El viejo blues de los gatos de misa

hotca

La brisa de mar, esa dulce sinfonía de arena y sal. Ya no tengo conciencia del pasar del tiempo, pero desde que llegamos aquí siempre es mejor pensar que todos los días es domingo. Rica todavía sigue a mi lado, sentada y con los brazos alrededor del conjunto de sus piernas flexionadas y hay silencio. Hemos llegado a un punto en el que no necesitamos de palabras y solo nos queda mirar al horizonte, no para esperar milagros, sino para buscarle sentido a esa línea horizontal, a esa extraña franja azul que divide la existencia. Sí, debe ser domingo.

Debe ser domingo y deben de ser las diez de la mañana, aunque posiblemente sean sólo las ocho porque el sol del trópico empieza a desaparecer las sombras desde muy temprano y la arena se siente como brazas ardientes. De cualquier modo son las diez. Lo sé porque hay demasiada calma, porque mi esposa, Rica, se encuentra como siempre despertando a mi lado y porque no hay gente caminando por las aceras estresados por el pasar del reloj de pulsera; lo sé también porque la brisa es la única melodía que puede escucharse en toda la isla y no hay que preocuparse demasiado por lo que pasará al día siguiente hasta que empiece a anochecer. Y las mañanas de un domingo no terminan hasta las seis de la tarde. Es una regla irrefutable.

-Hay que buscar comida- dijo entonces Rica despertando la modorra –Ya viene siendo hora.

Hot-cakes.

-¿Perdona?

-Debemos hacer hot-cakes.

Rica me miró con una mueca de disgusto y preocupación. Por una parte siempre ha sentido repudio a tal desayuno, y por otro lado la ausencia de ingredientes, por obvias razones, la hizo tal vez pensar preocupada que estaba sucumbiendo a la locura del naufragio.

-Bueno, vale, lo que sea está bien para mí. Vamos ya.

Se levantó de inmediato y sacudió la falda con la intención de quitarse la arena de la ropa. Aún cuando estábamos completamente aislados del mundo, Rica se empeñaba en mantener el orden y la civilización con esos pequeños gestos de buena sociedad. Cosas como lavarse el cuello del sudor del trabajo diario, desnudarse a la hora de tomar la ducha y sacudirse el cabello en medio de un brote de flores, son algunos ejemplos de su comportamiento. Qué manía la suya.

Acto seguido, se dirigió hasta la parte más superficial del bosque de palmas, y yo, por un rato, me quedé atrás pensando en la maravilla refrescante del agua llegando a mis pies; encantado con aquel cosquilleo constante que se produce cuando el agua se retira de la arena y de mis pies se forma esa pequeña depresión salina. Entonces las olas retumban suavemente sobre la costa y a la orquesta de la brisa marina se le une también el silbar de las palmeras.

-No estoy perdiendo el tiempo, no estoy perdiendo el tiempo- me repito a diario, tratando de restarle importancia al constante reproche de Rica de que no hago nada. –En domingo es además ley irrefutable el tomarse el tiempo de despertar y disfrutar de la mañana. De disfrutar de la música sin salir de la cama.

¿Cuántos domingos han pasado ya? Por la ropa uno diría que varios meses y la piel ha tomado un color dorado que sobretodo en Rica se ha visto favorecido con el tiempo (su piel, blanca y suave, ha forjado carácter a través de tantos domingos, pero sigue guardando aquel encantador toque femenino con la majestuosa forma en que se mueven sus pies al alejarse); no obstante, al final, no hay forma de estar seguros de la fecha en concreto. Los recuerdos del naufragio son borrosos, pero ver a Rica yendo y viniendo de un lado para el otro, con disciplina y orgullo, se ha convertido en costumbre, por lo que creo que tal vez nunca hemos vivido en otro lado. Entonces, como es también costumbre, Rica llama mi atención una tercera vez antes de arrojarme una serie de pequeñas piedras a la cabeza.

-¡Por Dios! Deja de perder el tiempo y ayúdame.

