El Falso Agente

Los rayos del sol de las cinco de la tarde atravesaron el cristal de un avión que iba despegando del aeropuerto de Miami para destellar sobre los lentes de Isaac Alfaro quien leía absorto una novela de misterio sin incomodarse por las instrucciones de seguridad de las azafatas. Su destino, Paterson, New Jersey. Su misión, entregar  un cheque de una herencia a una mujer.

Al pasar las azafatas por el pasillo, él las mira con su vista periférica sin dejar de leer la novela. La había abandonado por este asunto que su jefe le marcó como urgente, pero ahora que estaba arrellanado en el sillón del avión, se deja llevar poco a poco por la trama detectivesca y los protagonistas que desde un inicio lo atraparon enseguida.

Disfrutaba de un placer casi mórbido en ese dejarse ir, palabra a palabra a donde las imágenes se coloreaban y  la intriga adquiría movimiento. Al leer las acciones perversas del villano sobre el destino de la inocente protagonista sintió una punzada en el estómago. La azafata, oportuna, le ofreció algo de beber, y al escuchar tan dulce voz detuvo su lectura.

“—Una cuba bien cargada por favor”. Miradas de reojo, ella una rubia de ojos azules que al sonreír se aseguró de que cayera mucho ron en el vaso.
“—Thank you querida —le dijo en su acento latino, ella le respondió con una sonrisa”.

Realmente disfrutaba que su trabajo lo hiciera viajar de vez en cuando, aunque la paga no fuera lo que él deseaba. Pagaba sus cuentas, tenía bastante tiempo para leer y para conocer gente nueva cómo la azafata que le acababa de sonreir, por ejemplo. Un par de  sorbos a su cuba y su cuerpo absorbió el alcohol, entonces estiró con placer las piernas y volvió a su lectura. El índice de su mano izquierda acariciaba en pequeños círculos una y otra vez el descansabrazos mientras párrafo a párrafo, segundo a segundo iba desgajando la trama. Luego de tres horas el piloto anunció por altavoz el arribo al aeropuerto de Newark. Para entonces él ya se había emocionado con las vueltas de tuerca de la historia y quedó satisfecho con el sorpresivo pero redondo final.

En cuanto recogió su equipaje, se dirigió al puesto de revistas del aeropuerto y compró con deleite el otro libro de la serie. Eran ya poco más de las 8 de la noche y le tomaría una hora llegar hasta su hotel y comprendió que ya era tarde para buscar a cualquier persona en esa jungla de condados. Decidió quedarse en el hotel leyendo los primeros capítulos del libro recién adquirido, mañana sería otro día. Esa noche, mientras el libro se le resbalaba de las manos, Isaac soñaba que ayudaba a una hermosa mujer en peligro, y realizaba proezas para salvarla justo cómo en los libros de detectives y crimen que tanto le gustaban.

guettoA la mañana siguiente Isaac se encontraba conduciendo en un honda alquilado por unas calles de aspecto sórdido. Hizo una mueca estrambótica al notar que el edificio donde vivía la mujer era el único en pie en una manzana de edificios derruidos. Al ver la calle poblada de drogadictos  e indigentes que volteaban a verlo de manera inquisitiva, se sintió  incómodo en su traje y corbata. Entró al mugriento edificio y las miradas de un grupo de inquilinos que perdían el tiempo en el quicio de sus puertas se clavaron en él.

No le gustaba cómo se veía el asunto así que se apresuró a terminar el trabajo lo más rápido posible. Llegó a la puerta correspondiente. Tocó tres veces, esperó un momento y una joven mujer abrió, miró a Isaac y asustada quiso cerrarla, pero él lo impidió con su pié en un reflejo veloz. Ella gritaba en un idioma que él no comprendía y  empujaba con fuerza la puerta aplastandole su pie. Soportando el dolor, Isaac le dijo que sólo venía  a entregarle un cheque con dinero y se lo enseñó. La mujer dejó de vociferar y de presionar el pie de Isaac. Agarró el cheque, lo examinó y luego examinó de nuevo a Isaac.

“—Vengo a explicarte el origen de este dinero y la forma en la que puedes cobrarlo…”

Isaac le preguntó si en efecto era Amanda García y le pidió una identificación. Ella afirmó con la cabeza abriendo más la puerta para que él pudiera verla. Según su expediente tenía 22 años, pero los ojos cansados de esa mujer le hacían parecer más grande.  Isaac se presentó de manera formal y le preguntó si podía pasar para explicarle el asunto. Lo dejó entrar, mirando incrédula su nombre en el cheque que aún tenía en la mano. Con un ademán le invitó a tomar asiento en un sillón maltrecho, desde el cual Isaac fue testigo  del desorden en el que vivía. Sin duda Amanda era un alma en problemas. Isaac cambió su tono de voz por uno más empático y le preguntó “—¿Supiste  lo de  tu papá?” Ella asintió con la mirada en el piso.

