El lazarillo de Torres

Cuco

A la memoria de los protagonistas…

 

Cuco era un perro de blanco pelaje, fuerte y de magnífica estampa. Noble, leal y muy inteligente. Desde que llegó siendo un cachorro lo mismo convivió con don Cipriano y su familia que con los trabajadores que tenía en el negocio, ubicado en su misma casa.

Con estos últimos desarrolló una suerte de camaradería que se tornó muy especial, sobre todo cada que llegaba la hora de salida.

Alrededor de las 5:00 P.M.,  todos los trabajadores se dirigían a La Chiquita, una cantina de mala muerte que se encontraba en la otra esquina de la calle y Cuco iba con ellos. Al principio, mientras ellos bebían le daban al buen can cacahuates o galletas saladas, en otras ocasiones un plato de galletas remojadas en leche, pero un día, según se cuenta, Roberto, el Muñeco, quien desde que era muy pequeño e inocente trabajaba con don Cipri y que, por lo visto, ya no era ni lo uno ni lo otro, decidió jugar una broma a costillas del pobre animal.

En esta ocasión le sirvió galletas remojadas en Caballo Blanco, que era una de las bebidas de dudosa elaboración que acostumbraban libar. Cuco pareció hacerle el feo al principio, pero para sorpresa de todos acabó comiéndoselas de buena gana y de un solo bocado.

Al salir, todos haciendo eses y retachando contra las paredes, llegaron a sus respectivos hogares.

Esta rutina se repetía día con día, para deleite de todos los asiduos y de muchos más, venidos de lugares distantes, quienes compraban galletas al por mayor con tal de ver el espectáculo que brindaba el inocente animal.

En cierta ocasión, un tipo con ínfulas de influyente, pidió una botella de brandy y exigió le sirvieran un tanto junto con las consabidas galletas a Cuco. El perro, acostumbrado a esas bebidas recias, al apreciar el perfumado néctar, se sintió en la gloria y a partir de ese momento se tornó en todo un sibarita y no volvió a tomar nada que no fuera de la mejor calidad.

La fama del can del buen beber creció y cada vez era más la gente que llegaba a La Chiquita, al punto de convertirse casi en un punto obligado para todo aquel que visitara la ciudad.

En eso sucedió que Martín, uno de los muchachos de la colonia, había quedado ciego y don Cipri, enternecido y sabiendo el aprecio que el joven tenía por Cuco y conociendo su valía, se lo ofreció como perro lazarillo, no sin antes advertirle que en la tarde tenía cierta rutina.

Juntos formaron un buen equipo, cuidándose y respetándose el uno al otro, al punto que el mozalbete solía cargar una pequeña botella de brandy y un paquete de galletas, en caso que se encontraran en algún punto distante.

La vida transcurría sin novedad hasta que en cierta ocasión la tragedia acaeció.

¡Ah, el amor!

Un frío martes de enero, mientras Cuco libaba su diaria ración en La Chiquita, Martín se quedó esperándolo afuera, a cierta distancia. Al salir el can, de repente se topó con la perrita más hermosa que jamás hubiera conocido, fue amor a la primera olisqueada y lo único que hizo la pareja fue alejarse. Martín era tan dependiente de Cuco que no había desarrollado sus sentidos como el resto de los ciegos y nunca se pudo dar cuenta de lo que pasó.

Llegó el miércoles, el jueves y el muchacho seguía a la espera de su guía. Ese invierno fue especialmente crudo y la salud del joven cedió. A la mañana del viernes, su helado cuerpo yacía recargado en la pared, en la postura como de quien espera a alguien especial.

Los parroquianos de la cantina no tenían ya motivo para distraerse, además que se dieron cuenta que en ese lugar el plato de brandy costaba lo mismo que una botella completa en otras partes. Al final La Chiquita quebró. Los trabajadores de don Cipri formaron un grupo de alcohólicos anónimos al tiempo que la Sociedad Protectora de Animales emitió una alerta de maltrato sobre la conducta de Roberto, alias el Muñeco.

Por cierto, se cuenta que Cuco y su novia, que era la niña consentida de una multimillonaria heredera de una casa vinícola, se embarcaron a Europa…

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