Ay, Rica. Tan joven y tan hermosa. ¿Quién podría pensar que aquella jovencita de buenas costumbres terminaría casada con un tipo tan despreocupado como yo? Y es que es la inmortalidad de tu belleza, querida mía, la que da alegría el vivir por siempre en un domingo cualquiera. Tus ojos almendrados, tus labios rojizos y tus largos cabellos negros conduciendo la orquesta de arena y sal; acompañan ahora esa lucha tuya contra la medusa de la línea arbolada.

-Vamos, deja, te ayudo con eso- dije al verla y ella regresó a la planta baja alineando sus pies con la tierra, un poco irritada (como siempre frunciendo el ceño y estirando los labios en señal de protesta). Subí entonces al árbol con el que ella había estado lidiando y bajé de él algunas frutas, ella las recogió y las colocó en la bolsa que hacía con su falda. Qué lástima, hoy tampoco habrá hot-cakes para desayunar.

 

Al cabo de un rato, Rica estaba ya sentada a la orilla de la costa sobre una de las rocas que emergía de la arena, mientras yo libraba mi propia epopeya troyana. No es que sea difícil atrapar a uno de esos inquietos peces de agua salada, tan solo me remuerde la conciencia el tener que interrumpir su pintoresca danza que hace brillar el mar con sus adorables manchas obtusas. Hipnotizante escena aquella, con todos los reflectores encima suyos y los brincos temporales tan fuera de lugar. Mi presencia no los turba porque he aprendido a ser espectador, a ser un crítico; un paso en falso sobre la también falsa gravedad donde interpretan su espectáculo y uno de ellos puede ser el platillo principal de la tarde.

No obstante, al final, ninguno de ellos ha llegado a equivocarse y he tenido que regresar avergonzado. A orillas de la falda de Rica todavía estaban las frutas de su ración, con una sola mordida en cada una.

-A ti lo que te falta es instinto de supervivencia- dice ella en un instante y me quedo pasmado. ¿Qué puedo decir? Soy un crítico de corazón débil y ella lo sabe bien. Tanto ahora como desde antes de anclar en esta tierra de nadie (que es tierra nuestra, pero sin un testigo de aquello, no deja de ser una tierra de nadie) cuando nuestra existencia no era otra cosa que el de dos notas en medio de todo un concierto; cuando nuestras acciones no tenían exactamente un conflicto de interés sobre lo que era la solitaria civilización. Uno podía no ir a trabajar aquel día y, sin embargo, no tenía repercusiones directas en la necesidad de hacer el amor de dos jóvenes adolescentes al otro lado del país. Ni siquiera del otro lado de la ciudad.

Sí, recuerdo la ciudad. La he visto (obviamente) en sueños. Tiene una superficie hecha de la arena más dura y gruesa que pudiese existir. La sinfonía cruzada de aquel largo archipiélago onírico se mete hasta la garganta en cantidades ridículas y el sol es un espejismo que aparece y desaparece entre las enormes palmas de cristal reforzado. Cuanta locura la de aquellos sueños. Lo peor es ver a los peces de ciudad. ¡Qué danza más vulgar aquella! Toda una miserable agrupación valsistica de indisciplinadas sardinas. Todos haciendo lo que quieren y, no obstante, aquello no perjudica el insensato baile del que se encuentra al otro lado del banco. Nada que afectar, pero también nada que aportar. Rica, el día en que se lo conté, soltó una carcajada dolorida.

-Para ti puede que no tenga sentido, pero para mí es necesaria esa danza poco rítmica- había dicho ella hace algún tiempo, cuando al fin había podido contarle aquella extraña ilusión. Y me gustó su risa, hacía mucho que no la veía reír tanto, aunque fuera un tanto ahogada.

-¿Por qué, Rica?

