Katherine

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Katherine no sabía que aquella fotografía suya de torso desnudo, con las manos sobre los senos cubriéndose las estrellas, y de accesorios glamorosos cayendo sensualmente sobre las dos cuencas de leche, sería el papel tapiz de millones de computadoras de hombres de todas las partes del mundo.

No solo era la provocación de aquella piel blanca contrastando el cabello negro, lacio y largo que caía entre olas por detrás de su espalda; sino también esos ojos azules decorados con un rímel negro que cruzaban todo el parpado dándole un aspecto gatuno y seductor. ¿Qué pensaría ella de todas las fantasías sucias y degradantes de los propietarios de tal efigie? ¿Qué tan diferente puede ser vista ella en cada fotografía ajena?

Carlos se pregunta esto mientras observa la imagen en medio de una noche de insomnio. Ha bebido bastante y tiene el sueño hecho pedazos, pero encuentra en la sonrisa dibujada en esos labios la calidez humana con la que se enamora a diario.

Está solo en una desgastada habitación de hotel. No tiene un lugar adonde volver ni adónde ir. Lleva la sombra de una barba mal rasurada y el cabello castaño oliendo a tabaco; la ropa sigue coleccionando manchas oscuras y la piel va perdiendo el toque cobrizo que lo hacía enorgullecer. Tiene un poco de ropa en la mochila pero al final, su mayor tesoro es esa imagen que lo acompaña mientras escribe. La dibuja con las letras del teclado pestaña por pestaña, pelo por pelo y poro por poro.

Tal vez la ha escuchado cantar por la radio, pero no recuerda la letra de su canción o la tonada de la melodía. Puede ser por que canta en inglés y él, aunque lo entiende, prefiere sólo escuchar su voz porque así puede ponerle laringe a la pintura del poema. Prefiere no saber quién es o como se llama. No quiere saber de dónde viene o adonde va, porque así es una compañera trotamundos como él.

Mira al reloj y dan las tres menos tres cigarros. Pasa su mano por las mejillas apixeladas de su musa sin nombre. Entonces, como un reflejo, la mujer de la fotografía parpadea y la sonrisa inmóvil ahora se transforma en una sonrisa tierna. Carlos se frota los ojos con la punta de los dedos y se echa hacia atrás en la almohada. La mujer se toma el rostro aferrándose al calor de los dedos de Carlos sobre su piel y deja al descubierto los pechos voluminosos que son divididos solo por un collar largo. Levanta las cejas y busca a través de la ventana a Carlos, quien ya regresa a verla con incredulidad. Pone su mano sobre el lienzo luminoso y él, nervioso, acerca la suya hasta que las dos se unen dedo con dedo y palma con palma. La diva se ríe alegre y pone ahora sus labios rosas a la altura de la pantalla. Él se acerca y la toca con los suyos; termina siendo un beso suave y plano, un poco frío nada más. Ella regresa al fondo hipnotizando a Carlos con aquellos expresivos ojos azules, enmarcados por el rímel negro. La sirena de una ambulancia rompe el silencio y el joven escritor pierde la concentración. Katherine vuelve a ser Katherine.

Son ahora las cinco de la mañana. Carlos ha salido a tomar un poco de aire y por un refresco a la máquina que está junto a las oficinas. Al volver le sorprende escuchar la voz de su adorada musa cantando desde el otro lado de la puerta. En la computadora suena una de las tantas canciones de la intérprete. No ha reconocido la letra, solo esa voz, femenina y juguetona, que le llama a volver a la cama. Ella sigue intacta, con el vientre blanco, y los hombros levantados. Con los brazos sujetándole el busto para hacer resaltar su ya impresionante figura de mujer. Carlos toma un respiro y enciende un cigarrillo. El humo comienza a danzar alrededor de él y entre las nubes grises la diva acerca las manos a la pantalla y sale de su prisión sacando primero los dedos mientras toma impulso de la orilla de la portátil. El muchacho se acuesta sobre su espalda mientras ella gatea sobre él con aquel cuerpo tan tentador. Sus piernas terminan de salir y la mujer se sienta sobre las de Carlos. La ropa interior de encaje negro con holanes blancos decora su entrepierna. Es la única prenda que viste la hermosa dama. Carlos siente el cabello largo acariciando su rostro y no sabe qué hacer, pues sigue un poco ebrio y siente pena por el decadente aspecto que lleva encima.

La diva, repentinamente, lo besa con increíble candor. Sigue siendo un tacto frío, como si esta siguiera siendo de dos dimensiones. Pero la lengua va tomando forma y se le humedecen los labios. Los senos se divierten rozando el pecho del escritor y una mano de hombre la toma de la espalda acercándola más y más contra él. Los dedos femeninos desabrochan el botón del pantalón de Carlos y toman el miembro viril con destreza. La sensación de placer recorre por toda su espina y comienza a sentir miedo. De otra ambulancia, de la música que se va haciendo más intensa y de aquella mujer que, divertida, ha cambiado las manos por su boca. Es la succión, el cigarro y la posible locura. Es ella que se levanta después de remojar sus labios con el sexo de Carlos y busca meterlo entre el suyo haciendo a un lado las bragas de diseñador. Encaja las uñas en la espalda del muchacho y se esconde dentro de su cuello, besándolo, mordiéndolo, y saboreando un hilo delgado de sangre empieza a escapar de una herida leve.

Sube y baja, gimiendo de gusto entre notas populares. Hace golpear la cama contra el suelo con Carlos mordiéndose la lengua para evitar llegar antes de lo previsto. No quiere verse mal ante su compañera, amante y confidente. El alcohol no le ayuda a concentrarse, la luz del alba tampoco y el reflejo de la bombilla sobre las caderas de la mujer mucho menos.

Entonces amanece y el sol está ya por todo lo alto del hotel, haciendo poca sombra en los edificios. El encargado golpea a la puerta mientras grita iracundo que ya pasan de las doce y que si quiere otra noche más debe pagarlo. Pero adentro no responden. Toma la llave de repuesto y abre, listo para un conflicto. El aire huele a tabaco rancio, vómito y sangre. Carlos yace en la cama con los ojos abiertos y la carne desgarrada. Hay sangre seca en toda la habitación, y los intestinos del pobre muchacho decoran el suelo de un lado para el otro. Le han arrancado también los labios de un mordisco y tiene la entrepierna envuelta con las sábanas del colchón, empapadas de un grotesco carmesí. El encargado sale corriendo en busca de un teléfono mientras va golpeando el cuerpo los coches en el estacionamiento. En unas pocas horas más Carlos sale de la habitación adentro de una bolsa negra con la gente mirando curiosa desde la cinta de precaución.

Uno de los forenses, que sigue adentro del cuarto, revisa con polvos blancos algún indicio de huellas dactilares sobre los muebles. Llega hasta la computadora y se queda hechizado con los bellos ojos azules, deliciosamente enmarcados, de la mujer que se cubre con los dedos el centro de los senos. Cierra el portátil y piensa en buscar la imagen una vez que llegue a su casa, para que lo acompañe durante esas difíciles noches de soledad. Tararea una canción de la mujer desnuda y sube a la ambulancia bastante animado.

Mientras tanto, al otro lado del mundo, en un amplio departamento decorado lujosamente, Katherine mira con aburrimiento como se va llenando la jarrita del café. Gota por gota.

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