El séptimo sueño: El vacío

Inherencia.

Desesperación. Soledad.
Confusión. Ansiedad.
Depresión.

Profunda confusión.

En busca de una motivación para seguir realizando acciones que continuen desarrollando la ley de la causalidad. Ya pasé por todas las etapas siddhartinas y no lo logro asimilar.

Recuerdo que en mi infancia culpaba a todo mundo en el exterior por mis infortunios y mis tragedias. Una tras otra. Tragedia tras tragedia. Crecí un poco, intelectualmente hablando, por medio de la literatura y de la búsqueda por la inexistente verdad absoluta. Me volví loca, terriblemente loca. No podía más con mi atormentada conciencia que sola se cicló en una profunda y negra sombra. Estaba rodeada de gente, pero estaba sola. Lloré y lloré hasta que no pude más. Me escabullí entre las personas que me protegían; yo no quería protección. Yo quería ser libre; libre de todo mal y de toda confusión. Tomé un afilado cuchillo y lo contemplé con atención y me enamoré de él. Estaba cansada y harta, harta y cansada de la triste monotonía que me tocó vivir. Deslicé el filo de la cuchilla por mi piel y sentí cómo se me erizaba el vello y me gustó esa sensación. Lo deslicé una y otra vez por mi débil piel. Por accidente, aunque un tanto intencional, penetré rápidamente la piel para lograr que surgiera la sangre roja viva. Rápido, anda, hazlo, corre, no, escóndete. Sentí cómo el dolor físico curaba el dolor mental, mas no emocional, con cada cortada que liberaba el líquido estelar. Fantaseaba yo, con cuchillo en mano, cuando la realidad tocó a mi puerta y me obligó a dejarlo. Volví a ponerme la venda que la sociedad construyó para mi y seguí con el curso de mi destino, ignorando lo que no ignoraba.

Pero así como la realidad tocó a mi puerta aquél día, eventualmente el surrealismo volvió a susurrar en mi oreja el poema crístico que debía escuchar. Recuerdo que en mi adolescencia la literatura me consumió. Ya no era más un gusto leer, sino que, además, era una innegable necesidad. La literatura maldita se convirtió en el oxígeno de mis pulmones y en las pulsaciones de mi corazón. Las flores del mal comenzaron a surgir en cada nodo cerebral, alimentándose de mi oscuridad. Extendí la mano esperando, anhelando y profundamente deseando que alguien la tomara y me alejara del libro que no se despegaba de mi piel. Pero nadie la tomó, sino todo lo contrario. El espíritu de la noche, disfrazado del día, colocó suave y delicadamente en mi mano un frasco de vidrio frágil y transparente. Lo tomé, lo contemplé, me enamoré. Otra vez. Vacié el frasco de vidrio frágil y transparente en mi boca mientras voluntariamente me ahogaba en el agua de un río que trataba de evitar las piedras. Rápido, anda, hazlo, corre, no, escóndete. Otra vez. Rápido, trágatelo, ahógate, hazlo, sí, escóndete. Una vez drogada me tomé mi última copa de vino y me fumé mi último cigarro, mientras escribía mi nota de despedida. Me recosté, pensé. Pensé hasta que el hijo de Hipnos llegó por mi para unirse eternamente con mi alma. O eso pensaba yo. Al día siguiente, para mi ridícula sorpresa, desperté. Fracasada, otra vez. Me cuestionaba yo, con frasco en mano, cuando la realidad volvió a tocar a mi puerta y me obligó a dejar de hacerlo. Volví a ponerme la venda que la sociedad construyó para mi y seguí con el curso de mi destino, hipócritamente ignorando lo que no ignoraba.