-Muy sencillo, la civilización no necesariamente debe tener una estricta disciplina pero, en sí, su existencia es necesaria para poder tener un buen baile –

Por más que quise no pude entender aquella vez su respuesta, o tal vez era yo el que no quería entenderla aposta, pero Rica continuó de todos modos:

–Es, por un decir, que aunque nosotros –entiéndase nosotros como tú y yo, y no nosotros como la humanidad en sí– podemos danzar de la forma en que tú quieras, en el modo en que tu pienses que es correcto, pero esta no dejará nunca de ser siempre el mismo repetir. Sin embargo, si, por el contrario, tenemos a algunos de esos inquietos pececillos torpes y de dos pies izquierdos, el baile se convierte en una impredecible obra de arte que no se repetirá nunca dos veces. Por más que a ti guste Bach, no puedes negarme el hecho de que también te guste, de vez en cuando, algo de Coltrane.

Y calló, en medio de un largo suspiro. No hemos tocamos el tema desde entonces y aunque no había querido aceptarlo, Rica lleva tiempo notándose cada vez mas apagada y no sé si es la resignación. A mí no me tomó mucho acostumbrarme a esta tranquilidad paradisiaca, pero temo que a ella le esté costando el pensar en la ciudad como el archipiélago onírico de mi imaginación: vago y transparente. Y sí, solo por ella me gustaría que la franja azul nos trajera un resoplo del viejo mundo. Aunque no nos dijera sus verdaderas intenciones.

 

El silencio continuó hasta que el sol empezó a morir a orillas del fin del mundo, que no fue mucho después de mi zambullida con los peces. Creo que los domingos se terminan muy rápido y más aún cuando mañana se hay que trabajar. Y yo odio los lunes (no como aquel pequeño gag tan recurrente, lo mío es odio verdadero, del desgarrador). Yo creo, después de meditarlo bastante, haber nacido un lunes. También creo haber sido abandonado en la escuela un lunes, haber perdido aquel partido de futbol un lunes. Yo creo haber sido rechazado por aquella chica un lunes y me fracturé la pierna un lunes también, cuando empezaban las vacaciones. Perdí mi empleo, atrapé un resfriado, rompí mi reloj de bolsillo favorito un lunes y vamos, hasta creo que naufragamos un lunes y que soñé con aquel archipiélago de sardinas torpes un lunes, cuando yo dormía y no llegaba todavía el siguiente día de asueto.

Los sollozos de Rica interrumpieron el diálogo interno. Para cuando me di cuenta de ello, ya se había puesto de pie y sacudía otra vez su falda de forma frenética. La arena que se le había pegado esta vez estaba empapada por el agua de mar de la marea y no salía por completo de su prenda, por más golpes que le diera al vestido. Tal desesperación la había puesto a llorar.

-Cariño, deja eso, no tiene caso que sigas siempre tratando de verte perfecta. Es domingo, no te preocupes demasiado.

El rostro de la joven dama se escondió entre el cabello alborotado que le caía por toda la frente. Sus brazos cayeron a los costados de su cuerpo como rindiéndose al obsesivo impulso de limpieza, pero mantenía los músculos de sus extremidades tensos. Parecía que se tragaba con mucho coraje el dolor de ponerse a llorar.

-Deja ya de decir eso. No-es-domingo.

-Bueno, ya está terminando, pero creo que aún tenemos un poco de este del otro lado.

-¡No, no es domingo!- gritó Rica mientras se acercaba a mi a zancadas.

Sus ojos brillaban por el agua salada y sus manos habían logrado llegar hasta mi camisa, de donde me sujetaba con fuerza.

-Te he estado pasando todas tus estupideces desde el día en que llegamos porque me preocupa que pudieras caer en una terrible depresión. Día con día he aceptado el hecho de que consideres que siempre amanecemos un domingo, pero estoy completamente harta de este lugar

-Rica, mi vida, todo está bien.

-¡No! ¡No está bien! ¿Es que acaso no lo entiendes? ¡He tratado de mantenernos a salvo durante todo este tiempo y tú sólo puedes pensar en hot-cakes, bailes de salón y música matutina!

