EL ÚLTIMO ANHELO DEL ALBA

El último anhelo del alba

EL ÚLTIMO ANHELO DEL ALBA
«Adiós mi querido Gidie. Mi amada Oria. Sé que merezco ser castigado por mi terrible negligencia y por ello no puedo pediros que me perdonéis. Tan solo le ruego a Dios para que vuestros ojos bondadosos no me castiguen con la indiferencia mientras mi alma maldita desciende por los anillos del infierno. Os quiero»

ÁNGELUS
El sol se ocultó tras las montañas. El hermoso acto del crepúsculo había dado comienzo y Belatz se sentía lleno de júbilo y expectación. La brisa de la cordillera era fresca y arrastraba el agradable olor de alguna flor y la hierba mojada de la rivera del río. Echó un vistazo abajo y pudo ver reflejado en el torrente cristalino el último y moribundo rayo de la tarde. Abrazó a Gidie a su lado y su vista se perdió en el profundo gris de sus ojos. Tan solo era un niño pequeño. Un niño sonriente y lleno de ilusión. Besó su mejilla; estaba fría, y Gidie se arrebujó entre sus brazos.
— ¿Estás preparado, hijo mío? —Le dijo.
Gidie no comprendía, pero sus grandes ojos se iluminaron como luceros. Sabía que ese día su padre le mostraría otro de sus grandes secretos. Uno de esos que están tan a la vista que casi nadie puede verlos.
— ¿Preparado para qué, padre?
Gidie siempre le había llamado papá, pero por alguna razón el pequeño había optado por usar la forma más formal. Belatz sintió un ligero pinchazo en el pecho. El aguijonazo de una duda terrible. Pero acto seguido inhaló una gran bocanada del fresco aire de la montaña y su pecho se llenó de alegría. ¿Qué más daban esas cosas? Nunca se había sentido tan feliz, y nada ni nadie podrían estropearle ese momento.
—Para observar algo maravilloso, hijo mío—Le dijo.
Gidie le miró boquiabierto y él notó cómo se le ensanchaba la boca en una espléndida sonrisa.
El cielo no estaba despejado, sino cubierto por un manto gris y blanco de nubles altas. El azul del cielo se colaba por los incontables claros que se abrían, pero lo más impresionante era lo que Belatz señalaba con su dedo. Gidie siguió con la vista la dirección del índice de su padre, pero se tornó de nuevo hacia él con una expresión de graciosa perplejidad. Belatz no pudo más que reír con el gesto. La suya fue la risa boba de los dichosos; la de todos aquellos que sienten la energía de la felicidad fluir por sus venas y recorrer cada poro de su piel. Belatz era inmensamente feliz, y flotaba en una burbuja que, quisiera, perdurara para siempre.
—No veo nada, padre ¿A qué se refiere usted?
La voz de Gidie era dulcísima a sus oídos, pero aquellas expresiones no acababan de encajar. Otro pinchazo de duda y ahora también un pensamiento:

UN PENSAMIENTO
«El estandarte ondea al alba, centinela. En manos de hojalata cabalga sobre el predio. Su blasón es escarlata y su gabela será cobrada con las vidas de tu pueblo»

