Entre metáforas y electrones

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Amanecer en Marte

De Venus a Marte

Amanecer o alba, escoja usted la palabra que más le guste,  la que le resulte un mejor lienzo para pintar los primeros trazos del día, la que le sirva de ventana en donde detenerse a empañar el vidrio con el humo de su taza de café. Alba es ligera, suena como alma, dígala en voz alta y será imposible de contener; Amanecer pesa dos sílabas más, se mantendrá vibrando en el aire segundos después de murmurarla.

En el momento en que está leyendo este artículo, se está cocinando en el centro del sol la luz que alimentará a nuestro planeta en el futuro. Después de complejas y energéticas reacciones nucleares, se crean fotones en el núcleo del sol; estas migajas de luz tienen que viajar por el interior del astro rey hasta llegar a su superficie y poder escapar hacia el espacio. El camino no es sencillo, el interior de una estrella es espeso y turbulento, no es sólido, no es líquido, no es gas; es plasma. Hay fotones que logran atravesar el laberinto solar en tan solo unos miles de años, en contraste hay algunos que llevan atrapados millones de años. Aquellos afortunados, libres y veloces, tardan sólo 8 minutos en llegar a la tierra. Haga usted la suma, Miles de años y 8 minutos es la edad de la luz que vemos en un amanecer.

“Hoy mi pecho esta reseco/como una estrella apagada”, se lamenta García Lorca en su poema “Alba”, y es que alguien que se desvele contemplando el cielo será testigo de cómo, uno a uno,  irán siendo tragados por la luz del día los puntos luminosos en el firmamento. Sin embargo hay una estrella que se resiste y aguanta hasta el final, el lucero de la mañana.  Dicen los astrónomos que no es una estrella sino el planeta Venus, dicen los antiguos tarascos que es el hijo de la luna. Del libro “Memorias del Fuego”, del escritor  Eduardo Galeano, copio textualmente el mito:

La luna, madre encorvada, pidió a su hijo:

—No sé dónde anda tu padre. Llévale noticias de mí.

Partió el hijo en busca del más intenso de los fuegos. No lo encontró en el mediodía, donde el sol bebe su vino y baila con sus mujeres al son de los atabales. Lo buscó en los horizontes y en la región de los muertos. En ninguna de sus cuatro casas estaba el sol de los pueblos tarascos.

El lucero continúa persiguiendo a su padre por el cielo. Siempre llega demasiado temprano o demasiado tarde.

Sea estrella, planeta o hijo huérfano de padre, el lucero nos vigila desde el cielo ensangrentado del alba. Pero ¿por qué ensangrentado?, ¿a qué se debe ese característico color rojizo? ¿será alguna especie de licor derramado por las musas?. Cuando el sol ilumina la tierra, los colores vienen enredados en uno solo; el azul se entretiene con los gases de la atmósfera, se desvía de su trayectoria dispersándose por todos los rincones del firmamento; el rojo es más tenaz y se mantiene fijo en su camino. En las horas del crepúsculo, atardecer o amanecer, los rayos azules se han quedado en los cielos de otras partes del mundo, los rayos rojos son los únicos que se mantuvieron sin extravío. La atmósfera es la responsable de los colores en el cielo.

Ahora invirtamos un poco las cosas, ¿y sí el amanecer y atardecer fueran azules?. Entre el 4 y 5 de noviembre del año 2010,  el robot  Opportunity de la NASA realizó una serie de fotografías de la puesta de sol en Marte, los investigadores simularon un video llamado “I’m dreaming of a blue sunset”; son 30 segundos que recogen 17 minutos de capturas del azul atardecer. Piense en un astronauta olvidado en aquel planeta, donde el polvo de su atmósfera produce que el cielo sea rojo la mayor parte del día, mientras que el sol es azul cuando está cercano al horizonte. ¿Cómo serían las fotografías, las canciones, los versos que escribiría?