Al verla estallar así entendí que finalmente había cedido a la resignación. Una ligera brisa marina acarició el contorno de su piel cuando ella había callado y en sus ojos se lograba observar la impaciencia desbordada de no poder hacer nada para evitarlo. No pude disimular la sonrisa.

El peso de sus manos cayó sobre mi rostro repetidas veces después de esto. Varias veces intenté detener su coraje, pero Rica no se rindió hasta haber soltado la última bofetada. Con el resto de sus fuerzas acomodó sus manos sobre mi pecho y me arrojó al frío arenal, donde caí de espaldas. Algo de esto debió calmar a Rica, pues aún con lágrimas en los ojos dejó a un lado los perjurios y ofensas y cayó sobre sus rodillas junto a mí. A su pecho le costó bastante recuperar el aliento y a mí recuperar la postura vertical. La marea, por su parte, empezó a subir y mojaba de cuando en cuando la orilla de mi cuerpo y las piernas cansadas de Rica. Debían ser más de las seis y el domingo, siguiendo sus normas, había muerto ya.

-¿Qué es lo que tanto le ves a los domingos?- preguntó momentos después, cuando ya había dejado de llorar. Esta vez tenía la mirada perdida en el horizonte, seguramente para también buscarle la razón de la existencia de la frontera aquella.

-No es lo que les veo, es lo que siento de ellos, Rica.

 

Una extraña sensación me despertó a mitad de la noche. Al incorporarme noté que Rica ya no estaba a mi lado. En medio de un temor incomprensible salí en su búsqueda sólo para darme cuenta de que Rica se encontraba allá a lo lejos, de pie sobre el risco que emergía de una de las puntas de la isla. Aquel acantilado era una mandíbula inmensa de afilados colmillos de piedra caliza donde chocaban las olas con mayor intensidad. En ese momento, sintiendo los estragos de los golpes de Rica sobre mi rostro, me olvidé de los domingos, de las mañanas, de los hot-cakes para desayunar y de los peces de colores. De inmediato tomé el andén que llevaba hasta ella y corrí con todas mis fuerzas.

Los pies, desnudos por la falta de calzado, empezaron a traicionarme en la carrera. La cabeza se me nublaba con ideas absurdas y no dejaba de reprocharme las mismas tonterías.

-Rica, no te vayas, si quieres mañana puede ser viernes. Toda la semana si así lo deseas pero no te vayas.

La piel se desgarró con las ramas de algunos arbustos y sentí las rocas encajándose en las plantas de los pies. Sin embargo, poco importaba realmente todo esto, solo necesitaba llegar hasta ella.

Cuando por fin pude divisar su silueta a la orilla del peñasco, mis piernas dejaron de responder y me derrumbé sobre el suelo que acariciaba la falda de Rica. Ella se sobresaltó un momento y se quedó mirándome, tal vez tratando de identificar mi sombra entre las otras de la noche.

-¿Qué sucede? ¿Qué tienes?- preguntó ella mientras se arrodillaba para sacudirme la tierra.

-No lo hagas, por favor, no te vayas. Seré una sardina torpe, lo prometo, seré torpe e impredecible. Como Coltrane o quien tú quieras que sea- las lágrimas no dejaban de brotar de mis ojos, aterrado por la idea de perderla para siempre. Rica golpeó entonces mi nariz con la punta de su dedo índice con un gesto risueño.

-Tonto, yo no iba a ningún lado.

-¿A qué te refieres?

-¡Creo que es bastante obvio! Todas las noches subo aquí a esta hora y vigilo por si acaso pasara un barco de rescate. Enciendo algunas hojas y mantengo el fuego un rato hasta que me entra el sueño y regreso al refugio. Alguien tiene que hacerlo, mi vida, y seguramente no serás tú- contestó Rica con un mirada que era tanto un regaño como un gesto de ternura.