Belatz inhaló una nueva bocanada y obligó a ese pensamiento a esfumarse. Ninguna intrusión le impediría disfrutar de ese momento. Acto seguido sonrió y se volvió hacia su retoño:
—A la puesta de sol, hijo. ¿No te parece increíble? —Las nubes tras las montañas se habían inflamado de un naranja vivo y refulgente que relucía y destellaba como el fuego—.Observa cuan fuertes y enérgicos son los rayos de nuestro sol. Mira qué poderoso resplandor ilumina nuestro cielo.
Gidie sonrió pero en su cara se había instalado un atisbo de decepción. Hoy no se le sería revelado ningún gran secreto, después de todo.
—Supongo que sí, padre—le contestó tratando de no herirlo con su desilusión—. El sol es impresionante, pero podemos verlo cada día.
Belatz sonrió y apretó con mimo su brazo sobre los hombros del pequeño. Juntó su mejilla contra la de él y le susurró:
—No lo estás viendo de la manera adecuada, hijo mío. ¿Me dejarás que te muestre cómo mis ojos desvelan un milagro?
Gidie asintió.
Belatz lo miró hacer ese gesto con gracia y simpatía y su corazón se colmó de regocijo. Pero entonces sintió un nuevo pinchazo en el pecho. Lo ignoró. Las nubes que rodeaban la cúspide de la montaña habían alcanzado su punto álgido de ignición: el sol estaba a punto de ceder el paso a las crecientes sombras. Un círculo de poderoso resplandor se concentró en el punto más distante de la línea serrada del horizonte, en los altos confines de las montañas, para lanzar sus halos en todas direcciones y colorear el celaje con cientos de tonalidades de amarillo y naranja.
—Quiero que imagines el fuego con el que tantas veces nos hemos calentado en el hogar de la morada. O las llamas de la hoguera con la que cada año celebramos el solsticio de verano. ¿Recuerdas los mastros de papel y paja quemándose en lo alto de las hogueras cuando mamá tu y yo visitamos la Olivenza?
— ¡Sí, lo recuerdo, padre! ¡Lo recuerdo!—Contestó con la emocionada voz del ensueño.
—Pues imagina que ahí, detrás de esas montañas, hay una de esas hogueras. Imagina lo grande que debería de ser para poder iluminar las nubes, para poder teñir de naranja el cielo y para poder cegar momentáneamente nuestros ojos. Imagínatelo, hijo mío. Imagina el fuego tal y como lo conocemos, tan cercano y habitual, sobre el que tantas y tantas veces hemos alzado nuestras manos para calentarnos en diciembre, cuando los primeros copos esponjosos de nieve caen sobre el verde prado a nuestros pies. Siente su calor, escucha su crepitar e imagina su poder ampliado en millones y millones de veces detrás de esas simas de roca pura que son las montañas. ¿Puedes verlo, amor mío?
Gidie se hallaba boquiabierto y maravillado. Sus grandes ojos grises temblaban de emoción y se perdían en el horizonte, y su pelo liso y castaño ondeaba con la brisa fresca de la montaña.
— ¡Padre! ¡Es maravilloso! —Exclamó y a Belatz se le embriagó el alma de felicidad.
—He ahí otro de los grandes secretos de la vida, hijo mío—Dijo y le besó la frente. Su voz se hallaba extasiada de alegría y le había salido temblorosa y conmovida—. Enseña a tus ojos a ver, vida mía, y todas las maravillas que la naturaleza nos regala cada jornada se abrirán para tu deleite.
Gidie se puso en pie y abrió sus brazos. Sus grandes ojos plomizos estaban pletóricos y su cara mostraba—a la vista de su padre—la sonrisa más bella del mundo. El viento movía su ropaje y flameaba su pelo. Entonces pudo verlo todo; sentirlo todo: La poderosa energía del sol; el rumor de unas aguas imparables, serpenteando y abriéndose paso entre los altos juncos; los cánticos transportados por el viento desde lugares remotos y lejanos; la alegría incondicional de los pájaros y sus bellos trinos adornando el cielo con sus muchos colores y las hojas desprendiéndose con sigilo de los árboles para ser acunadas por el viento hasta su llegada al verde suelo. Toda la magia verdadera, sin fantasías, sin cuentos. Toda la vida y todo el amor que cada palmo relumbraba a su alrededor. Todo ello se reflejaba en sus mancebos y radiantes ojos cinéreos y su jovial expresión. Y Belatz se sintió tan orgulloso que le dieron ganas de llorar.
—Te quiero, hijo mío—quiso decir, pero sus labios permanecieron sellados.
— ¡Puedo ver el sol ardiente rotando tras esos picos, padre! ¡Puedo sentir su fuerza…y es increíble! ¡Puedo verlo todo! ¡Es maravilloso! Gracias por enseñarme los secretos de…
Pero su voz se fue difuminando hasta que dejó de oírla. Belatz no podía moverse. Tan solo observaba a su hijo pequeño inundado de alegría moviendo los labios en palabras que no llegaban hasta sus oídos. Otro pinchazo y otra vez la frase.

