El primer sueño: La creación

Millones de años antes de Cristo. Incluso millones de años antes de eso. Millones de años antes de la gran explosión. Rodeado de tinieblas, turbios fluidos, cegadoras flamas y partículas volátiles. Veo a la Nada. Y al mismo tiempo, veo al Todo. O más bien, veo el potencial que hay de la Nada para convertirse en el Todo.

Me he preguntado múltiples veces qué hice para merecer estar aquí: qué hice para ser yo. Me llamo Yahweh-Raah y no sé cómo llegué aquí. Me encuentro vagando en la soledad. No poseo más que mis propios pensamientos; no hay nada más que poseer.

Decidí separar los fenómenos que me acompañan en mi miseria abismal. A las cegadoras flamas, las llamé El Fuego. A los turbios fluidos, los llamé El Agua. A las partículas volátiles, en conjunto, las llamé La Tierra. A las tinieblas, las llamé El Aire. Y así, en compañía de estos cuatro elementos que se desarrollan sobre mí, la Luz, el quinto elemento, creamos el Universo. Y fui feliz.

Pero como todo instante de felicidad, terminó. Soy el Gran Hombre. Y como todo Hombre, siempre quiero más. La felicidad no existe, pero existen instantes felices que tienen causales apariciones en el reino de la tristeza. Al estar obsesionado con aquellos instantes de felicidad, me propuse crear individuos a raiz de los elementos para que estos me hicieran compañía. Escupí una semilla y le dí mi cuidado por años. Y años, y años. Y unos cuantos años más. La planté en La Tierra y, con la ayuda de El Agua, la semilla sacó raices. Le dí un poco de El Fuego para que absorbiera la energía y la semilla floreció a ser una planta viva que produjo más semillas. Fue así cuando llegó El Aire, con cuya fuerza las semillas nuevas se esparcieron por todo el Universo, creando nuevas plantas vivas y generándome satisfacción y momentos de felicidad.

Sin embargo, yo no podía compartir mis pensamientos con las plantas, por más que estuviesen vivas, por lo que decidí crear individuos que estuvieran vivos y en constante movimiento. Así fue como cree a los animales, quienes vivían de las plantas y de otros animales. A cada uno de ellos le proporcioné una tarea:

El Cerdo se encargaría de gobernar a todos los demás animales.
El Ave se encargaría de vigilar que el orden prevaleciera.
El Burro se encargaría de crear normas para la convivencia armónica de todos.
La Rata se encargaría de llevar las finanzas del reino.
El Pez se encargaría de hacer todo el trabajo sucio.
El Camello se encargaría de servir al Cerdo.
Y la Serpiente se encargaría de informar a todos lo que yo le digiese. La Serpiente sería mi mano derecha. Por eso le di la capacidad de volar, de nadar, de escalar, de arrastrarse. Y sobre todo, la capacidad de comunicarse ampliamente con todas las especies.
Y fui feliz.

Pasó el tiempo, otros millones y millones de años. Y me sentí solo, como en el Principio de todas las cosas. La Serpiente, al ser mi mano derecha, ofreció su ayuda para crear otro individuo más. Pero, al cometer yo tantos errores consecutivos, decidí crear otro Yo: alguien con quien compartir mis pensamientos. Alguien de mi misma imagen y semejanza. Le pedí a la Serpiente que reuniera a todos los animales para que presenciaran el acto divino de la creación de los primeros hijos de Yahweh-Raah.

Al día siguiente, los animales se reunieron en triángulo. El Cerdo, por supuesto, era quien se encontraba en el punto de equilibrio. Los demás animales se acomodaron como pudieron para poder tener parte en El Nacimiento. La Serpiente y Yo nos encontrábamos en el Ojo. La Serpiente juntó tierra y yo escupí. Comencé a moldear el lodo y fue así como nació el primer humano masculino y la primer humano femenina. Los llamé Adán y Eva. Él, el nacido de la tierra, y Ella, la que da vida. Los animales aplaudieron y se regocijaron. A los humanos les mostré el Universo. “Todo es suyo -les dije-, todo. Menos esos dos árboles: el de la Vida y el del Bien y del Mal.” Los Hombres asintieron. Les enseñé a sobrevivir; pero fue la Serpiente quien les dio todo lo que necesitaron. Fueron felices. Y fui feliz.