Limpié mi cara con las manos y noté de inmediato la pila de hojas secas y los retazos de leña, aún ardiendo en el suelo, junto a ella. Una parte de mi sintió un cosquilleo incomprensible pero no quise precipitarme a conclusiones. A pesar de no entender muy bien cómo es que seguía ella aferrándose al milagro que pudiera cruzar la franja horizontal, ver la figura desnuda de Rica, tan sutil y transparente a través de su vestido; con todas esas manchas además opacando el encanto de sus mejillas bronceadas, me hizo reconsiderar mi posición en aquel lugar.

– Además, ¿Crees que podría dejarte a ti solo en medio de esta isla desierta? ¡No sobrevivirías ni una sola noche! No quiero ni pensar hasta que punto llegarías si no estuviera yo aquí para mantenerte vivo.

De camino al refugio Rica me tomó la mano como hace mucho no lo hacía, asegurándose de que no volviera a enfrentarme con los enemigos del sendero. Mientras la veía caminar frente a mí, no dejaba de pensar en mi suerte y en la fuerza incomparable de Rica. Ella podría serlo todo en esta isla. No creo que al final necesitara de mi persona para subsistir en este ambiente hostil y solitario; y a decir verdad, creo que ella lo sabía más que yo. Pero Rica para mi lo era todo. Era mi domingo en la mañana y sin ella, como bien decía, no sabría en que situación me encontraría en estos momentos.

Al llegar, Rica se recostó a mi lado y abracé la pequeña cintura de su cuerpo. El olor de ceniza y sal en su cabello fue arrullándome hasta quedarme profundamente dormido. Tal vez si no estuviera aquí, Rica podría seguir bailando en los salones más hermosos del mundo; mientras que yo, sin ella, perdería el gusto por la música en general. Así fue que entonces, una vez más, el día volvía a ser domingo.

 

Rica me despertó a la mañana siguiente en medio de un alboroto exagerado y varios golpes secos al hombro, evocando una y otra vez mi nombre. Aun con toda su verborrea entusiasmada no entendí por completo lo que estaba sucediendo hasta que salí del refugio y mis ojos se posaron en la extraña línea que, por mucho tiempo, fue mi crucigrama dominical. Rica miraba conmigo el horizonte pero estoy seguro de que ella vio otra cosa en su infinidad. Yo, por mi parte, solo sé que en medio de aquella frontera nació el alivio y la sonrisa esperanzada de Rica. Esa que había dejado hace mucho tiempo atrás en el archipiélago onírico de mi imaginación.

El rescate fue inmediato. Aún no puedo procesar todo lo sucedido ni toda la clase de preguntas que nos hicieron los tripulantes al llegar a cubierta. De entre las cosas que alcancé a entender fue que habían visto el pequeño humo a lo alto de aquel peñasco; solo para pasar de inmediato al cómo le habíamos hecho para sobrevivir por tanto tiempo solos. ¿Solos? ¡Rica estaba aquí, carajo! ¿Cómo se puede estar solo cuando está Rica con sus pequeños gestos de alta sociedad?

Nos colocaron frazadas, nos sentaron en uno de los camarotes y el mismo capitán entró a recibirnos después de eso. Nos dio noticias del mundo, agradeció a Dios varias veces que estuviéramos a salvo y finalmente nos hizo la pregunta de si necesitábamos algo, lo que fuese, que él pudiera proporcionarnos.

-¿Tendrá acaso algo de hot-cakes para desayunar?- pregunté yo al final, cuando por fin me dejaron hablar. Rica pareció suspirar en un instante, sonriéndome con cariño y olvidándose que en algún momento aquella extraña petición le había oprimido el corazón.

-No, lo siento. Pero el cocinero del barco sabe hacer unos excelentes huevos revueltos con tocino y tostadas. Todo esto acompañado de algo de jugo de naranja, si usted gusta.

-No, déjelo así- interrumpí. –Debe ser porque ya es lunes entonces.

Cerré mis ojos y recargué la cabeza cansada sobre el pecho de Rica. No importa, al fin y al cabo el domingo es sólo un día más de la semana.

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