Pero así como la realidad tocó a mi puerta aquellos días, eventualmente el surrealismo volvió a susurrar en mi oreja el poema crístico que necesitaba escuchar. Recuerdo que en mi juventud el vicio del pensar me destruyó. Ya no era más una orden, ni una costumbre, ni un gusto, ni un deseo; sino una maldición, una perpetua maldición. Del dolor físico para liberar el dolor mental, pasé al dolor mental para cultivar el mismo dolor mental. Tomé un bolígrafo y un papel. Deslicé delicadamenta la punta del bolígrafo por la superficie del papel esparciendo sucesivamente la tinta, creando de esta manera garabatos, jeroglíficos y finalmente palabras que se convirtieron en versos, que a su vez se convirtieron en una poesía. Liberando el dolor mental materializándolo en el arte. Compartiendo con el espacio-tiempo los sentimientos para inmortalizarlos. Al día siguiente, mi cruz ya no pesaba; del oro al plástico se convirtió. Respiraba profundamente yo, leyendo mis propios pensamientos, cuando la realidad volvió a tocar a mi puerta y me invitó a tirar la obra. Volví a ponerme la venda que la sociedad construyó para mi y seguí con el curso de mi destino, estúpidamente ignorando lo que no ignoraba.

Pero así como la realidad tocó a mi puerta aquellos días, el surrealismo volvió a susurrar en mi oreja de manera seductora el poema crístico que deseé escuchar. Recuerdo que en mi temprana adultez la espiritualidad me extirpó las corneas. Fervientemente adoraba a aquella nube de energía humeante que prendió fuego al corazón. Convencida de que ni mi vida ni la de nadie era relevante, me encomendé a Dios, pues él era quien provocaba que todo cuanto existía existiera y que todo cuanto pasaba pasara. Religiones, sinnúmero; espiritualidad, solo una. El individuo en unión con el ser superior y este viviendo a través de aquel. Oraba yo, tratando de intrínsecamente querer la voluntad de Dios, cuando la realidad volvió a tocar a mi puerta y me ordenó abandonar mis estados de conciencia alternos. Volví a ponerme la venda que la sociedad construyó para mi y seguí con el curso de mi destino, voluntaria y cobardemente ignorando lo que no ignoraba.

Pero así como la realidad tocó a mi puerta aquellos días, el surrealismo volvió a susurrar en mi oreja de manera final el poema crístico que no quería escuchar. Recuerdo que en mi adultez el vacío se apoderó de mi alma como un leviatán. Caí en la cuenta de que ni los otros, ni los yo, ni el dios, ni el universo, ni la muerte, ni la vida, ni el tiempo, ni el espacio existían: lo único que existía inherentemente era la Conciencia. La única, la poderosa. La realidad dejó de tener sentido de manera definitiva e irrevocable. Me convulsionaba yo, frustrada, al no poder asimilar lo que entendía, cuando la realidad volvió a tocar a mi puerta. Pero esta vez, no le abrí. No quería saber lo que esta tenía qué decir; me quedé envuelta en el manto surrealista, acongojada, tal como feto a la placenta. Y no volví más a concientemente provocarme la inconsciencia; no volví más a ignorar lo que no ignoraba.

Fue así como descubrí el vacío infinito de la realidad y dejé de tener motivación para seguir realizando acciones que continuaran desarrollando la ley de la causalidad. Recuerdo que en mi vejez estaba necesitada de motivaciones. Y así sucedieron las circunstancias para que el mentis iluminado me incitara a adentrarme en una profunda meditación; en ella me di cuenta de que en el vacío había plenitud. En lo sin sentido había sentido; en la oscuridad había luz. Fue así como, sin necesidad de que la realidad volviera a tocar a mi puerta, pues nunca más lo hizo, encontré motivaciones para seguir desarrollando mi personaje dentro de este filme llamado realidad: el lograr la libertad de mi conciencia para que esta nunca más estuviera sujeta a los hechizos de la vida, al ciclo de las reencarnaciones. Mi afán es alcanzar el estado conciente de nirvana para lograr separar mi conciencia, pues esta es lo único que Soy, de los ciclos del interminable e inexistente tiempo-espacio.

Me quedan ya pocos días de vida, estoy en mi avanzada vejez; resignada a que tendré que esperar a mis siguientes vidas para seguir realizando acciones que continúen desarrollando la ley de la causalidad; a que tendré que esperar unas cuantas vidas más para conseguir la iluminación. Y el vacío se apoderó de mi otra vez. Y nunca me abandonó hasta el día de mi muerte, hasta el día en el que mi conciencia se reinició.

— María Santos @marifersv94