El hijo del dragón

 

Ojos de zafiro, enrojecidos con la ira,

viejo sabio, frío en su trato con la gente,

bigote amenazador, largos cabellos de plata,

orejas puntiagudas, escucha de malévola astucia.

 

Enfundado en aterrador uniforme,

corbata carmesí, lo desangra desde el cuello

y traje oscuro, muestra cordial y elegante;

es inteligente en su gobierno y diablo al castigar.

 

Se ha fortalecido al paso de los años,

su poderío incrementa y la edad disminuye;

cree en desaparecer la pobreza de su reino,

piensa lograrlo matando a todos los pobres.

 

Joven  y lúcido, odia por demás al traidor,

disfruta beber una copa del vino de la gente,

mientras son castigados severamente

todos los traidores a su causa.

 

Entre las sombras durante su descanso diurno

entabla apasionadas pláticas con la nobleza,

conversaciones prolongadas de literatura y táctica,

concluyendo en la perdida de voluntad de sus invitados.

 

Dentro de la fachada de su castillo,

con su constante caminar al meditar,

escala las paredes y los techos,

hasta llegada la noche, despierta del letargo.

 

Pronto, al llegar la más larga y oscura noche,

de entre las tinieblas conseguirá el poder

para gobernar y hacer su voluntad,

forjar su nombre como leyenda, ser inmortal.

 

Todo aquel que ose desafiarlo,

quiera traicionarlo y apuñalarlo,

conocerá la furia de su nombre:

El príncipe Vlad Draculea.