia desorbitada  la tormenta tumbo al suelo el jarrón de cristal, abrazo a la frágil florecilla y desapareció dejando al arcoíris como señal de su amor. Al día siguiente el joven ya vidente se percató de su pérdida, extrañó a su amiga de la infancia, recordó la suave voz de su amor platónico ¿pero para que intentar buscar a alguien que estaba tan lejos? Así que  a la semana seguía con su vida de estudiante, preocupado por conseguir buenas calificaciones y el recuerdo de la flor de su infancia se evaporó en el tedio del tiempo. Mientras tanto la flor de papel volaba con la tormenta que ya estaba muy lejos de casa. La tormenta es una viajera incansable aunque muy buena amante, abrazaba fuerte a la flor sin soltarla y sin hacer parada, ahora nuestra heroína después de  haber sido invisible, ahora era toda una novedad por las calles de Paris, de Londres y demás ciudades  por donde su fiel amante hacia visitas. Volaba por los aires, miles de niños y también jóvenes deseaban alcanzarla, en todos despertaba la curiosidad de lo que llevaba adentro, el secreto más codiciado, muchas pitonisas al verla pasar pensaban que era una señal, se peleaban en medio de las calles por agarrarla pero  de la nada aparecía la tormenta con sus rayos defendiendo a su propiedad.

Pasaron años así, la flor viajaba, el sol la había puesto más hermosa con sus rayos, aún su papel de banderita era reluciente y la tormenta le era fiel hasta que un día mientras cruzaban el mar, la flor cayo precipitada hacia el abismo, era la única manera de zafarse de su amante implacable. A la pérdida de su amada la gran ráfaga de lluvia arrasó con muchas ciudades e hizo muchas calamidades. Le habían quitado lo único que amaba y sin embargo la flor tuvo la dicha de caer sobre un barco que la salvó dejándola en tierra firme, claro que primero tuvo que ser varias veces pisoteada  sin piedad  por varios  pies humanos  que vagaban desorientados por el barco. Uno de esos pies la dejó en una ciudad extraña y justo en un mercado donde  reinaban muchos colores y aromas. Otra vez el destino le sonrió , una anciana(quizá la que me  encontré, quién sabe, prosigamos) la tomó en sus manos, en su puesto vendía  todo tipo de curiosidades por eso la flor tan curiosa le agradó, sobre todo por el secreto que escondía, aquel secreto ingenuo que un niño de 7 o 8 años había escrito en un papelito. La anciana quiso descubrirlo pero una sombra majestuosa le rozó el hombro, la vieja pensó que era algo del más allá y decidió que mejor la vendía y punto, ¿qué tal si era un maleficio?

La flor estuvo mucho tiempo ahí, sufriendo de olvido,  a nadie lograba convencer la señora de comprarla a pesar de que la había restaurado, entonces decidió echarla a la basura. Otra vez parecía ser el fin para nuestra amiga. Si llegaba a parar en los dientes del camión de la basura jamás se cumpliría su sino ni sería entregada; la flor suplicaba, se acordaba de la tormenta, aunque era tormentosa la llegó a amar; ahora solo soñaba con los dientes de latón del camión devorador de basura, en eso se había convertido, en un pedazo de nada, quien era ella en comparación a todas las rosas que se vendían en ese mercado y que miles de hombres regalaban a sus amantes, claro, que ella era de papel ¡No moría!

A pesar de su dolor infinito tenía que vivir para verse a sí misma sufrir. Pensando así, sintió en su frágil tallo las manos frías de un mendigo. El mendigo en su vida había visto tal cosa, pobre hombre mal oliente, al ver a nuestra amiguita se sintió de nuevo joven y enamorado, caminó hasta la plaza más cercana y a la primera jovencita que vió por unas dos monedas le obsequió la flor. La muchacha era hermosa, con un rostro dulce, de  ojos marinos, sus cabello largo soltaba  un aroma a gardenias exquisito pero su aliento a alcohol y a narcóticos delataban su aspecto triste .La chica agarró a la flor prácticamente sin verla, se echó a llorar llevada por la confusión, se sentó en una banca, hablaba sola y con desesperación pidiéndole al cielo respuestas. Era evidente que el hombre que amaba no le correspondía en amor y a pesar de eso la flor con ella se sentía segura por primera vez desde su creación, la chica era como esa muchacha a la que siempre quiso pertenecer.

