El lago del parque

La madre trabajaba noche y día en una fábrica de papel y no tenía tiempo de jugar con su hijo, un niño de unos 8 años que todas las tardes se quedaba sólo en casa después de haber tenido que soportar el encierro de la escuela durante 6 horas.

El hijo se preguntaba a menudo porque su mamá le daba más importancia a la fabricación de papeles si podía dedicarse a jugar con él y así desempeñar un trabajo más digno ante el mundo. Según el pequeño los papeles  no servían para nada que no fuera  transmitir incoherencias que jamás podrían ni en sueños competir con las ideas que fluían de una conversación real; o para envolver regalos y obviamente nunca podrían competir con la importancia del regalo en sí. Lo que salvaba  a  estos conceptos radicales era sólo que el papel le servía a los escritores para materializar su locura lúdica y eso según el niño de esta historia era algo valioso, algo así  como una libertad que se le  podía le podía permitir a unos cuantos niñotes que  como él  intentaban salirse de su realidad con algún juego;   pero el lado triste de esta filosofía prematura  y sin fundamentos era que los escritores debía aprender a fabricarse su propio instrumento de juegos sin necesidad absoluta de arrebatarle el tiempo  a su madre y por ende a él que aún se sentía uno con aquella que lo había engendrado.

El padre, ese no figura en la historia, pues nunca estuvo y el pequeño sabía que jamás lo estaría a pesar de que lo llamaba por teléfono  cada 15 días para limpiar un poco su moral ante los rumores de la escuela y de la madre misma. Así que nuestro niño titulado Jesús en los papeles sociales vivía en una completa soledad rodeada del eco de soldaditos de plomos,  carreras de mini autos y a veces con  algún estadillo de naves espaciales y el extraño lenguaje de un grupo de robots y alienígenas, hasta que su rutinaria historia cambió repentinamente.

Un grupo de arquitectos decidió levantar un parque en el fraccionamiento donde vivía Jesús para uso exclusivo de los habitantes de esa manzana y de los vecinos de los alrededores. La obra se demoró mucho tiempo pero mantenía constantemente ilusionado  a los niños y también a los padres que necesitaban descansar de ellos. Jesús en particular deseaba más que ninguno  que el parque estuviera concluido antes del invierno y con ese anhelo rezó durante varias semanas  antes de dormirse para ver la obra de arte concluida.

La obra había comenzado en enero y no estuvo concluida hasta principios de noviembre cuando ya el frio comenzaba a adueñarse de los árboles. Ya terminada no representaba gran cosa, era en sí un área verde como cualquier otra en la que se podía simplemente descansar del tedio del día.

El parque no tenía juegos y lo único que lo convertía en un hecho excitante era que estaba frente a un lago que por mucho tiempo había servido de basurero y ya con la obra  construida  se encontraba hermoso y transparente. Nadie inauguró el lugar mágico como si ya se tratara de un hecho  que todos sabían  que ocurriría y tampoco ningún niño fue a jugar durante todo el invierno excepto Jesús que le suplicó a su madre muchas noches que lo dejara jugar ahí con la condición de que llegaría a casa antes que ella. La madre como sabía que el pequeño se aburría en casa le dio una oportunidad de tener un poco novedad y pensó que  tal vez  así dejaría de reprocharle su falta de tiempo.

Jesús comenzó sus aventuras a mediados de noviembre y aunque el parque casi siempre estaba desolado a excepción de tener de vez en cuando alguna parejita de enamorados, al niño se le hacía un rincón fantástico donde propagar el eco de sus juguetes ya muy acostumbrados al encierro.

Los días en aquel lugar transcurrían lentos y aunque el invierno avanzaba como un ave  blanca en busca de su nido parecía  retrasar un poco su vuelo sólo por complacer a Jesús al que las horas se le iban por las ondas tenues del lago. Siempre el pequeño cumplía su promesa y llegaba temprano a casa incluso algunas veces con algunas pequeñas flores reunidas para su mamá que cada vez que lo veía en su cama arropado sentía infinita satisfacción.

Así transcurrió todo noviembre hasta que por fin el invierno se impuso en las ramas secas del parque y   ya no hubo manera de expulsarlo de ahí. De todas maneras Jesús continuó asistiendo a la visita de su rincón sagrado o secreto como el solía llamarlo. Una tarde en la  que ni un alma pasó durante todo el día por ese lugar el niño recogió un montoncito de piedras y comenzó a entretenerse con lanzarlas al agua. Era fantástico ver las ondas que provocaban estas al caer, como si se perdieran en un espiral que daba a otro mundo.

Esa idea repentina en la mente de pequeño lo desbordó de curiosidad obligándolo a prestarle un interés novedoso al agua que hasta ese entonces nunca había observado con tanto interés. El lago parecía un espejo en el que el niño podía distinguir cada parte de su cuerpo, incluso era mucho más transparente que el espejo que colgaba de su dormitorio.

