Entre metáforas y electrones

 

Mi ventana

Me gusta mi ventana porque es grande y puedo ver los atardeceres y la compleja geometría de la subestación de luz. Si fuera niño me saldría a trepar los postes y las torres, sería tal vez un astronauta en una estación lunar.

Cuando, a cielo nublado, me bebo frente a la mañana una oscura taza de café, el perro de mi alma mueve la cola.

Cuando, a mediodía, las ruedas de la vida giran a toda velocidad, la ventana es mi enemiga.

Luego el atardecer y los colores que se alejan de su pasado terrenal, los ojos que se olvidan de los brillos mundanos y todo, autos,  gatos, autobuses, nubes y ambulancias, rozan por un instante sus  formas platónicas.

Más pequeño me asustaban las ventanas. La muchacha que hacía limpieza en mi casa me dijo que las brujas flotaban hasta ellas y te chiflaban, “¿en escoba?”, “No, sin escoba, nada más flotan ahí”,  si llegaba a verlas estaría perdido, me llevarían lejos lejos donde ni el mismo Dios podría encontrarme. Nunca vinieron por mí las brujas. De vez en cuando se acercan las gatas y maúllan como el llanto de un bebé, animalillas cachondas, su grito de lujuria es aterrador.

Cuando el viento agita el vidrio de madrugada, en mis pesadillas se dibujan dedos de uñas largas y sucias, toc toc, toc toc.

Me gusta la vista pero hace algunas semanas entraron a robar en la casa vecina. El albañil de la colonia me sugirió levantar muro. Le dije que sí sin convicción, a veces me lo encuentro en las calles trabajando en las paredes de otras casas. Lo saludo, me saluda, me cambio de acera para evitar su fingida preocupación “Hay que poner ese muro ya”, dice levantando las cejas “no se le vayan a meter por esa ventana”.

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