Formicidae

Una exploración en solitario. Después de caminar sin rumbo fijo, recorriendo un desierto de algodón con enormes dunas dispersas, encontró mi cuerpo. Noté su presencia entre mis letras, en las páginas de alguna conquista eventual, en las paredes; no puedo aventurarme a decir que todas esas veces fuera la misma, ante la homogeneidad aparente  de su especie cualquiera puede confundirse; el hecho es que sus exploraciones no me fueron indiferentes. Ello no impidió que la sorpresa me inundara al sentir el cosquilleo en mi brazo izquierdo, creí que el viento se había colado, que atendiendo a mi característico descuido, la ventana aún daba la bienvenida, nada cerca de la situación, permanecía cerrada, tal como un par de horas antes la dejé. Inspeccioné mi piel, la presencia de la nada me invitó a pensar en un posible roce accidental con algún hilo en libertad, o quizá fuese sólo mi cabello. Olvidé por un tiempo, seguí recorriendo las palabras del autor en turno, absorta en argumentos que no terminaba de entender, vagando entre ideas sueltas que complicaban o facilitaban el entendimiento, o simplemente catalizaban la confusión. Mi embeleso se vio interrumpido. Pequeños pasos deambulaban en círculos sobre mis piernas, bajé la mirada en su búsqueda. Sin preocupación alguna, ella exploraba mis rodillas, se perdía en mis cicatrices infantiles, concentrada en una misión desconocida para mí. Un soplo bastó para terminar su aventura.

            Permítame, aún no termino. Sé que quiere una descripción concreta, para mí es necesario el detalle. ¿En qué me quedé? Ah, ya recuerdo.

Reanudé la lectura, buscando el párrafo recién abandonado; un movimiento señaló el lugar, ella danzaba alrededor de las frases que dejé a medio leer. Agradecí la ayuda, miré por un largo rato la trayectoria que dibujaba en el papel, me fascinó su ir y venir… le hablé: “Con la parsimonia que caracteriza a tu especie –pocas veces he  notado lo contrario- , te veo andar al ritmo de la música de fondo, alguna melodía imaginada para sesiones de tranquilidad y concentración cuyo nombre ignoro; suave, vas deslizándote  por las hojas, pisoteando letra por letra, ignorando con altivez –y cierta elegancia- las palabras, las imágenes. Te da igual que diga tal o cual cosa, si hay certeza en los enunciados o si la argumentación posee cimientos, tú sólo avanzas lenta y constante, buscando algo que desconozco, cargando a cuestas mitos que no sé si te pertenecen. De nuevo me pregunto las razones de tu presencia, recordando aquellas letras que te dedicara tiempo atrás: ¿Qué harás por estos rumbos? ¿Qué buscas en mis lecturas, en mi cuerpo? ¿Traerás la tristeza o vienes a llevarte las caras largas? ¿En tu espalda viajan sonrisas que han de ser instaladas o acaso serán solo lágrimas?”

Ignoró mis preguntas, arraigó las dudas y siguió su camino. Otro soplo y de nuevo se desvaneció en el espacio, se perdió, la perdí.

Sí ya sé, no desespere, ni me mire así, la razón aún me acompaña, bueno, eso creo. Por cierto, ¿le he dicho que hay demasiado blanco en esta habitación? ¿Hay forma que “matice la luz”? Tanta blancura me recuerda a mi escritura, aséptica. En fin. Sigo.

Entre letras y rutas elípticas entré al sueño sin proponérmelo. Los recuerdos me despertaron un par de horas después, miradas y figuras aparecieron en espirales de colores y se perdían entre túneles infinitos. Comencé un camino similar al que ella había seguido cuando señaló el párrafo; en medio de una oscuridad interrumpida por el débil haz de luz proveniente de la calle, daba vueltas en la habitación tratando de despejar la mente, de olvidar lo recién visto. Concentrada en ello no me di cuenta que llevaba tiempo sintiendo un frío extraño, cómo le explico, no sé, mi piel reaccionaba como si tuviera frío pero en realidad no lo sentía, yo sabía que el ambiente era más que agradable, la decisión de dormir solo con las sábanas encima lo decía, aun así tenía esa idea del frío…me obligué a regresar a la cama. Ahí estaban, centenares de pasitos avanzando sobre mi cuerpo desde las piernas, como cuchillos finos de hielo que ascendían a un ritmo extraño, parecía todo un bullicio castrense en ataque rápido, pero su avance era lento. En dirección contraria, una presión bajaba desde mi pecho, la sal fluía por mis mejillas; eran hormigas, un ejército enorme recorría mi cuerpo. Cerré los ojos, me enrosqué entre las sábanas, comencé la estrategia de ignorarlas, quizá así se irían; en ello me quedé…

No doctor, no estoy loca. No es angustia, ni ansiedad, respiro bien, lo ve, no me falta oxígeno. Son hormigas, miles, millones. Recorren mi cuerpo una y otra vez, de arriba abajo, sin dirección, dispersas; sus patitas son como agujas de hielo, ¿ha sentido ese frío que aguijonea la piel? Así se sienten sus pasos. No entiendo a qué vienen, por qué, qué les llama en mi cuerpo, estoy limpia, no he sudado, no he comido…a veces en la ducha llegan. Que no es ansiedad doctor, que son hormigas, pequeñitas, de color café. ¿Qué si las veo? No  hace falta, las siento, ¿no es suficiente? No es alucine mío.  ¿Por qué quiere inyectarme de nuevo? Odio las agujas, le he dicho. Estoy bien, sólo le cuento mi experiencia con las hormigas, desde hace años me habitan, sólo ahora han decidido abandonar su territorio y explorar más allá de mi cabeza.  ¿Por qué ha llegado más gente? ¿Quiere que también les cuente la historia? No necesito medicamento. Mejor me voy, no quiere escucharme, me dice que la ansiedad provoca esa sensación, que la angustia quita la respiración y eso provoca el hormigueo, que me tranquilice; estoy tranquila, ¿no ve?…Mmmm, no puedo levantarme, carajo…Doctor, no puedo levantarme, ¿me inyectó? ¿Qué le puso a la jeringa? No doctor, no estoy alterada, ¿por qué quiere que duerma? Hey, dígales que no me toquen. Doctor, tengo sueño… ¿sabe que se ve muy chistoso? Su rostro va desapareciendo en espiral, vaya, qué curioso…

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