Entre metáforas y electrones

Escaleras

I

Tenía 6 años, un poco más un poco menos, se quedaba mirando hacia la escalera con una quietud que nos inquietaba. “Ahí está”, decía y señalaba a alguien que nosotros no podíamos ver “la Moss, ahí  parada”. Los ojos se nos ponían como platos y el vello se erizaba, una vez tomado aliento y valor, mi hermana mayor o yo nos acercábamos a la escalera y le preguntábamos más. Subíamos al primer escalón “¿dónde?,¿ aquí?”.  “No”, decía con la cabeza.

Dos, tres, cuatro, cinco. Al sexto escalón gritaba, asintiendo con convicción “Ahí está, ahí está”. Había que bajar corriendo ante el temor de sentir  el cuerpo, el aliento o la mano de alguien que no estaba. Era una niña pequeña, mi hermana menor, y nos asustaba con eso.

Llama la atención que haya escogido tal lugar para su visión. Al ser el sitio que une el abajo con el arriba, el umbral de una escalera tiene un  poder simbólico que amplifica el terror; un fantasma colocado ahí, resulta ciertamente perturbador.

II

Me gusta el sonido de la palabra, al decir es ca le ra, uno ya se encuentra subiendo o bajando mentalmente. Recuerdo este pequeño cuento que me impactó en la infancia, de uno de los libros de texto gratuito, la autora una niña de 11 años (en ese entonces):

 En un país lejano existía una vieja y rara escalera. Se podía bajar por ella, pero no se podía subir. En lo más elevado había una cosa desconocida.
Mucha gente trató de subir. Algunos mataban águilas para coger sus alas y subir volando. Cuando hacían el intento, que era peligroso y pesado, todos miraban a ver qué pasaba. Cuando ponían en acción sus famosas alas, se daban tal estrellón que se hacían vidrio molido.
Una vez llamaron al mejor deportista de esos tiempos para hacer un salto mortal. Lo dio tan alto que parecía un fuego artificial, pero el famoso saltador desapareció al instante.
Un buen hombre, que pasaba por allí y vio el alboroto, dijo para sí: “Yo subiré a esta escalera para traer esa cosa desconocida que todos quieren y que ha de hacerme rico y poderoso”.
El hombre, que ya tenía grandes experiencias de los que era la vida, subió la escalera (no se sabe todavía cómo). Al llegar al final, imagínense lo que era la cosa desconocida que lo haría rico y poderoso; era un papelito con letras bien negras que decía: “Esta pequeña escalera sólo sirve para bajar por ella”.

Ana Mayra Rodríguez Linares

III

Allá por los años cincuentas, el físico y matemático Roger Penrose (una de las mentes más brillantes de la actualidad) asistió a una exposición artística del dibujante holandés M.C Escher.  Quedó impresionado por los inquietantes grabados y  litografías mostradas, en donde la paradoja y lo imposible le provocaron una sensación de gozosa irrealidad. Inspirado en el trabajo del artista, Penrose se dedicó a dibujar lo que él denominó objetos imposibles, los cuales pueden ser representados en el mundo de las dos dimensiones gracias a la imaginación del dibujante, sin embargo jamás podrían ser construidos en nuestra realidad tridimensional. Entre ellos se encuentra la tribarra, y la escalera de Penrose.

Dichos objetos presentan una característica llamada no-localidad, la cual nos hace creer en un orden aparente al ser vistos un ámbito superior, que sin embargo se pierde al acercarse localmente. Artista y científico se influenciaron mutuamente, una de las obras más famosas del artista Ascendiendo y descendiendo, utiliza la escalera de Penrose. Monjes que suben y bajan sin fin en una arquitectura imposible.

 

Escalera de Penrose
Escalera de Penrose

 

 

escher
Ascendiendo y Descendiendo. Escher

 

 

 

 

 

 

IV

Nada más aburrido que leer un manual de instrucciones, con sus redundancias y obviedades. Nadie mejor para hacer de este tipo de textos algo divertido como Julio Cortázar. En  “Instrucciones para subir una escalera” nos dice paso a paso, la manera correcta de ascender. “Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie…”  El texto nos resulta divertido por lo absurdo que suena que alguien nos enseñe a realizar una actividad que resultaría ocioso aprender en teoría.

Y es que para nosotros resulta lo más sencillo del mundo subir y bajar una escalera, pero no para los robots. Hasta ahora uno de los más adelantados, el Asimo de Honda (un robot que parece un niño astronauta), sube con el cuidado de  un anciano adolorido; en una de sus recientes presentaciones al público, antes de subir las escaleras se queda un momento estudiándola, luego de “tomar valor” sube el primero, el segundo y al tercero, al doblar “la rodilla” pierde el equilibrio y  cae hacia atrás quedando en el suelo de costado, se le ve tan frágil e indefenso ahí tirado que rápidamente acuden a cubrirlo. Para ascender y no caerse, los robots humanoides necesitan evaluar con precisión los parámetros mecánicos, así como seguir, paso a paso, las líneas de programación; instrucciones como las de Cortázar no les resultarían tan absurdas. En comparación, la capacidad con que nuestro cerebro procesa la información resulta asombrosa; actos tan simples como seguir un avión con la mirada, rodear un obstáculo o subir un escalón, son verdaderos retos para los diseñadores de inteligencia artificial.

V

La  primera ambición de nuestros  pasos es horizontal, hay que aprender a gatear, luego a caminar; del cuarto a la cocina, de la cocina al baño, siguiendo a mamá. La siguiente meta es vertical, queremos subir la escalera para encontrarnos con el mundo desconocido del piso superior, miramos hacia atrás esperando que nadie nos vea y aventuramos nuestro andar a la exploración. Poco a poco esos escalones se van transformando en metáfora de nuestra vida: “para arriba, siempre para arriba”, nos exigimos. A veces bajamos, a veces caemos, pero siempre  buscamos ascender. Ya lo dice aquella canción: Para subir al cielo, para subir al cielo se necesita una escalera grande y otra chiquita.

 

 

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