Jesús comenzó a hacer todo tipo de muecas anonadado por la exactitud del agua a la hora de reproducirlas, cualquiera que lo mirara desde cierta distancia podía pensar que era la primera vez que el chiquillo tenía un contacto real con su reflejo.  El niño estuvo así un largo rato hasta que un acontecimiento extraño lo sacó abruptamente de su juego.  El reflejo de todo lo que se proyectaba en el agua era mucho más grande, detallado y hermoso que en la realidad, como si así debiera haber sido siempre. Para comprobarlo Jesús se volteó varias veces para observar las casas y las facciones  de su manzana deteriorada por el tiempo, el invierno e incluso por  la falta de unas cuantas manos de pintura. El rostro del vecindario daba lástima ante los ojos de aquellos poco acostumbrados a ese tipo de residencias y el niño se preguntó varias veces como nunca pudo percatarse de la fealdad de aquellas calles tan decadentes que nadie se preocupaba en reconstruir y que él había transitado más de mil veces a su temprana edad. Dada su falta de experiencia y sabiduría  no pudo llegar a un respuesta que satisficiera sus preguntas; pero era un realidad que ante él tenía un visión mejorada, casi ideal de su mundo, todo gracias al lago.

En el agua la ciudad o más bien  todo el entorno que cabía en ella se reflejaba como una imagen celestial entonces a  Jesús se le antojo que las casas y los árboles eran personajes de la realeza  que se paseaban  por ese espejismo de castillos y paisajes hermosos y quiso por unos instantes que el lago fuera inmenso, tanto, que fuera capaz de reflejar a toda la ciudad y si era posible al mundo entero.

 

 

Jesús contemplaba las casas blancas, relucientes, que extendían su luz alrededor de las ondas del agua y recordó la idea que había tenido cuando lanzaba las piedrecitas, entonces  otra idea relacionada a esa le pasó fugaz por la mente dejando una huella imborrable, de  que tal vez él era como una  de esas piedras y si se  le lanzaba al lago viajaría como ellas por ese espiral directo a otro mundo, a la realidad de ese vecindario magnifico en el que ya casi podía ver a los niños jugando y recolectado frutas que compartían con sus padres y otros familiares.

Por unos segundo Jesús reflexionó ¿valía la pena renunciar a esa realidad de casas viejas y solitarias donde los niños se aburrían y los padres nunca jugaban con ellos ni comían frutas de árboles hermosos? ¿Debía preocupar a su madre dejándola sola por unos días mientras hacía su viaje o lo correcto era dejar la posibilidad de aquella fantasía y conformarse con sólo contemplarla a través del cristal de lago?

El pequeño daba vueltas y vueltas alrededor de sus pensamientos y del lago que parecía llamarlo con fuerza como si lo invitara a recorrerlo por dentro y se dijo_  Unos días de aventuras en otro vecindario mejor  y con otros niños de casas bien cuidadas  no merecen un castigo fuerte, prometo regresar para navidad, estoy seguro que mamá no se preocupará demasiado cuando no me encuentre y así podré sorprenderla cuando llegué para  la cena del 24 con mejores flores.

En un impulso  irrefrenable se lanzó a su aventura. Las aguas del lago parecían ya esperarlo porque lo hundieron sin retraso en su mundo de espirales como si saborearan una piedra más. Jesús no se resistió, se dejó guiar hacia el fondo donde  mejores juegos, casas y niños lo recibirían  con los brazos abiertos, él iba con fe, dispuesto a sacar nuevas historias que compartirle a su madre en las fiestas navideñas.

La madre al llegar a casa y no ver a Jesús enloqueció, inmediatamente dominada por el miedo corrió al parque donde esperaba hallarlo entretenido en algún juego. A no ver realizada sus esperanzas hizo tal escándalo  que en menos de una hora el parque se hallaba repleto de patrullas, policías y hasta peritos que  después de dos horas lograron hallar el cuerpo de Jesús  ya insalvable de la muerte.

Es incensario caer en explicaciones tan dolorosas para describir el arrebato y la locura de la madre ante el acontecimiento irreversible que ante sus ojos se desataba. La pobre mujer estuvo muchos meses en crisis hasta que se vio obligada a regresar  a su casa después de un año de estar en constante tratamiento médico por parte de su seguro. Los primeros días cuando estuvo  sola en su casa se le hicieron insoportables las horas por lo que  se vio obligada a salir al parque para escapar de  la agonía de su encierro. El lugar le recordaba constantemente a su hijo pero era mejor opción que las cuatro paredes en las que recodaba haberlo tenido entre sus brazos  antes de acostarlo a dormir.

El parque en la noche parecía un cementerio porque  ni los perros callejeros se atrevían a pasar por él, y todas las almas dormían en la gracia de Dios. La mujer lo notó y no pudo evitar sentir escalofríos por lo que se refugió en la visión del lago que parecía un rincón apacible.

