El viaje de Noé

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Cuando despertó, Noé recordó lo que le había ocurrido el día anterior. ¡Aún no lo creía! Una sensación extraña invadía todo su cuerpo y él no podía nombrarla. “¿Pero qué fue lo que sucedió? ¿Cómo…?” Estas preguntas daban vueltas en su mente como un ciclo incesante hasta que el joven decidió serenarse. Después de una ducha helada, de ésas de las que todo el cuerpo grita de frío, se vistió, agarró su mochila y salió de la cabañita que estaba rentado. En el camino, pensaba en los acontecimientos de la víspera.

Todo había empezado en una playa de arena fina desde la cual Noé disfrutaba la vista de un suntuoso atardecer invernal. No había mucha gente, unos pocos pescadores y algunos habitantes locales. A Noé le gustaba viajar a lugares aislados, lo que le permitía deshacerse de las locuras de la modernidad y regresar a la naturaleza.

Cuando el cielo dejó desaparecer el ultimo rayo de sol en el horizonte, las olas dejaron de cantar sus idas y vueltas y se escuchó un silencio grave. Un manto negro vestía ahora el paisaje con una oscura desolación. Ya no había nadie. No se distinguían ni árboles, ni plantas y ni una estrella brillaba en el cielo. Solo la luna, inmensa y roja, imponía su cara frente a un mundo en eclosión.

Noé se asustó, jamás había visto un espectáculo así, asombroso y peligroso a la vez. Era como si lo hubieran transportado independientemente de su voluntad a un lugar distinto del que se encontraba. Quiso huir pero su cuerpo inmóvil y frío lo retenía, quiso gritar pero su voz se ahogó en un silencio pesado. Solo controlaba su soplo, ruidoso y jadeante. Noé aspiró profundamente hasta que al fin pudo respirar normalmente. Se sentó en la arena y se puso a contemplar la luna roja horas, meses, años… y durante cerca de un milenio, mientras meditaba, la observaba sin parar. El tiempo se había como petrificado en un segundo de eternidad.

La luna acabo notando la presencia de este desconocido que la observaba. Ella sentía cierta curiosidad: ¿Quién era este ser que no podía desviar su mirada de ella?  ¿Cuánto tiempo duraría? “¡Pues, viviré para verlo!” se decía. Y los años pasaron, cientos y cientos de años… Siglos tras siglos, Noé seguía observándola, hasta que un día la curiosidad de la luna triunfo. Ella le preguntó entonces:

“¿Querido  hijo, a que se debe el honor de verte contemplarme en estos siglos tenebrosos?

– Desde hace mucho tiempo pienso en hablarle – le contestó Noé – Solo tengo una pregunta, una sola… La oscuridad está omnipresente aquí, aprendí a vivir con ella y ahora ya estoy listo. ¿Cómo puedo volver a encontrar el camino del sol?”

La luna se quedó pensativa durante un largo tiempo. Noé mostraba serenidad y paciencia, seguía meditando. Por fin, al cabo de un año, ella le dio su respuesta:

“El hombre solo es un grano de arena en la inmensidad del desierto pero su fe es grande. Hijo, envuelve el caos de su negrura, llévalo a lo lejos en el mar y cuando llegues al corazón de mis entrañas, ofréceme su veneno asesino, lo cambiare por oro y volverás a ver el sol. Tu instinto te guiará y tu alma te protegerá.”

Oyendo estas palabras, la luna se alejó y Noé tomo conciencia de su cuerpo. Sentía cada latido de su corazón que resonaba en el como una sinfonía. Un perfume de yodo alegraba sus narinas y provocaba en él dulces sensaciones. Se levantó despacito y examinó la oscuridad. Aún no veía y soñaba con la oración de la luna, con escuchar lo que su corazón le impedía. Con sus manos, tanteo la arena, tal vez encontraría algo, quizás un objeto que le ayudaría en su búsqueda. Recorrió así toda la superficie de la tierra y a pesar de su ceguera, jamás perdió la esperanza.

Llego ese día donde percuto un objeto enterrado en la arena. Noé lo tocó con sus manos y reconoció la textura de la madera. Se puso a cavar alrededor y lo desenterró completamente. Era una pequeña embarcación que contenía dos remos y una bolsa de tela. En ella se instaló y en ese mismo momento, el sonido de un rio que fluía se dejó escuchar. El agua empezó a surgir por todas partes y pronto resonaban cascadas cuyos flujos ininterrumpidos provocaban violentas corrientes. La embarcación acabo en un torrente de olas y después de cruzar una pared de agua similar a un conjunto de montañas, Noé se encontró en un remolino de ondas maléficas en las cuales se podía percibir el centro de la Tierra.

Agarro la bolsa de tela y la desplego en dirección del firmamento sin estrellas y el objeto se llenó de toda la negrura del mundo. Noé se estremecía, estaba completamente ciego y esto lo aterrorizaba. No podía ver la forma que tomaba el caos pero la adivinaba y la presentía helada como el acero, y afilada como la hoja de un cuchillo. Luchaba para mantener la oscuridad caída en la trampa que gritaba de su voz estridente y mortal. Los elementos se enfurecían con una energía increíble y Noé, infinitamente pequeño frente a este combate de titanes, enfrentaba su miedo y resistía. Mientras más se acercaba a su meta, el calor era más sofocante.

El remolino de agua se convitió en llamas y cenizas. Noé sentía todo su cuerpo consumirse cuando llego al corazón de la Tierra. Era una fuente de agua pura alrededor de la cual florecían rosas de oro y de nacra. Noé, agotado, depositó allí la bolsa de tela y la fusión de los elementos provoco una explosión de la cual nacieron mil y una galaxia.

Noé se había vuelto polvo de estrella y había alcanzado la beatitud suprema. La luna había cumplido con su promesa y él llevaba consigo un tesoro maravilloso: un resplandor de esperanza, una chispa de amor y un rayo de sol. Los encerró en una cajita que alojo en la profundidad de su corazón y se dejó sumergir por las auroras de la realidad.

Fue en este momento que Noé despertó. ¡Al fin podía ver! La oscuridad había desaparecido y los rayos del sol atravesaban las ranuras de las paredes de la cabañita. Sentía una extraña sensación de cansancio, era como si hubiera vivido milenios durante todo este tiempo… Noé trató de tranquilizarse, se decía que después de todo, solo era un sueño. Pero cuando se miró un instante en el espejo del baño, se vio cambiado. Definitivamente no era el mismo hombre. Recordaba todos los acontecimientos de su sueño y se preguntaba cómo había llegado aquí. Si volvía a esa playa donde había contemplado la luna, tal vez encontraría respuestas y sus dudas se disiparían. Se fue sin esperar, apurado e impaciente.

Cuando llegó, no vio nada más que una playa de arena fina con sus aguas cristalinas, algunos pescadores y unos habitantes locales que disfrutaban de una cerveza a la sombra de las palmeras. Se sentó y noto la presencia de un objeto que sobresalía de la arena. Era una cajita minúscula en bronce donde estaban gravadas inscripciones en un idioma desconocido.  Noé la tomó con precaución, la abrió delicadamente y constato que estaba vacía. Enseguida la cerró, la volvió a poner en el lugar donde la había encontrado y sonrió. Había entendido el valor de las cosas de este mundo y la belleza de lo inmaterial. En su fuero interno, sabía más que nadie lo que contenía aquella cajita y recibía este regalo formidable que le llevaba la vida: un resplandor de esperanza, una chispa de amor y un rayo de sol.