El muelle

Para mi querida madre que con  sus conversaciones  me inspira más de lo que puede imaginar. 

Con todo mi amor para tí, esta ramita rescatada del mar.

 En memoria de mi bisabuela Lula que desde un mundo muy lejano también me inspiro para contar  esta historia. 

 El encierro

La niña llevaba  24 horas encerradas en ese baúl o al menos eso era lo que ella se imaginaba después de haber estado todo ese tiempo sumergida en una profunda oscuridad. ¿Quiénes la habían encerrado ahí? no lo sabía, ni mucho menos los motivos que los infundía. Lo último que recordaba era que había estado observando por  largo rato un objeto, la forma de ese objeto no la tenía presente, lo único que podía asegurar en esa situación  era que estaba en aprietos y que no había una salida aparente de ese  mundo de 2×4 que se había convertido en su realidad. ¿Había sido un péndulo el que la había conducido a ese sitio? ¿Quién movía ese péndulo? Aterradoras preguntas iban y venían llenado de humo la oscuridad, el aliento de la pequeña cada vez se hacía más débil, como una luciérnaga a punto de expirar y que antes de su despedida hace un esfuerzo triunfal por dibujar su vida.

     La Luz primera

A través de la profunda oscuridad una serie de enormes e infinitos círculos de colores se fueron dibujando en las paredes del baúl. Todo era confuso, excitante, no había nada tangible, poco a poco los muros del cofre fueron desapareciendo, era imposible reconocer el lugar. A lo lejos, como una esperanza se vislumbraba una luz, tal vez esta si fuera una luciérnaga de verdad. La luz era débil pero permanecía incesante como aferrada a la vida. Llamaba a la niña, era una señal, posiblemente una salida.

   La liberación  

La niña siguió a la luz como si fuera la única esperanza, como si fuera un pozo de agua en el desierto o la única estrella sobreviviente del cielo. Que aterrador era todo, no había una explicación lógica, nunca por lo general las cosas tienen una explicación totalmente verosímil, muestra de eso era lo que le estaba ocurriendo en ese justo momento. A pesar de que la pequeña era un prodigio de las matemáticas, para esa ecuación que se le presentaba no había un resultado finito. Lo único que era certero en ese lugar  era la luz de ese pequeño sol que bajaba en su ayuda. Lo  siguió con fe, dispuesta a sujetarse a sus rayos liberadores.

   La luz del faro

Ahora todo era nítido, azul claro, una noche estrellada esperaba a la niña en el umbral de un puerto que podía reconocer perfectamente. Había calles largas, avenidas, el sonido de los coches la tranquilizaba, había adultos a su lado que caminaban apresurados por llegar a sus casas. De la fortaleza del faro salía un ruido que irrumpía en el monótono sonido cotidiano, era el cañonazo que marcaba las nueve de la noche. Las aguas del mar reposaban tranquilas esperando la caricia de la luna. Algunos niños y amantes compartían las estrellas por igual sentados en el muro del malecón. El aire olía a salitre, a flores recién lanzadas al horizonte en conmemoración de algunas fechas revolucionarias, coronas de girasoles, gardenias y rosas le servían se salvavidas a los peces que curiosos se acercaban al muelle. ¿Como había la niña logrado salir del baúl que hacía unos minutos la asfixiaba? nuevamente todo era un misterio, pero este era mucho más acogedor que el anterior. Había aire fresco y eso era lo importante.

El reencuentro

La niña tuvo miedo, después de todo se hallaba sola en medio de la escasa multitud de la noche. Las luces de la ciudad estaban por comenzar su sueño. La niebla del horizonte comenzaba a lanzar sus redes en busca de los sonámbulos  y las voces de los vehículos se iba haciéndose débil, confusa para los oídos de la pequeña que solo deseaba hallar  a los brazos amados. Entonces a los lejos la luz del faro levantó su bandera blanca señalandole a la niña el camino que cada vez era más firme y seguro. En una parte iluminada del malecón apreció su abuelita que ya la esperaba ansiosa como sabiendo que se encontrarían ahí.

   La voz de los barcos

El agua del muelle danzaba al compás de la música celeste, era un ballet  mudo el que movía  a esos  pies que rozaban   a los espectadores del horizonte. ¡Que hermosa bailarina es la mar! dijo la niña; desnuda danza  y  sobre su piel transparente flotan los trozos de sal,  estrellas que se ahogaron en su cuerpo intentado huir de la ira de los cielos. Las boyas sobre  su vestido negro parecen diamantes ¿Cuántos hombres no se han lazando  con sus redes a pescarlos? Pero la  feroz danzante los arrastra en su sinfonía eterna. El horizonte lanza sus alfombras de niebla por donde aparecen los barcos entonando sus clamores, vienen de tan lejos para apreciar a la ciudad  que ya se hunde en sus sueños, sus gritos son tristes, hieren el rostro de la luna  que espera ansiosa sus historias de amores y guerras, guardadas están todas  en sus cofres y en sus botellas de arena. Parecen que tienen alas que van a pasar sobre nuestras diminutas cabezas. Voces oxidadas lloran esos gigantes sobre la seda de la mar que cada vez es más frenética en su perfecta interpretación. Su vestido  se desgarra al sentir el peso de los metales sobre ella,  las sirenas mojan el viento con su roció nocturno a pesar del cansancio que como un viejo arrastra sus luces   en los caminos del océano. La niña abraza la mano de la abuela, la abuela fuma un cigarro que la brisa perfuma, el humo de sus labios regresa a los escenarios donde el amor entre dos mundos despierta al florecimiento de la luna. La sal sube por los barcos, grita desesperada y libre, pues ahora su espíritu regresa al reflejo plateado de la bailarina.

