La desgracia de llamarse Manuel

Debía tener mucho cuidado de no caer sobre las vías del tren durante el camino de regreso. Cualquier otro día no hubiera sido problema, pero toda la cerveza, el mezcal y los gusanos en almíbar ya estaban cobrándole a Manuel la segunda cuenta de la tarde.

Para su suerte el ferrocarril solo pasaba tres veces a día, durante las comidas, sirviéndoles a los pobladores del rancho vecino de digestivo casual. Esto, aunado al hecho de que el camino de tierra se extendía derecho desde la cantina solitaria cerca de la carretera hasta el pueblo escondido entre los maizales, hacía que Manuel no revisara dos veces cada paso que daba sobre el terregal.

El hombre sonreía. Iba tropezando con la mierda seca de vaca, repitiéndose una y otra vez que se merecía aquel descanso, que ya estaba bueno de tanto trabajar y nada de disfrutar. Allá en el rancho siempre era la misma friega y las mismas diecisiete personas que lo habitaban. Aburría ver todos los días los mismos rostros. Por lo menos en la cantina de la carretera siempre se perdía un turista y ahí iba Manuel a celebrar que el mundo no se terminaba a la orilla de los maizales.

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Como esa tarde, por ejemplo. Cuando después del mediodía, llevando tres horas clavado frente a la barra, llegó un hombre a la cantina vestido con las mejores ropas que nunca antes Manuel había visto. Era hasta ajeno a la pintura, como si a aquel hombre lo hubiesen recortado de una revista de moda, de esas que las citadinas adoran leer, y lo colocaran al centro de una fotografía mexicana de principios de siglo, ahí, pegadito al gran General Villa.

El hombre se sentó en la barra, se pidió una cerveza y le limpió con una servilleta la boca de vidrio. Llevaba en el anular un anillo azul brillante, realmente precioso. Se tomó entonces la cerveza de un solo golpe. Parecía exhausto. Manuel, mientras tanto, se preguntaba si debía acercársele, pero aquel hombre se le adelantó a la idea invitándole una cerveza. De ahí en adelante todo fue juerga y brindis. Manuel llegó a invitarlo al rancho, y el hombre, del que después se dio cuenta no había preguntado su nombre en toda la tarde, le contestó que lo consideraría. Se fue antes que Manuel, pagándole una ronda a todos los viejos de la cantina.

-De esos hombres quedan pocos –pensaba el caminante a su regreso a casa.

Y ahí iba el pobre y grato infeliz, soñando despierto con el gran momento en que reuniera a sus vecinos para contarles de su aventura en la cantina. Pero algo en el camino lo sacó de su fantasía. A la mitad del camino de tierra, entre las vías y el maizal, una enorme bolsa de basura era sacudida por el viento y el polvo.

Manuel siguió derecho, pero mientras dejaba atrás el montón forrado, fue deteniendo su paso. Por más borracho que estuviera, le pareció que algo se movía en su interior. Aunque claro, a esas alturas todo a su alrededor parecía que se movía.

Pensó en echarle un rápido vistazo. Si dentro de la bolsa encontraba algunas botellas vacías ya tendría para el mezcal y la cerveza la siguiente tarde que tuviera libre. Revisó mirando a ambos lados para ver que nadie fuera a reclamar su recién descubierto tesoro. Pero no había ni un alma a los alrededores. Ni un rebuzne, ni un mugir. Ni siquiera se escuchaba el motor del viejo Ford cruzando el rancho allá a lo lejos, ese que llamaba a los feligreses a tomar las bolsas y prepararse para ir por las compras al otro lado de la carretera, en el pueblo cercano.

No, ni eso había.

A ese punto parecía que ni siquiera el tren iba a pasar para la cena. Aunque esto, claro, no le importaba mucho a Manuel, quién ya estaba en cuclillas frente a la bolsa. La miró con cuidado, intentando enfocarla y sosteniéndose con la mano izquierda en el suelo para cada vez que parecía derrumbarse por su siniestra. Puso su mano sobre el nudo y se pasó la lengua por los labios, pensando en los caballitos de tequila. Sin embargo, el movimiento repentino que sucedió dentro de la bolsa lo sorprendió, haciéndole caer de espaldas.

El ruido de la bolsa al moverse hizo un ligero eco sobre el camino. No era tampoco una gran actividad la que sucedía ahí adentro, más bien era como si alguien se estuviera despertando de un largo sueño. Todo era pausado, lento, un tanto temeroso y, después de eso, hubo un sofocante alarido que espantó a algunos cuervos de detrás de la maleza.

Manuel se secó el sudor con la manga de la camisa. Revisó de nuevo si no había nadie a su alrededor y le dio pena ¿Quién había sido el insensible que había tirado así a un animal en agonía? Pero no había más que hacer que terminar con la vida de lo que estuviera adentro de la bolsa.

Tomó una roca grande que descansaba al pie de los maizales, la levantó sobre su cabeza y la dejó caer sobre el bulto, una y otra vez, hasta que lo que había en su interior dejó de moverse. Manuel se persignó. Se colocó a la altura de la bolsa e intentó levantarla. Quería quitarla del camino, llevarla a enterrar más adelante, lejos de algún otro par de ojos morbosos.

