Entre metáforas y electrones

 Libros

Tacto

Me gustan aquellos que tienen el espesor de un sándwich, que son lisos en la cubierta y rugosos en sus páginas. Su peso ideal es tal que pueda sostenerse a una mano pero, de a poco, vaya exigiendo la ayuda de su compañera. La manera correcta de llevarlo al caminar, es  bajo el brazo, con el lomo apuntando hacia la axila y la palma  de la mano curvada hacia arriba, cerrando las páginas con ligera presión y un dedo introducido entre ellas a manera de separador.

Lo común es que los libros sean encuadernados con papel más grueso que el de sus páginas, con pastas plastificadas o con cuero de algún animal. Pero hay también el caso de libros con cubiertas de piel humana, como aquel que el médico francés Ludovic Bouland  mando  encuadernar con la piel del cuerpo de una paciente no reclamada. El texto en cuestión trataba sobre la muerte y el alma. “Un libro sobre el alma humana”, dijo, “merece una cubierta humana.”

Oído

La noticia me provocó sentimientos encontrados:

“Primera biblioteca sin libros abre sus puertas en Florida

En una superficie  de más de mil metros cuadrados , los estudiantes de la Universidad Politécnica tendrán acceso a más de 135 000 libros en formato digital”

En el silencio de las bibliotecas, el murmullo de las páginas siseaba desde las mesas , era un crujido leve, parecido en sus notas al pisar de las hojas caídas en el otoño. Hoy este sonido ha sido suplido por el click click click de las teclas, los poemas y las enciclopedias habitan tras monitores de cristal.

Existen aplicaciones para convertir la lectura digital en una experiencia más interactiva, entre  sus funciones cuentan con la de imitar el sonido al hojear un libro. ¿A quién puede gustarle eso? Me pregunto, y no es que esté en contra de la lectura digital, simplemente creo que hay sonidos que no deberían ser copiados, incluyo en la lista el vaivén de las olas, la lluvia en la ventana, o algunas viejas canciones que, a falta de nuevos éxitos, se insiste en coverear.

 

 Vista

Se lee bien bajo luz amarilla. Mejor aún si las páginas son también amarillentas. Algo irritante hay en el blanco blanco, cierta sensación de falsa pureza. Algunos buscan las letras grandes, insectos gordos que avancen a paso de oruga; otros prefieren la densidad de una hilera de hormigas. La página de un libro es un paisaje de cálida monotonía, aunque si se mira a detalle pueden descifrarse figuras y códigos secretos siguiendo la ruta de los espacios en blanco.

Las palabras entran a los ojos y, como en un vidrio empañado, dejan en la retina su huella vaporosa. Al pensar en los libros y la vista, la primera referencia es Borges, que amaba los libros y  quedó ciego. Pero él entendió que la vida posee un negro sentido del humor, de su poema de los Dones, escuche la primera estrofa:

Nadie rebaje a lágrima o reproche

esta declaración de la maestría

de Dios, que con magnífica ironía

me dio a la vez los libros y la noche

Gusto

Devorar un libro en sentido literal no es algo muy recomendable. El papel  es obtenido de la celulosa, que a su vez es obtenida de la madera. Unos pocos seres vivos, como las termitas, pueden digerir madera; si alguno de nosotros comiera papel, este pasaría casi intacto por el sistema digestivo, absorbiendo el agua y ocasionándonos tal vez una diarrea.

En sentido figurado, hay libros que sirven de botana, otros de plato principal. Los hay para beberse por antojo, como  a una cerveza; otros, como a un cabernet sauvignon, se les degusta con pretensión. Poesía, cuento, novela, teatro, divulgación, didácticos, metafísicos, de superación… Sabores hay de todo tipo. ¿De cuál comerá hoy?

 

Olfato

Los viejos huelen principalmente a lignina. Es un polímero orgánico abundante en el mundo vegetal que cuando se oxida presenta un aroma parecido al de la vainilla. Existen incluso perfumes derivados de este compuesto.

Los más nuevos tienen  una mezcla de aromas que van desde el pegamento utilizado para la encuadernación hasta tintas y otros sedimentos industriales.

Al apretar mi nariz entre las páginas de un libro abierto, me siento victorioso. Pienso entonces en  esos cerdos que, al poseer un potente sentido del olfato, son utilizados para la búsqueda de trufas enterradas. Imagino su íntima alegría al dar con el hongo, y la comprendo.

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