Espejito, Espejito, dime que soy la más hermosa II

Isabella estuvo muchos años internada en el Manicomio JESÚS ESTÁ CONMIGO, hasta que después de 10 largos años cuando ya tenía 38 fue liberada como una autentica heroína del mundo de la belleza. Para ese entonces yo estaba casado y con dos niños pero todavía la seguía recordando y guardando en mi gaveta personal los recortes periodísticos de sus hazañas en el manicomio.

Quiero recordarles que Isabella fue un icono en aquel hospital ya que los médicos como parte de su terapia de reconstrucción psicológica le permitieron poner en un salón abandonado del hospital una estética donde se dedicaba a embellecer a sus compañeras pacientes, con cortes, tintes y cremas que ella misma se encarga de comprar con sus pocos ahorros.  Así estuvo por un año y medio, mientras se sentía una mujer productiva y amigas no le faltaban,  pero cierto día apareció Damián a hacerle una visita. El patán convenció con sus encantos a los médicos de que todavía amaba profundamente  a Isabella y que si la había dejado fue por su locura prematura y los agobios constantes que le profería a su persona por lo cual los médicos no le impidieron verla.

Cuando Isabella lo vio entrar a su salón recordó todos sus años de aventuras amorosas, el ardor de la pasión y por unos instantes se sintió profundamente cautivada por aquel joven al que había amado con todas sus fuerzas antes de caer en la locura. Damián no estaba nada cambiado, se veía incluso más joven de nunca y tan hermoso que algunas locas se comenzaron a alterar e intentaron abrazarlo. Iba muy bien vestido como de costumbre, con un traje muy costoso de seda negra y llevaba en su brazo derecho una cesta con varios productos de belleza entre los que había cremas, pomadas y demás artefactos para pulir la luz de cualquier rostro.

Isabella lo trató con mucha amabilidad como si nunca hubiera existido un altercado entre los dos, pues la joven hermosa había logrado en aquel primer año de estancia médica recuperarse de todos sus rencores y de la baja autoestima que la afligía, incluso gracias a que le habían arrebatado su espejito de mano, sólo se podía observar en los del sanatorio, en los cuales se veía auténticamente hermosa como en realidad era.

Damián se percató rápidamente de ese estado de ánimo positivo de su ex amante y efusivamente le declaró sin rodeos que aun la amaba con todo su corazón y que estaba dispuesto a esperar lo necesario para que pudieran casarse y rehacer su vida de amantes. Que la quería ayudar en lo que fuera necesario y que por ese motivo le llevaba aquella cesta con cremas y pomadas francesas que había comprado  con el fin de verla feliz con su tarea de embellecer el mundo.

Isabella se entusiasmó muchísimo al ver su regalo, pues por las marcas de dichas cremas se veía que su amante estaba dispuesto a gastar lo que fuera por verla contenta. Así que le agradeció el cumplido y prometió usarlo con sus clientes. Después de una larga conversación y reconciliación los dos se despidieron y Damián insistió en que la visitaría una vez a la semana y que le llevaría mejores y más costosos productos de belleza.  Ese encuentro fue la nueva catástrofe de mi musa, que volvía a caer en la garras del amor.

Cuando esto ocurrió yo todavía tenía la capacidad de transgredir el tiempo viajando hacía los corredores del castillo de la reina Grimhilde, de la cual debo admitir aprendí mucho sobre magia negra y de como controlar el tiempo. Como me convertí en su fiel leñador, sirviente y amigo leal, me confiaba todos sus secretos y me hacía acompañarla en sus misas negras, donde miles de doncellas vírgenes eran asesinadas mientras un grupo de ocultistas y brujos de la época le extraían la grasa de la piel para hacer exquisitos jabones perfumados y cremas que después mi soberana se untaba tras un baño para quedar inmaculadamente bella y joven aun. También debo confesar que me dio la oportunidad de compartir su lecho unas cuantas noches en las que también me especializó en las artes amatorias.

Todas esas enseñanzas me hicieron un joven más seguro de mí mismo y un auténtico galán en mi realidad verdadera en la que me dediqué a conquistar a todas las mujeres hermosas que encontraba en mi camino, sin poder con ello olvidar el rostro perfecto de Isabella.

Aquellos viajes al tiempo paralelo me dieron la posibilidad de comprender el plan maquiavélico de Damián que de la misma forma que yo hacía sus recorridos nocturnos robándole pócimas, jabones y cremas a la reina que después usaba como arma letal contra sus amantes. Muchas de esas  cremas se las regaló a Isabella, poniéndoles etiquetas de marcas famosas.