ORIA
«El estandarte ondea al alba, amor mío. En manos de hojalata cabalga sobre el predio. Su blasón es escarlata y su gabela será cobrada con las vidas de nuestro pueblo»

Entonces comprendió que nada de eso había sido real, y a la vez reconoció el tono familiar de aquella voz de advertencia. Un brusco empujón y las imágenes de la montaña, la puesta de sol, el riachuelo y su propio hijo Gidie se emborronaron en un remolino de colores sin sentido; se hicieron difusas y poco a poco dieron paso a una terrible oscuridad. Luego un destello y la cara severa de su amada Oria. «Despierta, amor mío» le dijo al punto que sus delicadas manos se posaban con ternura sobre sus mejillas. Otro empujón, esta vez más fuerte, y su pelo negro se derramó por sus hombros desnudos antes de desaparecer. Entonces sus manos tocaron la piedra fría de la atalaya, donde se le había encomendado la importante tarea de vigilar. Belatz se estremeció.
¡Por Dios bendito! ¡Se había quedado dormido!
Asió el pulido cuerno de vaca que llevaba sujeto por un cordón alrededor de su cuello, pero la precipitación y el aturdimiento del sueño hizo que se le resbalase una, dos, y hasta 3 veces. Por fin logró hacerlo sonar y su aullido grave y poderoso desgarró el silencio de la mañana. Pero la caballería ya cruzaba los endebles baluartes profiriendo gritos de guerra y alzando sus destellantes espadas y escarcinas al aire tras el estandarte enemigo. Hacía horas que el sol se había ocultado tras las montañas del algarbe y ahora asomaba con renovada fuerza por las almenas de levante, escoltando al terrible ejército que reduciría a cenizas el lugarejo. La aldea estaba siendo invadida y los desgarradores gritos de la muerte se mezclaban con los golpes de acero contra acero, mientras el pánico se extendía en un ensordecedor griterío. Las casas prendieron en fuego vivo y los valerosos hombres trataron sin éxito de vestir sus oxidados yelmos y armaduras, ya casi olvidados en unos tiempos de paz ahora vulnerados. Herreros, granjeros y hombres de campo empuñaron la espada para caer sin vida sobre la arena y sobre los restos de la piedra dura de un antiguo y en otro tiempo glorioso patio de armas. Sus cuerpos fueron pisoteados por las poderosas patas de los percherones, piafando, resollando y corcoveando con implacable energía. Otros valientes se afanaron en vano en alcanzar el adarve y las barbacanas del castillo en ruinas que apenas rodeaba el poblado, mientras mujeres ancianos y niños eran presa fácil del inmisericorde enemigo. Empuñaron sus ballestas, alzaron sus espadas y entregaron sus vidas…pero todo fue inútil. La tranquila tarea que a Belatz se le había confiado resultó tan inútil como mortal su negligencia.
Ya era demasiado tarde, y Belatz comprendió—mientras sus ojos se anegaban de lágrimas contemplando la hecatombe—que el anhelado privilegio de reunirse con sus difuntos seres queridos, por el que tantas veces había rezado, iba a serle negado con justicia. Hinchó su pecho en una última bocanada de valor, cerró con fuerza sus manos sobre la vieja empuñadura de acero y descendió corriendo las escalinatas que daban al patio de armas. Allí profirió un grito de guerra que se condensó en el gélido aire de las montañas; justo antes de que una espada atravesara su corazón.
El tiempo se ralentizó agotando los postreros segundos de vida del centinela a medida que su cuerpo descendía lentamente hacia la arena. Entonces se desprendió un pensamiento final:

EL ÚLTIMO ANHELO DEL ALBA
«Adiós mi querido Gidie. Mi amada Oria. Sé que merezco ser castigado por mi terrible negligencia y por ello no puedo pediros que me perdonéis. Tan solo le ruego a Dios para que vuestros ojos bondadosos no me castiguen con la indiferencia mientras mi alma maldita desciende por los anillos del infierno. Os quiero»

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