Elegía de la caja de cerrillos

 En memoria de mi Tío Andrés, un año después de su muerte, 

siempre te recordaremos amado tío, gracias por acercarme al mundo de la literatura compartiéndome  tu ejemplo de pasión  y por amar tanto a mi madre.

 

Recuerdo como sacabas los cerrillos de una caja

arrugando tu aburrimiento y en las ansias los prendías en aire,

tus palabras eran siempre ese cigarro que un ciego lanza

hacia el muro de alcohol que nos cerca el firmamento.

 

Eras uno de esos cerillos de tu propia caja,

prendías a las estrellas y ellas solas se amontonaban en la leña de la noche,

consumiendo con su hoguera a la luna cazada, al ciervo chamuscado

sobre una isla  de nadie que se hunde en el mapa.

 

Eras el nido de los espectros cuervos que buscan un cuerpo para encarnar su canto de furias y tu mismo le prendías fuego a tus plumas,

con esa caja de cerillos que hoy alucino o recuerdo vagamente,

porque perteneces a esa piel de polvo que se desvanece en el cuerpo del tiempo,

al velo de la noche que se incinera cuando el sol muestra su rostro quemado.

 

Palideces lento, mas tu invisibilidad es un hecho futuro,

como un pájaro que se despoja de sus plumas y queda sólo su trino

en ese álbum arraigado a mi memoria.

 

Cuando al álbum se le quemen sus hojas con la primera luz dorada

de las trompetas del juicio final ya no podré recordar tu caja de cerillos alumbrando el túnel de mi alma,

a mi madre se le olvidarán las canciones de tu nombre y sólo el olvido

abrirá con sus llaves sonidos en sus labios.

 

Ahora tu silueta todavía sigue vagando por esas calles que lloran nuestras huellas,

allá, bajo la luna incendiada del caribe que baja a apagar sus llamas en el mar,

todavía te escucho en las paredes del edificio de mi abuela

dejando algún mensaje en los hoyos de la cal o recuerdo los guantes

con los que golpeabas al destino,

el destino que hoy le  tumba los dientes a tu cráneo bajo la tierra

y aún así puedes proferir cierto cantar que estremece mi pluma.

 

Viene a mi memoria la humedad de tu casa,

las moscas y las cucarachas bañándose en el calor

que desprendía el fuego de tu caja de cerrillos

y aunque espantaban a ese juglar de miserias,

ésta hacía escollos con sus plantas en tu piso.

 

Qué conversaciones se extendían de tus cerillos,

exitándo el ánimo de un pueblo casi ciego,

en las reuniones donde yo era una tele vidente inofensiva del circo de la vida,

con mis siete u ocho años.

 

Traías la sonrisa del cerillo en los apagones de un  período especial

en el que lo único que nos quedaba eran las luces de un puerto abandonado por los barcos del mundo,

con tu caja de cerillos prendías tu tabaco y también la música de las navidades frente al hambre del mar,

(el mar se tragaba a sus propios hijos en la navidad

porque ya no habían generales que le lanzaran coronas con flores de sangre)

y aunque la mesa estaba provista de la tierra de las manos y las uñas de mi madre la máxima sensación eran tus cerillos incendiando los cabellos de sueños.

 

Todo lo tuyo eran sueños que se esfumaron con la lumbre,

pero después de un rato seguían oliendo

y su humo se iba con la letanía del faro

porque la nitidez de la muerte lo huele todo

cuando asoma su día para pescar en el puerto de los desamparados.

 

La foto de tu rostro se me enreda en las ramas del cabello,

cada día se vuelve más amarilla entre los dientes de las polillas

que de niña veía que cazabas en un plato con agua

y lo hacías con magia

porque yo creía que eran luciérnagas las que caían en la tumba de agua.

 

Mira ahora si es que mirarme puedes desde mundo donde la muerte devora los ojos de sus víctimas,

ya no hay luciérnagas pero sí el recuerdo de los cerillos iluminando las paredes de la locura de mi abuela

y las silenciosas lágrimas de mi madre.

 

Lloro fósforo, mis lágrimas son lumbre para las secas ramas del dolor

que se propaga como un incendio por la casa de mi cuerpo,

escupo fuego para no morir bajo el brillo de su gillotina.

 

Y pienso en la soledad de tu ataúd, en el traje apolillado que te asistió en el último vagón de la vida,

en el miedo que tenías de estar solo sin un cerillo que prendiera una vela para verle el rostro a Dios,

solo sin tu ron o el vino que los cubanos le adulteran a Bromio,

veo a las moscas raquíticas chupándose los restos de comida

que dejaste en  mesa.

 

Y se me incrusta en los ojos la silueta  de tu hija lanzando al fuego de tu tumba sus cabellos en llamas,

me asalta una idea terrible,

que quizás a alguien se le olvidó ponerte entre las manos

una caja cerillos para el túnel de la muerte.