Lo observó unos instantes sin presenciar nada más que los restos de algunas hojas que se movían como pacíficos barquitos en la ligera corriente del agua. Todo era silencio alrededor de la madre que buscaba hundir sus recuerdos en algún tema agradable   para deshacerse de la imagen de su hijo muerto hacia un año precisamente en ese lago que era como un lobo  disfrazado de noble corderito.

Entonces del silencio emergió una sutil melodía de risas  que hizo estremecerse a la pobre mujer ¿De dónde todo aquello? Se preguntó automáticamente y volteó hacia todas la direcciones esperando encontrar a alguien  pero nadie irrumpía la soledad del parque. Hata después de un rato y de haber agudizado mucho el oído  fue que comprendió que toda esa ilusión o ¿realidad? emergía del lago.

La mujer se acercó con curiosidad casi olvidando que se aventuraba a la misma trampa en la que su hijo había sucumbido. Cuando ya estuvo lo bastante cerca del reflejo del agua pudo al igual que Jesús disfrutar de la hermosa visión que el lago ofrendaba a los seres  capaces de contemplarlo.

Era magnífica, aunque en la realidad fuera del lago la noche rodeaba todo y obstaculizaba la visión, dentro del lago la manzana junto con sus casas se mostraba acogida por la radiante luz matinal. Los pájaros de los árboles cantaban anunciando a  la aurora y algunos niños corrían  con sus madres y  se relajaban en la faena de recoger flores antes de partir a la escuela. Los árboles mostraban jugosos y grandes frutos a punto de desprenderse de sus ramas  y tanto casas como personas se mostraban hermosas, ampliadas, exactamente como debían ser. Pero la mujer supo inmediatamente que estaba en algo similar a un sueño aunque en realidad estaba más despierta que nunca y ella lo sabía. Volteó hacia las casas que detrás de ella esparcían sus sombras y comprendió  por primera vez la   desfachatez de la ciudad, la verdadera circunstancia global en la que se hallaba porque aunque el lago solo reflejara lo que tenía al alcance de sus visión ella sabía que la mayoría de casas de la ciudad de encontraban en ese  mismo estado deplorable estado. Entendía en comparación a Jesús porque eran las cosas así y no diferentes  pero como conservadora  y apática ciudadana dejó que la idea se le fugara de la mente sin permitirle arraigarse. Contempló de nuevo el lago  en actitud meditabunda como lo había hecho Jesús exactamente hacia un año, se dio el lujo de contemplar con gusto y detenimiento la visión que le presentaba aquel espejo y al igual que su hijo se planteó la mismas preguntas pero quizás con más objetividad  ¿Qué  tal si debajo de estas aguas hay otro mundo en el que pueda encontrar a mi hijo aún vivo y radiante o esta es la realidad a la que realmente pertenecemos  y es necesario que a ella vaya de una vez? ¿Qué tal si mi hijo no está muerto y se encuentra feliz detrás de este muro de cristal?

Dejándose llevar por esa lluvia refrescante de ideas fijó nuevamente la vista en el lago y casi pudo ver la silueta  de su hijo llamándola como el eco de una piedra. Sintió dolor y también alegría porque sabía que aún estaba vivo   detrás de esas paredes acuáticas pero peso con firmeza que ella no estaba preparada para un mundo maravilloso, para ese parque de familias felices ni para vivir en esas casas luminosas donde el tiempo se contaba a través de los cabellos del sol; ni para compartir con su hijo el dulzor de refrescantes frutos. Ella pertenecía solamente a esa ciudad decadente que durante muchos años se dedicó a construir mientras  le regalaba sus hora a una fábrica de papel y era  doloroso entenderlo, ver como los papeles que tras largas horas de trabajo había hecho quedaban aglomerados en la basura o en las calles sin que apareciera al menos  un escritor capaz de tatuar en ellos su   locura lúdica. Papeles llenos de discursos y mensajes que perdían en los pasadizos de  la ciudad sin ser escuchados.

La mujer miró con determinación todo lo que la  rodeaba fuera de la visión del lago. Se sintió identificada y cómoda con la suciedad, con las paredes descascaradas de las casas, con la oscuridad y el silencio de sus semejantes que como ella,   se dedicaban  a edificar ese mundo de paredes por las que las palabras ni el amor podían pasar. Entonces recordó a su hijo con infinito respeto y pensó que solo las almas como las de él tenían el derecho  de tener un parque mejor y mejores calles. No se sintió cobarde sino más valiente que nunca al saber que al darle la espalda al lago renunciaría a la verdad de la vida para sumergirse en la verdadera tumba que le correspondía ocupar a ella, la ciudad y su pequeña casa construida por su sudor honrado. Después de esa noche nunca más la mujer volvió a pisar el parque porque sabía que su presencian deshonraría al lago que en su infinita bondad le había dado la oportunidad  de probarse a ella misma.