La Finadita

hombre que camina

Casi acaba de salir el sol. Afuera ladran los perros, por lo menos dos, el de tu vecino y algún otro. Adentro tienes niebla y entre tú y el mundo se tiende un frío de plasma, común, moderno y un poco polvoso. Eres una persona simple, lo sabes  y te conformas. No eres más que un animal doméstico que no destruiría nada aunque le dejaran crecer las garras. La soledad te queda bien, se te ve bien de verdad, aunque tú la pruebas como agua potable: inolora, incolora e insabora. Que te llamen el Rembrandt, por ejemplo, te da igual. El hecho de que algunas lo digan con  auténtica admiración y otros con sorna, te tiene sin cuidado. Dibujas y pintas en tu tiempo libre sin pensar en nadie, de la misma forma en que te vistes, te desnudas o esperas el camión.

Esta tarde, sin embargo, tú dejarás de ser tú.

Después de comerte a la velocidad de la luz un plato de albóndigas caminas unas cuadras para buscar un transporte que te conduzca a la periferia de la ciudad. Estás acostumbrado, tu trabajo consiste principalmente en entrevistar gente pobre. Sabes  andar calles sin pavimento, tratar con perros embravecidos por el hambre y por carecer ya no de pedigree, sino de raza. Eso te causa a veces gracia y a veces asco: los perros de patas demasiado cortas, cabezas grandes y hocicos cuadrados, producto de relaciones incestuosas entre perros y perras corrientes, piensas.

En un terreno que es a la vez un basurero vive doña Chelo. A su casa, un cuarto de bloc superpuesto, llegas atravesando  un campo de crecidas hierbas. Hay otras casas cerca, aunque desde la calle  son invisibles. Un arroyo de agua contaminada y pestilente corre a tus pies.

Te acercas con paso vacilante, temiendo que Muñeco, la mascota,  salga a recibirte con su  estentóreo concierto de ladridos. Pero no, detrás de la improvisada puerta de lámina se asoma Jocelyn, la misma niñita flaca, despeinada y sucia que conociste hace pocos meses. Sigue sin ir a la escuela. Preguntas por su mamá y entra corriendo a buscarla. Doña Chelo también lleva el cabello sin peinar, te saluda de buena gana pero no te invita a entrar. Conversarás con ella cerca de una hora, bajo un débil sol de invierno. Cuando le preguntas por su hijo Daniel, quien aparece en tu lista de sujetos a encuestar, te dice que se fue a trabajar temprano. Él escupe fuego en la calle, no volverá  sino hasta ya entrada la noche y a lo largo del día deberá cambiar varias veces de crucero porque la policía municipal tiene la consigna de mantener despejada la vía pública.

En casa sólo está Fernando, de quince años, se empleaba como aprendiz en una herrería hasta hace un par de meses cuando su madre discutió con su patrón y le prohibió volver al  taller. Fernando acató la orden de mala gana y  busca trabajo sin urgencia. Inti y Felipe, los chicos menores, trabajan en un local de reciclaje y en el reparto de agua purificada, respectivamente.  A Felipe lo expulsaron de la primaria porque es un niño muy inquieto, de pronto grita, de pronto corre, de pronto golpea a las niñas. Simplemente  dijeron que no podían con él. De todos modos  no había  dinero para los uniformes y la  inscripción ni de él, ni de Jocelyn.

Mientras Doña Chelo te cuenta todo esto,  Fernando permanece cerca de ustedes, afuera de la casa. Ya has conversado con él y recuerdas que no sabe leer ni escribir y que asistía semanalmente al catecismo.

Doña Chelo  te habla de sus pesadillas, que le parecen terribles. Anoche soñó primero que un ladrón era perseguido por tres policías a la orilla de la carretera y que la persecución terminaba dentro de su casa. Sobresaltada despertó y volvió a dormirse para soñar que un hombre altísimo y calvo estaba de pie junto a su cama. Ella tomaba un tubo para golpearlo con furia, en defensa de sus hijos.  Supone que estos malos sueños se deben a que apenas asesinaron a un muchacho a dos cuadras de donde estás parado tú ahora. También te narra, sin el menor asombro, que hace un par de semanas hallaron el cadáver desnudo de una mujer  violada en la barranca cercana.

policia

Doña Chelo no puede evitar hablar de su hija muerta. La llama La Finadita  y aunque trata de mantenerse compuesta, por momentos se le llenan los ojos de lágrimas y se le quiebra la voz.

El recuerdo de La Finadita, que para ti es una adolescente que murió ahorcada en condiciones poco claras, se hace especialmente manifiesto cuando le mencionas  la posibilidad de cambiarse de casa.  Se han mudado de barrio pero doña Chelo siempre siente que algo le hace falta. No te lo sabe explicar, no es una idea, quiere que te quede claro, es algo que siente en su corazón. Siente que su hija está allí, en el basurero que miras, de alguna forma. Por eso  no podría alejarse definitivamente.

Cuando se fue a vivir a otra parte, esta, su verdadera casa,  se incendió. El cuarto que se erigía antes en ese terreno era todo de cartón y una noche fueron a avisarle que se estaba quemando. El fuego consumió un palo –debe hablar de un árbol pero no eres capaz de interrumpirla y preguntarle— que le recordaba mucho a La Finadita. No sabe por qué pero cada vez que miraba el palo se llenaba de rabia y lo maldecía. Después del incendio doña Chelo se sintió aliviada, el palo se hizo cenizas junto con todo lo demás y el recuerdo de su hija encontró una especie de sosiego. Los vecinos le dijeron que unas horas antes del fuego habían visto a una niña bailando alegremente, de lejos, con el cabello suelto, delgada. Doña Chelo te dice, como queriéndote contagiar su asombro,   que le describieron, sin haberla conocido, a La Finadita.

niña que baila

Como puedes te despides. Tienes náuseas y un fuerte mareo. El suelo que pisas es de chicle y te sorprende que de esas casas y esas esquinas en donde aparecen quincenalmente  suicidas y asesinados, salgan madres cargando a sus bebés, adolescentes uniformadas  y niños en bicicleta con los ojos enormes y luminosos. Te parece extraño que brille el sol y que las ancianas rían. Lo lógico para ti sería que el cielo estuviera pesado y negro, que el suelo fuera un lodo que atrapara los pasos de todos y que en cada rostro se anidara indefinidamente un gesto de terror.

Quieres entender y unos pensamientos como elefantes de plomo se abren paso en tu cabeza. Ya de vuelta al centro de la ciudad, al internet y al pavimento, piensas en cómo lo que ocurre en el mundo real se soluciona en el plano metafísico. Te das cuenta de que lo que no resuelven las autoridades puede resolverlo el fuego. No es necesario fincar responsabilidades respecto a la muerte de La Finadita si el espíritu de la niña ha danzado alegremente entre la hierba y la basura. Eres el Rembrandt, pero no. El solitario. El talentoso, el egoísta. Pero no.