El sabía muy bien que ocurriría cuando Isabella las usara, más mí desdichada musa era completamente inocente de la trampa en la que estaba cayendo a causa de  las garrar del amor. Pues cada una de esas pomadas y cremas hechas de la grasa de miles de vírgenes que antes de morir habían plasmado su dolor en dichas sustancias sólo provocaban belleza en la reina Grimhilde pero en las demás mujeres mucho dolor, fealdad y decrepitud.  Isabella completamente engañada por el encantamiento de Damián cuando tuvo la primera oportunidad de usar su regalo no lo dudó.

Resulta que una de las locas del manicomio, Doña Carmela, era ya muy mayor, contando quizá con unos 60 años. Era la abuela de todas las locas, pues la mayoría no pasaba de los 40 años y la consideraban la más sabia y prudente aunque también la más desdichada por su vejez y porque se había vuelto loca a raíz del adulterio de su esposo con una mujer 25 años más joven que ella, ahora esposa de su ex marido y heredera de toda su fortuna.

Doña Carmela nunca salía del salón de belleza de Isabella, siempre estaba al tanto de todos sus avances en el que campo de la belleza y cada nueva herramienta de rejuvenecimiento la probaba antes que cualquiera y todas la respetaban y le cedían el primer lugar pues en sus años mozos Doña Carmela había sido hermosa y una reconocida modelo, que le había hecho ganarse la admiración tanto de hombres como de mujeres.

En cuanto supo que Isabella tenía nuevas cremas y pomadas no dudo en gastar sus ahorros en el salón de belleza. Estaba tan entusiasmada que siguió todos los pasos del instructivo de las cremas, los cuales habían  sido escritos por el mismísimo Damián.

Los instructivos decían  esto:

Úntese con suma delicadeza antes de bañarse

Permanezca con la crema por dos o tres días sin removerla de la piel

Es recomendable que no se ponga bajo el sol pues este daña irremediablemente el efecto de la crema.

Después de tercer día dese un baño con agua fría

Al cuarto día podrá disfrutar de los magníficos resultados, rejuvenecimiento total, casi de unos 10 años.

Doña Carmela siguió cada paso al pie de la letra y al cuarto día comprobó los resultados. La piel de todo su cuerpo comenzó a caerse poco a poco al tiempo que se le abrían profundas grietas de las que emanaba abundante sangre con pus. Los médicos creyeron que había sido atacada por lepra, lo que los obligó a encerrarla en un reclusorio del hospital  y proteger a todas las pacientes de cualquier contagio. Aun así ella no paró de solicitar la visita de Isabella para que le llevara sus cremas con la esperanza de que la enfermedad no dificultara más su estado anímico. Los psiquiatras y médicos inducidos por la lástima le permitieron seguir usando sus anestesias que aunque no la podían salvar de la muerte al menos psicológicamente le daban cierta dignidad de morir tranquila y para que Isabella no se contagiara le pasaban las cremas en una cesta por una puertecita que estaba en la puerta principal de la sala donde reposaba Carmela. Esta las recibía con suma alegría y después de seguir el instructivo por tres días y bañarse en una tina especial para leprosos consultaba su espejo personal.

Lo que siempre veía era espantoso, una verdadera tortura para cualquier ojo humano; la piel se le caía a pedazos y el rostro con cada aplicación se deformaba hasta tal punto que una mañana cuando una enfermera entró a cambiarle el agua de la tina y colocarle alimentos nuevos la encontró convertida en un monstruo y muerta entre su propio pus y el agua podrida de la bañera.

El olor de aquella sala era espantoso, tanto que nunca más la enfermera regresó a trabajar, dedicándose a abrir una tienda de productos salvavidas y el hospital tuvo de cerrar sus puertas a nuevos pacientes por temor a un contagio. Pero como nadie se imaginaba que las causantes del mal eran las cremas de Isabella, estas siguieron circulando por todo el hospital de mano en mano junto con el mortal instructivo.

Casi la mitad de las pacientes del hospital murió y todas aunque se pudieron salvar seguían pidiendo las cremas hasta  ya no poderse mover  de la bañera. Los médicos estaban aterrados y no encontraban la razón para tan temible plaga que los había acechado de sorpresa a pesar de su higiene y cuidados. La única mitad que no falleció fue la de los hombres porque no usaban el producto de belleza pero ningún médico se percató de este hecho. El hospital no pudo sostener sus pérdidas por lo que tuvo que darle de alta a su población sobreviviente y quedarse con solo unas cuantas  paciente que no tenían a donde ir y que además se rehusaban argumentando que el sentido de su vida se hallaba en aquel manicomio junto a tres de sus hermanas que habían sobrevivido, entre ellas estaba Isabella.