              El faro a oscuras 

La niña estaba feliz con su abuela, por fin después de muchos años y soledades estaban juntas de nuevo frente al acogedor olor del muelle. El arcoíris del día estaba muerto sobre los desechos que el puerto con anchos y abiertos brazos recibe después de un día de arduo trabajo, la noche vagaba ya sola por los muros del malecón, esa noche descalza que le gusta sentir a los erizos y perderse en  los arrecifes, que deja tiradas a sus estrellas como si fueran limosna para los mendigos que se atreven a dormir bajo las olas. Las manos de la abuela calentaban a las de la niña que temía volver a perderse en la oscuridad. Debajo del tutú de la mar se esconden sus dientes de corales dijo la pequeñita volviendo a romper el silencio; están esperándote, te quieren volver a llevar con ellos. Veo a esos barcos detenidos que se le escapan a la luz del faro; están llenos de fantasmas abuelita, te quieren llevar en su largo viaje y yo no puedo ir contigo. ¿Por qué tu si puedes irte  si tienes piel  y huesos?  Quédate conmigo suplicó la niña, no me dejes volver al baúl, ahí tengo miedo, el baúl es infinito, está lleno de caminos  que me asustan, son desiertos, en mi cofre la mar se secó, su bailarina es una muñeca de porcelana sin cabeza, su música se quebró_ No te vayas abuelita, déjame volverme la brisa, seré el aliento que te acompañe, el que te vuelva a dar vida. La niña lloró y sus lágrimas cayeron como monedas en el fondo vacío  de las aguas, eran deseos, desgarradoras suplicas para el silencio del gran vientre de la vida. _Oh mar, no te lleves a mi abuelita, devuélvemela como un pez, lo conservaré vivo en mis lágrimas y nunca más te extrañara. El eco le respondió a la niña y la soledad echó a volar sus algas.

El faro encendido

Los fantasmas de los barcos se acercaron a la orilla, lanzaron sus ramas para abrazar a la abuela y sumergirla en las ruinas del mar. La luz dormía en las lágrimas de los faroles, estos tenían los ojos entreabiertos, observaban  tristes la despedida. Entonces la abuela habló con el silencio, sus palabras se hundieron en los ojos de la niña, se anclaron como un recuerdo que nunca zarparía. La niña supo que la luz del faro se abriría para acoger a la voz de la abuela, su canto se perdería en los colores de la bombilla que puede ver más allá de la línea donde todas las miradas se detienen prisioneras del espacio. La abuela se volvió aire que acarició las mejillas de la niña. El cielo abrió su jaula  y el pájaro de la lluvia atravesó las nubes hasta caer en el fondo del mar y a  través de sus plumas el ojo resplandeciente del faro observaba como desvanecía la silueta de la niñita.

El regreso al baúl

El baúl estaba vacío, excepto que sostenía nuevamente el cuerpo de la niña, la oscuridad y el silencio hacían un pacto de sangre en la respiración asustada de la pequeña. Las paredes regresaban a su sitio, el olor a humedad se expandía, la luz había desaparecido, ahora solo se podían rozar  los pétalos del polvo por los rincones y uno que otro hilo de alguna arañita que había sobrevivido al encierro,  a través del ojo de la telaraña los muros de la habitación de fueron haciendo cada vez más claros. La niña había regresado a casa.

      El regreso definitivo al mundo

La mujer abrió los ojos y dejo salir el aire encerrado de sus pulmones, un suspiro profundo acarició las paredes del cuarto. Estaba en su habitación desde hacía más de un día observando aquel cofrecito que pudo rescatar de su tierra antes de que el tiempo lo escondiera para siempre en su desván, el hambre estaba petrificada, también las palabras permanecían suspendidas en las telarañas  del techo, todo el mundo parecía dormir.  El cofre abierto mostraba sin reproches su fondo en el cual solo se podía apreciar un montoncito de sal y un poco de polvo, la luz de la ventana se filtraba en el escaso contenido y tanto el polvo como la sal parecían pequeñas joyas de algo valiosamente rescatado, el eco del puerto resonó en los ojitos casi cerrados de la mujer e hizo derramar algunas lágrimas a aquel ser que tomo la sal entre sus manos. Ahora en sus dedos  yacían las cenizas del mar.

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