La cabeza de Sofía

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Día cero.

Terriblemente loca, terriblemente loca y enferma, terriblemente drogada y medicada. No recuerdo ni cómo ni cuándo empezó mi necesidad hipocondriaca de un desorden mental. Alucinaciones, recuerdos fabricados, voces que me susurran al oido, gente muerta que me asecha e instintos suicidas que me carcomen el alma, pues el que se suicida busca eliminar el dolor y no la vida. No sé cuál fue el efecto ni cuál fue la causa, si la locura o la droga, no sé cuál fue cuál. Estoy dispuesta a dejar de consumir los metamórficos estupefacientes que me tienen de cabeza y a mi cerebro confundido sobre la línea que divide a la realidad y a los sueños. Investigando efectos secundarios y dialogando con la beatitud, quien ya se había aventado de lleno a ahogarse en la alberca de la oscura verdad y ya había salido, triunfante, del vacío inevitable, me convencí de mantenerme sobria lo más que pudiera soportar el dolor de la adicción física y mental que ni mi cuerpo ni mi alma podían eliminar.

Día uno.

Soy como una partícula volátil y transparente, transparente y silenciosa. Los robotnik me ignoran, sin saber el día de la hora. Les hablo y no me escuchan, no me quieren escuchar. Ignoran mi presencia, como atravesándome con la cuchilla de su mirada, una mirada profundamente vacía.

Día dos.

Parecen como dormidos creyendo estar despiertos, sin saber que para despertar necesitan de mi. Necesitan de mi sin comprender, conocer, o siquiera imaginar mi existencia; no soy su opuesto, sino la ausencia de su presencia. ¿Seré la única despierta, vagando páramamente, vagando eternamente, en el mundo de los dormidos? ¿Seré yo la muerta en el mundo de los vivos, de los putrefactos, vacíos y programados vivos?

Día tres.

Su filosofía es vergonzosa, sus sueños pendejos, sus sentimientos falsos y su fuerza es nublosa. Creen poder analizar con sus paupérrimas mentes los dilemas espirituales de su universo inexistente. Creen estar despiertos por el hecho de ser vivos, sin saber que el despertar lo otorga la muerte a los dormidos. Creen poder distinguir entre placer y sufrimiento, sin haber experimentado los placeres sensuales al momento. Sus supuestas emociones son prefabricadas, sus supuestos descubrimientos no son más que reinicios; pues no hay descubrimientos por sí mismos, sino redescubrimientos del sabio antiguo, y pues no hay emociones, sino obedientes reacciones. Creen que están solos y ¡creen que son autónomos!, no saben que yo los veo sin que me vean y que con mis deseos yo los controlo aunque ellos me procrean.

Día cuatro.

Nací y al cabo morí, como todos ustedes. ¿O acaso piensan que están vivos? Jocosamente se equivocan. Es solamente una cuestión del tiempo y del no-tiempo y el tiempo es ilusión y el no-tiempo un bello cuento.

Día cinco.

Y ya que estamos en eso, ¿quién es Tempus? No se puede definir, pues definir es limitar y no se puede limitar lo inexistente. Nada tiene existencia inherente, ¡hasta el tiempo depende de la mente! Pues lo unico inherente es la conciencia del consciente; ni el reloj de Descartés es tan abstracto como la mente. Pero basta ya de redundancias cerdas y falacias, qué van a entender ustedes de lo que ni el que lo explica entiende.

Día seis.

Ni Dios, ni Satanás,
Ni Jesús, ni Mahoma,
Ni Confucio, ni Gautama,
los salvarán de la verdad.

Día siete.

¿Será que la verdad libera, o que esta misma encadena? ¿Esclaviza y condena o asesina y despierta? ¿Y no será lo mismo encadenar que liberar si se considera a la cadena como la comunión de eslabones y a la libertad como la utopía de los incerebrados comunes? Los universos paralelos son incuantificables, como la metáfora inservible de que el cigarro que fumo es el que me fuma a mi, sin realizar que la noche es la que nos fuma a los mortales. ¿Qué es la muerte, sino la ausencia de la vida? ¿O es más bien la ausencia de la presencia? Es cuestión de percepción, pues el tiempo es ilusión, una alucinación de mi drogada concepción.

Día ocho.

El octavo día, Allāh, cansado de crear, decidió descansar para admirar el bienestar. Pero, para su sorpresiva realidad, el bienestar se había esfumado y el malestar había brotado. Así como Allāh sufrió desmedidamente, yo decidí destruir a las bacterias en mi mente. La locura o la droga, no sé cuál fue cuál, pero ya no pude más vivir sin mi rival. Le rogué a las grageas que regresaran con su hija, con su procreada criatura, enferma vital. Y fue así como volvieron a adentrarse en mi ser, a cultivar y a destruir, al mismo tiempo, mis neuronas, con placer. Y es que nunca he entendido cómo es posible que hago nada y hago todo al mismo tiempo, ¿cómo es eso? He reanudado al principio, terriblemente loca, terriblemente enferma, cayendo al precipicio.