Pero lo que había ahí no era algún animal que el conociera. La forma del cuerpo sobre sus brazos se deshacía con un frío líquido que se concentraba al fondo de la bolsa. Un tenue gemir resonó por debajo del mentón de Manuel, lo que hizo que dejara caer el bulto al suelo.

El ingenuo borracho empezó a sudar frío. Le costaba respirar por la agitación del miedo, la reciente actividad y el alcohol que se evaporaba a través de los poros de la piel. Y se fue desesperando. Observó la roca que debía haber deshecho lo-que-sea que estuviera adentro de la gran bolsa.

-Al diablo con esto –exclamó rompiendo el silencio. Sacó una navaja que llevaba en el bolsillo y abrió la bolsa por un costado, de un solo tajo. Los restos de su interior cayeron al suelo, envueltos en una grotesca mezcla de sangre y manteca de cerdo.

Manuel vomitó todo el alcohol y la botana al suelo. Tuvo que esperar a que su estómago se asentara para poderle dar otro vistazo al cuerpo malformado. Y de nuevo, vomitó, arrastrándose lejos de este. Aquello no era un animal, era humano. O al menos eso parecía, porque lo que lo hacía humano desapareció desde antes de que Manuel le dejara caer la roca una y otra vez.

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Algunas moscas sobrevolaron de inmediato el tronco deforme y el charco de porquería en el que descansaba. Manuel se repuso, poco a poco, y se acercó al cuerpo, tratando de descubrir si aquello había sido un hombre o una mujer durante su vida cristiana. Sabía que la cruz que colgaba de su propio cuello no iba a ayudarlo a calmar su corazón, pero no soltaba la mano derecha de esta, esperando a que todo fuera solo producto de alguna insensible intoxicación etílica.

El rostro del muñón en el suelo no iba a darle ninguna pista. Carecía de este. Manuel se rascó la cabeza, murmurándose el Ave María. Un tercer y último gemir se disparó de entre la boca desgarrada del cuerpo en el suelo. Manuel se levantó del suelo, lentamente, sin dejar de ver el espectáculo grotesco. El pedazo de carne empezó a moverse entre la tierra, haciendo un lodazal con la mezcla de fluidos con el que se había estado remojando dentro de la bolsa.

Y se encontró con Manuel con lo que le quedaba de mirada. Abrió varias veces la boca, pero ya no salía de esta algún sonido.

Manuel tuvo suficiente. Se dio la media vuelta de inmediato y salió corriendo, mirando para atrás de un rato a otro, hasta que aquel cuerpo mutilado fue desapareciendo de su vista. Y cayó de nuevo al suelo. La tierra comenzaba a enfriarse. Se levantó adolorido y observó lo que lo había hecho tropezar.

Otra gran bolsa de basura.

Se levantó de golpe otra vez. El viento silbaba cerca de sus oídos, acompañado por la lluvia en el maizal del aire peinándoles las puntas. Y hubo otro movimiento dentro de esta bolsa, ligero pero ahí estaba. Manuel, sin pensarlo esta vez, retomó el camino con un paso apresurado.

Se secó el sudor otra vez con la manga de la camisa. Una bolsa más le observó desde el costado de las vías del tren. Manuel la vio, nada más, sin dejar de caminar.

Y apareció una más, y una más, y una más. Y ya hiperventilándose, Manuel contó a la séptima recostada sobre el muro de piedras que hacía de entrada al rancho.

El lugar estaba vacío. Empezó a peregrinar golpeando las puertas de madera podrida con la mano desnuda, arrojando nombres al azar, para ver si alguno salía a reclamar el suyo. Pero cinco calles que conformaban el pequeño rancho estaban desiertas. Ni un triste perro salió a moverle la cola.

Manuel tenía el cerebro hecho mierda. Y mierda seca, como con la que se tropezaba en el camino a la cantina. Corrió hasta la capilla y entró al recinto sagrado bañado en sal fría. Ya no podía sentir sus piernas, parecía que eran ajenas a su persona, como si las hubiera tomado de alguna de las bolsas y hubiera dejado las suyas propias dentro de una.

No tuvo tiempo de calmar su corazón. Al centro de la capilla, con las butacas arrumbadas cerca de los cuadros pascuales, diez bolsas más se movían al unísono. Era casi un coro. El plástico se restregaba contra el suelo con cada golpe de aire que entraba por la puerta. Manuel ya ni siquiera podía correr, así que cayó sobre sus rodillas, sin dejar de ver el grotesco ballet.

El ferrocarril se escuchó venir desde lo lejos. Las vías de acero así lo anunciaban. Con el aire de la noche tan próxima, la campana arriba de la pequeña iglesia resonó con delicadeza. Y el recinto, y el rancho, y todo lo que existía que Manuel conocía, se tornó rojizo y añil.

Estaba tan hipnotizado por la carga helada de su alrededor que no se dio cuenta de la sombra que le cubrió la luz a sus espaldas, desde la entrada de la capilla. Enseguida, una mano descansó sobre su hombro, con una botella de cerveza recién destapada. Aún se podía ver el humo blanco recorriendo los dedos del extraño. Y el amarillo con espuma blanca de su interior. Y ese azul brillante que adornaba el anular.

-Vamos Manuel, esta ronda la pagas tú.