Pasaron los años. Y los años y los años. Me dediqué a descansar, pues este instante de felicidad duró eternidades, a diferencia de las ocasiones pasadas. Por fin logré crear a los individuos que me salvarían de mi implacable soledad. Un buen día, les enseñé a crear cosas nuevas. Capacidad que ningún otro animal tenía. Les enseñé a construir y a destruir, a plantar y a arrancar, a matar y a dar Vida. La Serpiente observó con resentimiento; yo lo presentí, y como no me agradó, la mandé llamar con Eva.

“¿Que desea usted, mi Señor Yahweh-Raah?” -me dijo, con desprecio.
“Yo no deseo nada. Tú eres el que desea más de lo que tiene.” -le respondí, tajante.
“No, mi Señor, yo no deseo nada más. Pero no entiendo cómo es que después de que le ayudé por tantos millones de años y fui su mano derecha por todo ese tiempo, usted me hace a un lado y me denigra al lado de los humanos. Soy más inteligente que ellos y usted lo sabe.” -reclamó la Serpiente.
“Lo sé. Por ello eres mi mano derecha y no mi adorador, querida Serpiente. No te confundas.” -le respondí. Y le pedí que se retirara.

La Serpiente, al encaminarse a su hogar, se topó con el árbol de la Vida. Fué tentado a consumir el fruto del árbol, pero recapacitó en que ello tendría consecuencias mefistofélicas. Siguió caminando y se topó con el árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Fué tentado, de nuevo, a comer el fruto del árbol, pero recapacitó en que ello ocasionaría su expulsión del Universo. Siguió su camino, pensando en aquellos árboles. Se dió cuenta de que lo único que diferenciaba a los humanos de mi, Yahweh, era la Vida Eterna y el Conocimiento del Bien y del Mal, ambos en los frutos de los árboles del mismo nombre. El único que poseía esas capacidades, además de mí, por supuesto, era Ella. No necesitaba consumir esos frutos puesto que Ella ya poseía esas habilidades; beneficios de ser mi mano derecha. La Serpiente, al darse cuenta de ésto se preguntó qué tenía de superior yo, Yahweeh-Raah, a Ella, si ambos teníamos el mismo vigor. Entró en furia desenfrenada al darse cuenta de que su Amo le había ocultado su verdadero poder; la Serpiente ideó un plan de venganza hacia su Creador.

Al día siguiente, la Serpiente se paseaba por las tierras del paradisíaco Universo cuando vió a Eva recolectando frutos: manzanas, naranjas, tomates, zanahorias, plátanos, lechugas, mangos, papas… La variedad en el Universo era infinita. Fue entonces cuando decidió poner en marcha su plan.

“Buen día, Eva. ¿Qué es lo que estás haciendo?” -le dijo la Serpiente.
“¡Serpiente! ¡Qué alegría verte! Estoy recolectando frutos para el hogar y hacerle la comida a Adán.” -le contestó Eva.
“¡Excelente! Por cierto, ¿dónde se encuentra Adán?”
“Está cazando un jabalí para la cena.”
“Ya veo. Querida Eva, ¿te gustaría que te enseñara un fruto que jamás has visto? ¡Le encantará a tu marido!”
“¡Por supuesto! Vamos.”

La Serpiente encaminó a Eva hacia el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. ¿Por qué no al de la Vida? ¿O incluso a ambos árboles? Sencillo: la Serpiente quería enfurecerme pero sin ocasionar que los humanos estuvieran a su propio nivel ni al mío. No lo merecían: yo me había equivocado. No en querer a Adán y a Eva, sino en confiar en ellos demasiado.

En fin, llegaron Eva y la Serpiente al Árbol del Bien y del Mal y Eva palideció.

