Fuegos fatuos

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Tobías aún estaba aturdido por la jerga de anoche cuando despertó aquella mañana. El sol, que entraba sutilmente por las rendijas paralelas de la persiana, le produjo un dolor punzante en las sienes. Se levantó con algunas pausas y se frotó la cabeza mientras se pasaba la lengua por los labios, disfrutando del sabor a ceniza que le había dejado todo el cigarro de la noche pasada.

Caminó hasta el baño, giró la llave y se colocó bajo la regadera. El agua se precipitaba helada sobre su frente, pero Tobías seguía inmerso en ese pequeño momento matutino en el que no se está enterado de nada. Esa quietud inocente de quien todavía no se encuentra completamente despierto.

-Maldita sea- exclamó entonces y así, sin más, regresó a la realidad.

La mesa estaba vacía y había un silencio inquietante cuando ingresó en la cocina. Se imaginó a su madre saliendo al trabajo temprano, a su padre llevando al abuelo a la terminal y a sus hermanos sentados sobre los pupitres escolares. Seguramente nadie había querido despertarlo, en parte por su irresponsabilidad y en parte por indulgencia.

-Mejor así- pensó Tobías y se sirvió un plato de cereal con leche agradeciendo el silencio.

Entre bocado y bocado empezó a recordar el sueño etílico que había tenido antes de despertar. Era de noche y se encontraba parado frente a un edificio en llamas. La gente se había aglomerado y murmuraba sin que Tobías pudiera entenderles del todo. Acercándose un poco fuego creyó ver a un grupo de personas a través de la ventana de aquel edificio subir desesperada hasta el techo. No había escaleras de incendio ni luces de emergencia; y la falta de extintores también se hizo evidente. Los bomberos trataban de apaciguar el incendio, pero todo esfuerzo era inútil. Nadie más se movía de su lugar.

Un helicóptero apareció de pronto para ayudar a los que estaban resguardados en el techo pero eran tantos que muy pocos pudieron subir en él; los demás desaparecieron consumidos por una cortina de fuego y humo que se elevó hasta el cielo. No quedó nada de ellos. Tobías, de regreso a la cocina, se preguntaba si realmente había visto a la gente subir a la azotea, pero aquella ausencia de cuerpos imposibilitaba afirmar aquella teoría.

Al término del desayuno continuó con sus labores matutinas: se lavó los dientes, se peinó el cabello y se rasuró para no parecer un desahuciado. Se puso los zapatos, muy bien lustrados, y caminó a la puerta solo para detenerse frente al portallaves. Todas seguían ahí y el cerrojo aún estaba puesto.

-Qué curioso…- pensó él y enseguida fue a buscar a su familia a sus habitaciones, pero no había nadie en ninguna de ellas.

Carcomido por un creciente nerviosismo, Tobías apretó el paso y tomó sus llaves; liberó el seguro y abrió lentamente la puerta, como esperando que las llamas consumiendo el edificio no se encontraran del otro lado.

Pero no, no había nada. Ni fuego, ni bomberos, ni gente murmurando alrededor de una nube de humo. No había tampoco autos correr apresurados, ni madres preparando el desayuno, mucho menos jóvenes charlando despreocupados a orillas de la universidad cercana. Lo único que parecía existir en aquel mundo abandonado eran ciertas y ocasionales ratas que salían disparadas desde lo más recóndito de las sombras de concreto y desaparecían en las rendijas de las cloacas.

-¿Hola?- preguntó Tobías, pero solo el eco de las calles vacías respondió.

Todavía un poco ajeno a la situación, sufriendo los estragos de la punzante resaca, caminó buscando vestigio alguno de vida en aquel mutis general. Por las calles soplaba un viento fuerte y la propaganda comercial volaba por los aires en remolinos de polvo. Conforme se acercaba a la ciudad, Tobías se percató de viejas huellas perpetuadas por una guerra ya pasada. Los edificios se encontraban dañados, agrietados por los años; los escaparates comerciales estrellados y vacíos; la ceniza blanca danzando en las alturas y un silencio que guardaba luto.

Algunos aparatos de televisión seguían encendidos mostrando en la pantalla ese molesto ruido blanco de tiza y carboncillo. Sobre las grietas, fruto de la devastación, ya empezaban a crecer algunas flores, como si aquella guerra hubiera sido hace mucho tiempo mientras Tobías se encontraba en aquel estado de hibernación y resaca.

-¿Cómo sucedió esto?- se preguntó, y recordando la debilitada lucidez de la mañana, pensó en aquella probabilidad de que la gente en realidad nunca había existido. Fue algo fugaz, pero con la falta de cuerpos que ilustraran lo contrario no había manera concreta de saberlo; la existencia de aquel pueblo se redujo entonces a la idea de una polilla blanca muy cercana al fuego.

Al llegar al centro de la ciudad, sin que se hubiera dado cuenta de ello, reconoció entre las ruinas de la plaza un edificio familiar. Limpio, puro y ajeno a la destrucción que lo rodeaba. Acercándose pues a la puerta creyó escuchar ruidos adentro de la estructura que hacían indicar la posible presencia de algún superviviente de esas tierras de post guerra.

Tobías giró la perilla y entró, pero para su desgracia adentro no había nadie. Los rastros de vida que pensó encontrar parecían haberse esfumado con su llegada; pero sin desanimarse se decidió a buscar la fuente de aquellos extraños sonidos. Subió por las escaleras, revisando una por una las habitaciones y las salas que conformaban el inmueble. Pero no encontró nada.

Finalmente, mientras bajaba por las escaleras resignado por su fracaso, cientos de ratas salieron de entre las hendiduras, cruzando ventanas y puertas, en su dirección. Inundado por el pánico, Tobías dio media vuelta y subió a toda prisa, luchando contra los roedores que iban cruzando su camino.

El viento lo recibió al llegar a la azotea. Cerró la única puerta de acceso y rezó abrazando el miedo. Las ratas se amontonaban al otro lado del marco y algunas otras habían encontrado camino hasta la parte alta del edificio usando las imperfecciones de los muros para ello. Tobías se dio cuenta de que no había forma de salir de aquella situación. No había escaleras contra incendio, ni luces de emergencia; o algún extintor perdido entre las inmediaciones de las salas abandonadas que hubiera podido utilizar en esos momentos.

Sin embargo, rompiendo el silencio de la muerte tan próxima, un helicóptero se acercó desde el horizonte hasta donde se encontraba Tobías, quien ya hacía señales para que lo salvaran del hambre de las ratas. Un ruido sordo indicó que la puerta había cedido a la orgía de ratas. Tobías sintió las pequeñas fauces morder su carne y su visión nublarse con aquella pantalla de humo negro siendo el helicóptero, que se alejaba poco a poco de su posición, lo último que verían sus ojos. Así, consumido por el miedo, Tobías dejó de existir.