A pesar de sus aun fuertes fobias contra la vejez Isabella no había usado ninguna de las cremas pues consideraba que ese mérito y derecho lo merecían las más jóvenes o las más grandes que aún tenían la esperanza de morir hermosas. Pero cuando se empezaron a ir todos y ya no tenía el salón de belleza,  la depresión la invadió tanto  que decidió usar una, la que consideraba más poderosa para así sentirse optimista cuando se contemplara en el espejo.

Siguió los instructivos al pie de la letra y al cuarto día después del baño comenzó a presenciar los efectos. Para ese momento acababa de salir de la bañera y se acercó al espejo empañado por el vapor y el terror que la invadió fue sumamente agudo pues lo que veía era su antiguo fantasma, una vieja de 80 años con gritas en el rostro de las que emanaba sangre podrida.

La imagen no era la de ella, sino la de otra mujer, con aun vestigios de belleza pero muy corrompidos por el tiempo y las horrendas heridas. Era el reflejo real de Grimhilde que al percatarse de los robos de Damián había creado un hechizo con sus brujos para poder conectarse con sus cremas y pócimas  aunque eso implicara hacer un viaje en el tiempo.

Grimhilde al contemplarse en su espejo en vez de verse a ella, veía a Isabella, joven y hermosa como ella misma había sido mucho tiempo atrás y aquella vez después de mucho  tiempo volvió  a sentir los mismos celos y envidia que la acecharon con la presencia de Blancanieves.  Deseó aniquilar a Isabella y se propuso intentarlo con todas sus fuerzas, así que comenzó a hablar con su reflejo.

__Niña, no te asustes, yo soy sólo producto de tu imaginación, pues tu eres hermosa y joven y ahora que has usado la crema milagrosa llegarás a ser más joven aun. No puedes dejar de usarla porque entonces todo el efecto logrado puede desaparecer y hundirte en la vejez más tenebrosa. Eres hermosa y si sigues mi consejo lograras la fama y el reconocimiento por tu inigualable rostro. No dudes que en ti misma que soy yo está la verdad del encanto.

Y diciendo esto estiró la mano que traspasó el espejo con un frasco lleno de crema. Isabella titubeó por largo rato hasta que al mirar los ojos aparentemente dulces de la reina decidió seguir su consejo. Después de la reina despedirse con un majestuoso saludo desapareció y frente a Isabella se vislumbró su auténtico reflejo, él una joven de 30 años, plenamente hermosa.

A pesar del encantador poder de la reina, Isabella no se untó inmediatamente la crema sino que esperó unos días mientras sumida en la reflexión decidió no hacerlo pues ya su corazón estaba cansado de tener que ser esclava de artefactos y productos para explotar lo que ya tenía en su interior y en su rostro. Entonces en vez de seguir el camino de su trampa se mostró inteligente y le dio la crema a una de las sobrevivientes de la masacre para ver cuál era el resultado.

El efecto  fue el mismo de siempre. El descascramiento de la piel y la dependencia de la persona al producto, por lo que  mi musa comprendió que las cremas que Damián le había regalado eran la causante de tanto dolor. Después del descubrimiento Isabella habló con los médicos y les comentó sus hallazgos. Nunca denunció a Damián sino que toda su energía y encantos los aplicó para denunciar a las múltiples  marcas de productos de belleza que se estaban enriqueciendo con la inseguridad de las mujeres.

Logró cerrar muchas de ellas y a las que gozaban de mucha reputación las  convenció de cambiar sus etiquetas y mensajes que ahora iban hacia mujeres inteligentes que sólo las usaban para refrescarse después de un baño o cuando viajaban a países muy fríos donde las encontraban sumamente necesarias, pero ya no como un vicio para contrarrestar los años.

Isabella creó una red defensora de la belleza natural, esto la hizo sumamente famosa e influyente en el mundo ya que con su sola belleza sin la influencia de ningún producto convenció a millones de sus hermanas de no hacerse esclavas de falsas compañías que jamás le devolverían el tiempo vivido. Sus enseñanzas propagaban el amor por la vida y la pasión por vivir cada etapa de la vida al máximo sin aferrarse a la juventud   ni envidias banales. Muchas compañías de belleza le pagaban para que no las desfalcara con sus discursos que siempre pronunciaba desde el hospital, el cual no dejo por mucho tiempo hasta haberlo convertido en un verdadero centro de recuperación metal para mujeres llenas de complejos y miedos acerca de si mismas.

Hoy el nombre de Isabella es muy famoso y también su rostro pulcro que se exhibe sin cremas, se  escucha su nombre  y nos imaginamos algo bello, lleno de fragancias y encanto. Y ella descansa en su antigua casa, ha vuelto a ser mi vecina a la que a pesar de estar comprometido persigo noche y día prendido de su inagotable juventud de corazón.