De un movimiento, Isaac retiró el cheque de la mano de Amanda. Anticipando cualquier reacción Isaac empezó a explicarle con una voz cálida que venía desde su pecho, que su padre le había dejado una herencia en efectivo bastante sustancial y que ella era la única que podía reclamarla.

“—Sólo hace falta que firmes unos documentos y vayamos a depositarlo a tu cuenta bancaria”

Amanda fué a la ventana y se asomó a la calle por entre las derruidas persianas.  Se veía a cada instante más nerviosa, hasta que al fin contestó:

“—Pero es que no tengo cuenta bancaria, sólo déjeme el cheque y yo lo arreglo después.”

Pero su petición era imposible pues Isaac necesitaba forzosamente el recibo del depósito para poder cobrar su comisión. Sin embargo ella le seguía insistiendo en que dejaran el asunto para después.

“—Si supiera todos los trámites que se tuvo que hacer en la agencia para conseguir que accediera con tanta facilidad a este dinero, no pondría tantas objeciones señorita.”

Amanda, sin embargo no dejaba de asomarse por la ventana. La única solución era que lo acompañara al banco y crear una cuenta nueva donde depositar el cheque. Ella accedió pero le dijo que tenían que esperar al menos media hora. Isaac encontró esto extraño. Ella le ofreció una taza de café para matar el tiempo. Exasperado lsaac insistió en terminar el asunto lo más pronto posible y poniéndose de pié  hizo una sutil pero efectiva amenaza de dejarla sin el cheque. De un par de impulsos Amanda se puso unos grandes lentes oscuros, se hizo una coleta, se puso una chamarra como de hombre demasiado grande para su cuerpo y una gorra de camionero roja.

Al fin los dos salieron del edificio callados durante todo el trayecto de las escaleras chillonas. Los vecinos en sus puertas cuchicheaban. “—Haga oídos sordos, esta gente es una mierda —le dijo conforme salían por la estrecha y lúgubre puerta del edificio.”

Conforme se fueron acercando al auto de Isaac una camioneta llena de pandilleros con paliacates amarrados al revés en sus negras frentes pasó frente a ellos a baja velocidad y unos cinco tipos se les quedaron observando. La cabeza de Amanda se hundió entre la voluminosa chamarra y volteo hacia otro lado. Isaac sintió miedo pero no se le notó en su rostro, así que la camioneta dio un arrancón chirriante y se fué.

Ambos dejaron escapar un suspiro y se subieron al auto. Se puso en marcha hacia el banco más cercano, pero ella le pidió ir a otro. Él se empezaba a exhasperar pues su vuelo de regreso a Miami partía en sólo unas cuantas horas, así  que no tenía tiempo que perder y a pesar de su pedido él la llevó al banco del condado Paterson.

Capitulo 2

Ya dentro del banco,  Isaac le pidió a un ejecutivo que abriera una cuenta a nombre de Amanda y le diera copia del recibo del depósito. Conforme el ejecutivo empezaba el proceso Amanda iba poniéndose más nerviosa a un grado tal que Isaac le preguntó si estaba bien.

“—Si, sólo necesito un poco de aire, sufro de claustrofobia ¿Sabe?, voy a fumar afuera y regreso.”

Pero en el momento en que Amanda salía del banco y encendía su Marlboro, el ejecutivo le hacía saber a Isaac que ella ya tenía una cuenta con ellos y con  una suma “—bastante sustanciosa”. Confundido, salió a buscarla  pero conforme la puerta de cristal del banco se iba abriendo ante sus ojos, fue testigo de cómo los mismos pandilleros de paliacates rojos amarrados al revés  que habían visto en la calle de Amanda, ahora  se la  llevaban a la fuerza en su negra camioneta,

“—Grandioso —espetó—.¿Que hago ahora?”

Sin ella no podía abrir una cuenta ni obtener el recibo del depósito sellado por el banco. Sin ese maldito papel no recibiría ni un centavo de comisión. Varado en Patterson Isaac condujo de regreso al departamento  de Amanda y al llegar a las inmediaciones del edificio, Isaac se dió cuenta que la misma camioneta negra en la que se habían llevado a Amanda estaba ahí. A pesar de no ver rastros de ella decidió seguir la camioneta y   empezar a actuar como un verdadero detective privado. Los siguió por la autopista hasta el   condado de Rutherford donde la camioneta tomó un camino que los llevaba hacia una colina separada del resto del pueblo. Llegaron a una mansión blanca rodeada de un jardín inmenso. Dos hombres de paliacate salieron de la gruesa reja negra y la camioneta se  metió hasta la rotonda enfrente de la puerta principal de la mansión.

