El visitante I

1

Tienes la llave para entrar a mis sueños,

y ahí espera mi cuerpo de tierra las caricias de tus ramas,

entras por el filo de la puerta, brisa de hojas y enredaderas

que se amarran al tronco de mi cabeza.

 

Llegas cauteloso, un silencio hecho eco en los poros de la pared,

me despiertas dentro del sueño y siembras en mi pies semillas de serpientes,

llueves sobre los hoyos de piel, jugando a ser charco para insectos,

inundas cada recoveco con tus secretos y hieres mis labios con las agujas de tus dedos,

le hacemos culto al silencio y mi garganta se hace

gota y cae en el pozo de tus ojos .

 

Te duermes en el sueño, yo quedo en vigilia

escuchando  el sonido de la sirena que retumba tras tus párpados,

te observo y palpo, eco hecho carne

y estás distante como las alas de ese eco que se pierde en el cielo,

hombre vuelto suspiro en la respiración de Dios.

 

Vas desapareciendo cuando el sol golpea la nubes con su cetro de llamas,

la noche libera del pergamino de su lengua al último grito

y viene el frio soltando una carcajada a través de los labios de una estrella,

la soledad planta semillas de peces en mi vientre,

los discursos se hacen burbujas en sus bocas

y antes de que el día marque una hazaña más en la tierra del calendario,

entierro una palabra en tus oídos.

 

2

 

Ayer llegaste más temprano a mis sueños,

sin la llave porque te dejé la puerta abierta,

tu sudor era de un diamante roto,

tirítabas de frio y dejé que te taparas con mi cuerpo.

 

Te sentí como una semilla entre mis labios,

la cual debía enterrar pronto en algún ricón de mis sueños.

Dormíamos, mas estabamos alertas en el nido de la quimera

para  no ser devorados por su despertar,

yo no era yo, tampoco quería serlo y tú no eras tú,

no eras la semilla,

no  eras  las alas del eco ni la rama de un árbol,

eras mi igual,

la serpiente que  vive en el pantonoso terreno del amor.

 

Me llevaste otra vez a ese mundo del que había huído dejando un rastro de sangre en el camino,

me llevaste a la casa de una sóla puerta y ventana,

a la amplia azotea donde se le puede picar los ojos a la luna

y jalarle el cabello a las estrellas,

a ese amencer de neón

en el que al sol casi se le olvida apagar las luces de la noche

y principiar el coro de las nubes tras las mamparas.

 

Transitamos las mismas escaleras hacia el teatro multiforme donde el amanecer da la tercera llamada,

y antes de que se expandiera la melodía del big ban,

nos posamos en el alambre que sotenía a la paredes

para presenciar  el acto del universo jugando a hacer figuras de

plástilina  con nuestros ojos sobre  la mesa de la noche,

te vi de todas las formas, a tí, a tu canto,

que se acumulaba en las cúpulas lejanas haciendo sonar las

campanas para el alba.

 

 

Regresamos al nido de la quimera,

nos golpeó una brisa,

el árbol se quebró,

la luz entraba por la ventana

perfumada de rocío y lodo,

ya te habías ido,

pero mi cuerpo aun olía a tierra del amor.