El ruidoso reloj de la pared

 EL RUIDOSO RELOJ DE LA PARED

Por Jorge G. Zarza Spíritu

Ese tic tac interminable, me coarta mi libertad para hacer lo que quiero y me pauta para hacer lo que no quiero. ¿Por qué me limitas en todo? ¿Qué clase de invento eres? ¿Acaso no eres producto de monjes, sus hábitos, sus rituales de disciplina y sus horarios? ¿Por qué estás aquí?

Te quito de mi pared para que salgas de mi vista. Te apago para  que te quedes en silencio. Te desecho y te dejo de ver. Te olvido y dejo de saber de ti…

—Hola.

—Te peleas con alguien, ¿el reloj? —disimulando la sonrisa.

—No, sólo pienso en lo perverso de este aparato —dirijo la vista al reloj—. ¿Qué pasa si desapareciera? —con rabia lo arrojo a un cesto de basura —no pasa nada.

—Tú sabes que sí pasa —lo levanta y observa el daño por el golpe.

—Déjalo ahí —se lo arrebato—. No más dictarme cuándo debo hacer algo —lo azoto contra el cesto —olvídalo.

—Bien, muy bien, dime entonces ¿cómo te vas a, digamos orientar, para seguir con tu vida, discúlpame la palabra, a tiempo?

—¿Orientarme dices?, ¡esa es la clave!

—¿De qué hablas loco? —sencillamente desconcertada.

—De que la cuestión del tiempo, no es un asunto de reloj —tomando aire—, ¡es un asunto de brújula! —me dirijo a la ventana, y a través de ella veo el camino enfrente de ésta— no es cuándo ir, ni en cuánto tiempo llegar, sino a dónde ir. Saber a dónde voy, a qué voy y cómo voy.

—Explícate —extrañada por el comentario.

—Que saber a dónde ir, me da la dirección que debo tomar.

—¿Cómo sabes cuándo? —pensativa, pero realmente interesada.

—La vocación se despierta y te lo indica.

—Entonces debes saber lo que debes hacer, el fin que rige tu vida, ¿no es así?

—Creo que ya entiendo para qué estoy aquí. Para ello, no hay tiempo ni lugar. Sólo necesito el espacio para realizarlo.

—Dame un ejemplo de eso —tratando de tener paciencia.

—Escribir —la mente se me despeja y ahora ya no tengo la angustia ni la intolerancia contra las actividades rutinarias y determinadas por un reloj, por un horario.

—¿Dices que no se necesita un horario para escribir? —la expresión en el rostro dice tener una comprensión clara de los motivos de su amigo para deshacerse de la esclavitud del reloj.

—Así es, porque no hay tiempo límite para escribir, no hay un horario para hacerlo, sólo necesitas estar, hacerlo, y eso es la libertad de vivir, mi vocación y tú eres mi musa.

— Y yo quiero serlo —sintiendo que las mejillas se llenan de rubor y un tic tac empieza a sonar en su pecho… el reloj de la ilusión.

 

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