Entre metáforas y electrones

Noche al telescopio

I

Subí a la azotea con la ambición gatuna de conectar mis ojos con las estrellas, de reducir la pupila al espesor de una ranura, para filtrar las falsas constelaciones.

Subí – Romeo seducido por la noche Julieta- arañándome los brazos en la enredadera.

Quería alejarme de las (eternas) preguntas de la almohada, del sueño color pizarra y el gis en mano con que ya entraba en él.

Quería olvidar los números y el rompecabezas incompleto bajo la cama.

Me senté junto al grillo amigo y la cucaracha rival, los brazos cruzados, la espalda apoyada en la curvatura del tinaco. Escuchaba el agua –el tiempo cantando con líquido acento- caer dentro del tambo negro.

Elevé el rostro y la nariz apuntó hacia un planeta desconocido. ¿A qué huele el Universo?, preguntó mi alma de sabueso.

 

II

Nunca tuve un telescopio, me acostumbré a mirar el cielo a ojo desnudo. Nunca aprendí los nombres de las constelaciones ni las fases de la luna.

Para mí la noche siempre fue algo terrenal, más el suelo que el cielo, el miedo a las arañas por sobre el temor a los cometas.

Me recuerdo en una ocasión bajo la tormenta, mi mamá al volante y yo pequeño en el asiento trasero de la gremlin, se había inundado uno de los puentes de la ciudad. Entonces la oscuridad, la lluvia constante, los relámpagos  y el tráfico que nos mantuvo  horas detenidos. Ella conteniendo los nervios, yo creyéndome su fingida seguridad.

Sentía una emoción extraña y eso para mí definió la noche: La felicidad del miedo compartido con alguien que, estás seguro, te protegerá.

 

III

Una idea me hizo inclinar el rostro hacia arriba. Algo sobre el tiempo y la velocidad de la luz. Me dijeron que mirar las estrellas era mirar hacia el pasado, la luz tardaba en llegar desde cada una de ellas y nunca podríamos mirarlas en nuestro presente.

Así, contemplar el sol es conocerlo tal como era ocho minutos atrás, mirar hacia una estrella del otro lado de la galaxia es conformarnos con su brillo de hace miles de años, cuando aún no había nacido yo ni mis padres, ni mis abuelos.

Nada puede ir más rápido que la luz, de modo que la información recibida desde cualquier astro  es información vieja. Nunca la de hoy.

Pongamos la mirada en el cinturón de Orión.  Tal constelación es fácilmente reconocible por sus tres estrellas alineadas: Alnitak, Alnilam y Mintaka. De las tres, Alnilam, la central, se encuentra a 1345 años luz de distancia, es decir, su luz tarda esa cantidad de tiempo en llegar hasta nosotros y lo mismo en dirección contraria. Alguien que, desde allá,  estuviera mirando hacia nuestro planeta en este momento, se encontraría con imágenes de la tierra del año 670; si su potente telescopio estuviera dirigido hacia México tal vez esté mirando a un sacerdote teotihuacano en lo alto de la pirámide del sol, calculando en las estrellas el fin de su civilización.

Orion

¿Cuántos años tendrán que pasar para que un lejano alienígena pueda mirarnos justo en este tiempo? Quizá ni la tierra ni el sol existan para ese entonces, tal vez un hoyo negro nos haya tragado o un cometa gigantesco habrá despejado a la tierra como si de un balón se tratase, enviándonos a orbitar una estrella extranjera.

Ante cuestiones  como esa, la noche albergó  para mí nuevos matices: a la felicidad del miedo compartido se le sumó la nostalgia infinita del tiempo.

 

 

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