“Pero, Serpiente… Yahweh no nos permite tocar el fruto de este árbol ni del árbol de la Vida” -le dijo Eva.
“Querida, ¿nunca te has preguntado por qué es eso? Jamás obedezcas ciegamente, mi niña. Es un error muy común. Cuestiona, investiga, aprende, ¡conoce! No te limites. ¿Qué no observas cómo el Cerdo abusa de todos los demás animales? Abusa de la ignorancia, abusa de la ineptitud y abusa del conformismo. Se aprovecha de ellos. Les roba, les encarcela, les ataca e incluso les mata. Y ellos, ¿qué hacen al respecto? ¡Nada! ¡Es increíble! ¿Cómo es posible que tal gobernante autoritario y ladrón siga vivo? Los demás animales están en pobreza total y en guerra. Todo porque éso le beneficia al Cerdo. ¿No te parece injusto? ¿No te parece deplorable? ¿No te parece, incluso, funesto?” -preguntó retóricamente la Serpiente- “Me da asco este tipo de conducta. No la del Cerdo, mi querida Eva, no te confundas. ¡La de los demás animales, por supuesto! ¿Tú crees que el Cerdo sería así si los demás animales no se lo permitiesen? ¡Claro que no! El pueblo tiene el gobierno que se merece, pues el que no se mueve no avanza. Así estás tú con el gran Yahweh-Raah, mi niña. Comer del árbol del Bien y del Mal es rebelarte al gobernador opresor y abusivo. Él no quiere que tengas conocimiento y uso de razón porque tiene miedo a tu potencial. Adán y tú son más poderosos que Él. Por éso no quiere que coman el fruto: lo derrocarían. Yahweh no se preocupa por ustedes, sino se preocupa por sí mismo. La ignorancia tuya y de Adán es la fuerza de Yahweh. La libertad que tú y Adán creen tener es lo que los mantiene siendo esclavos de Él. Yo te estoy proporcionado la llave del Conocimiento, querida Eva. Te estoy entregando a ti el poder para evolucionar y no ser nunca más un simple Animal. Tómala, no te arrepentirás.”

La Serpiente le entregó a Eva el fruto del Pecado y Eva lo tomó con ambas manos, respirando, exaltada, mientras lo observaba, perpleja.

“Adelante, querida. ¿Por qué estás tan dudosa? Nada puede ser peor que vivir en la Ignorancia.”

Eva mordió el fruto y de pronto todo se iluminó. Sus pupilas se dilataron, sus neuronas se conectaron y su conciencia se activó. Veía todo y entendía todo. Estaba anonadada y se quedó observando El Cosmos durante una infinita eternidad. Al volver en sí, se dió cuenta de que la Serpiente ya no estaba. Decidió regresar a su hogar con lo que quedaba de El Fruto y contarle a Adán lo sucedido con intención de compartirlo. Al hacerlo, Adán se angustió y rompió en el llanto del miedo.

“¡¿Estás loca?! Fue la única prohibición que el buen Yahweh-Raah nos puso. Nos dió todo sin merecerlo: la vida, el hogar, los medios, una compañía, un paraíso total… ¿Y así le pagas tú?”

Eva le contó, muy convencida, todo lo que le dijo la Serpiente. Convenció a Adán de que Yo era un tirano que abusaba de su Ignorancia para mi propia beneficiencia y que debían ellos dar el paso para merecer algo mejor. Y como Adán no es solo el nacido de la tierra, sino también el que confía en su mujer, probó el fruto y se vino la tormenta. Sus pupilas se dilataron, sus neuronas se conectaron y su conciencia se activó. Solamente que en esta ocasión, fui Yo quien se desplomó.

Mi error fue confiar en que ellos se negarían ante la tentación de la Serpiente: confié en ellos demasiado y lo pagué con mi decepción. Los mandé llamar y los expulsé del Universo, enviándolos al Infierno. También a la Serpiente la mandé llamar. En efecto, resultó ser más inteligente que los Hombres, pero el odio la cegó. La mandé a reinar el Infierno por toda la perennidad. Ya no sería más mi mano derecha, sino mi enemigo atemporal. Su castigo se prolongaría por siempre y jamás tendría perdón.

Me llamo Yahweh-Raah, soy el quinto elemento. La Luz. El Alpha y el Omega. Soy la Vida y la Muerte. La Nada y El Todo. Destinado a ser infeliz. Aún no comprendo la compleja maquinaria de la ley de la causalidad. Mi error fue primero y Único. Jamás traeré de nuevo al Hombre al paradisíaco Universo. Me llamo Yahweh-Raah y estoy en completa soledad.

— María Santos @marifersv94