La chica después de muchos cuestionamientos se levantó con firmeza  rumbo a su casa; no recuerdo el nombre  de la chica pero estoy casi segura que empezaba con L. El departamento de la chica era un lugar solitario lleno de pastillas, de botellas vacías, de comida podrida y sábanas sucias, todo estaba patas pa arriba entre sus cuatro paredes. Al llegar aventó a la flor sobre su mesa de centro y como quien necesita apagarse se durmió. Aun cuando todo aquello era horrible y parecía el final para nuestra flor de papel, nuestra heroína se sentía feliz en aquel hogar. Al día siguiente la  joven despertó tarde, cansada de tener pesadillas, lo primero que hizo fue clavar la mirada en la flor que brillaba como un lucero en la mesa, estuvo mucho tiempo mirándola con una curiosidad única, la observaba como quien observa a un bebe, reconociéndolo. Así estuvieron mucho tiempo las dos mirándose, después la muchacha dio  un salto de sorpresa,  soltó un grito aprobatorio y las lágrimas saltaron de sus ojos, había recordado que esa flor era la que un niño de su clase alguna vez había hecho para la materia de manualidades, lo recordaba mucho porque era ciego y muy tímido. ¿Qué habrá sido de él? se preguntaba entusiasmada la muchachita, estaría vivo o sería aquel mendigo que le entregó la flor. Entre pensamientos del pasado recordó  el nombre de aquel chico ¿qué tal si necesitaba a aquella flor que ella tenía en su poder. Compadecida buscó teléfonos que la pudieran guiar a aquel muchacho que ahora ya tendría unos 26 o 27 años. Tras varios intentos, porque ya saben queridos lectores que siempre la tecnología tiene sus fallas en los momentos más dramáticos,  la chica de este cuento dio con el número correcto. Cuando el  muchacho tomó la llamada inmediatamente soltó el teléfono por una punzada en el pecho, era esa voz imposible de olvidar de su primer amor, ¿cómo era que lo estaba llamando? Tuvo miedo de todo, era como si estuviese ciego otra vez, pero como ya era un hombre saco valor de su pecho y contesto. La muchacha con su voz dulce le contó de la flor que era el motivo de la llamada. El nerviosismo le calaba los huesos a los dos, como era posible que esa flor llegara a sus manos, el muchacho estaba apenado, asombrado, estaba a punto de explotar  de emociones. La chica más valiente que él le propuso llevarle la flor, después de todo vivían en la misma ciudad aunque nunca había tenido la suerte de encontrarse.

Pasaron varios días hasta que ambos decidieran verse, era navidad, el día 12 de diciembre para ser exactos, todos como locos  se la pasaban comprando, ya que la gente nunca sabe en qué se va a gastar el dinero y una vez que se empieza a comprar es difícil detenerse. Había una tormenta de nieve que calaba los corazones  y sepultaba todo. El joven y la muchacha se quedaron de ver  en el reloj roto del Paseo Principal. El era famoso por estar roto y ser  de oro; ya muchas veces habían intentado robarlo pero siempre la policía lo rescataba, varios artistas graciosos lo habían intentado grafitear  sin conseguirlo, era una muestra de que hay cosas que el tiempo no puede destruir.

El joven solo recordaba a la chica por su voz y por supuesto por su olor característico a gardenias, estuvo un largo rato esperando frente al reloj, la chica al verlo quedó asombrada, era un hombre hermoso, con un gran porte de caballero, miraba las flores sepultadas en la nieve cuando la chica le salió al encuentro con la flor de papel en sus manos pálidas. El muchacho quedó prendado con ella, pues la niña que recordaba con voz angelical ya era una mujer de singular hermosura, aunque conservaba el mismo timbre  de voz de ángel y aquel olor a gardenias que nunca había olvidado. No sé cómo, así me lo contó la anciana del parque, el reloj de oro comenzó a andar a causa de un rayo, todos los que estaban cerca corrieron como locos pensando que era el fin del mundo, los dos jóvenes estaban tan exhortos mirándose que no vieron ni escucharon el acontecimiento. La muchacha guiada por una fuerza interior quitó el colibrí de papel de la flor dejando al descubierto el papelito con el secreto, eran unas palabras  mal escritas por un niño de siete  u ocho años que revelaban un amor infinito que no podía expresar por su ceguera. En ese justo instante la tormenta de nieve arrebató de las manos de la chica la flor, llevándosela lejos, por fin había reencontrado a su amada y ahora ya no dejaría libre, solo el papel con las cinco letras del secreto quedó tirado en la nieve mientras el joven y la chica se miraban sin percatarse de la tragedia del reloj de oro que volvía a andar.

Después de que la anciana me contó esa historia murió delante de mí, nada puede hacer pues simplemente cerró los ojos y se durmió para siempre. Era como si tuviera que contarme eso antes de partir y pasarle el mensaje a alguien, posiblemente cuando tenga 90 años acosaré a alguna chica en el parque para contarle la misma historia y que ella o quien sea haga lo que su inspiración le aconseje.