Capítulo 3

Isaac  estaba viendo todo esto desde lejos y mientras lo hacía se preguntaba que hacer. Por su mente pasaron todos los párrafos de ficción detectivesca de los que ha sido aficionado en los últimos meses y poco a poco,  gracias a un conjuro demoniaco que esos textos parecían ejercer sobre él, se fue viendo a sí mismo cómo el detective que tenía que salvar a la muchacha en problemas.  Decidido, arrancó su honda alquilado y se fué a la parte trasera de la mansión, salió del auto, saltó la reja trasera y se escondió detrás de una fuente. Desde ahí en una ventana Isaac vio cómo Amanda era abofeteada una y  otra vez  por un hombre corpulento con chamarra  de cuero y rostro porcino.

Mientras esto pasaba, dos hombres bien vestidos llegaron en un coche deportivo que estacionaron frente de la mansión y fuera del auto empezaron a discutir. Luego de un par de minutos, uno se subió de nuevo y se fué dejando al otro encogido de hombros y dirigiéndose hacia la habitación donde Amanda seguía recibiendo de manera esporádica pero estrepitosa unas crueles bofetadas en su rostro. El hombre le hizo un ademán al castigador para que la sacara al patio trasero desde donde Isaac observaba escondido detrás de la fuente.

Isaac midió con cautela su oportunidad de rescatar a la dama cuando el inescrupuloso la hizo caminar casi enfrente de él. Isaac tomó una roca decorativa de alrededor, rodeó la fuente con sigilo hasta quedar justo detrás del verdugo y se la estrelló en la cabeza dejándolo inerte en el piso pero retorciéndose entre vituperios en inglés.

Isaac tomó la mano de Amanda y la ayudó a saltar la valla lo más pronto posible y la llevó corriendo a su auto. Conforme Isaac pisaba el acelerador unos balazos automáticos resonaron detrás de ellos. Empezó a conducir a Patterson tomando caminos enredados y asegurándose de que no fueran perseguidos. Pero su conducir fue dificultado por Amanda quien empezó a golpearle el hombro y a gritarle  “—¡Que carajos haces!”

“—¿Que qué hago? ¡Te estoy salvando la vida! —gritó eufórico.”

Amanda hundió su cabeza una vez más entre su chamarra azul.

“—Estaría bien si no hubieras venido. ¡Ahora ya me jodí, ya me jodiste!”

Isaac le pidió que le explicara cual era la historia con esos hombres. Amanda le explicó que el hombre bien vestido era su jefe, Dante Vilar.  Cuando ella se fugó de la casa de su padre no le alcanzo el dinero para llegar a Manhattan así que sólo llego hasta Newark. Sin dinero ni con suerte para que la contrataran en ninguno de los fríos condados de New Jersey empezó a vivir en la calle hasta que Dante la encontró y le dió un trabajo en uno de sus clubs de desnudistas en Newark.

Recientemente, Amanda había descubierto que Dante estaba usando las identidades de varias chicas para crear cuentas de banco y lavar en ellas el dinero que ganaba de sus dudosos negocios. Todo lo que tenían que hacer era mantener la boca cerrada, pero cuando los pandilleros vieron que entraron al banco le informaron de inmediato a Dante y este asumió lo peor por lo que les ordenó que se deshicieran de ella.

Estas palabras impactaron a Isaac más de lo que había pensado. El miedo con el que Amanda dijo que Dante la quería muerta, hizo que  aquilatara de golpe lo intenso de la situación. Quiso ir a la policia pero Amanda se negó rotundamente y le pidió escapar hacia donde sea.

Pero Isaac tenía un plan diferente entre manos. Algo que había leido en un libro de criminales alguna vez. Le dijo a Amanda que quizá podría recuperar su vida usando el dinero de la herencia de su padre. “—Dante es de esas personas a las que sólo le importa el dinero y si le pagas, te dejará en paz.”

Amanda dudó de este plan, pero al no tener otra opción decidió hacerle caso y esa misma noche, Amanda contactó a Dante desde un motel a las afueras de Rutherford. Le dijo que depositaría el cheque por 70 mil dólares en su cuenta y se aseguró de decirle que no iría a la policia por que la arrestarían aunque ella clamara no saber nada. Dante no se mostró tan alegre con todo el asunto, pero cuando Amanda le  recordó los setenta mil dólares Dante acepto sin chistar otra vez.

Al otro día Isaac y Amanda se dirigieron hacia el banco a depositar el cheque. Isaac vió de lejos a los pandilleros de Dante, así que se apresuraron al banco, Amanda depositó el cheque y obtuvo el recibo que necesitaba Isaac para su comisión. Al salir, un par de pandilleros se acercaron a ellos. Uno tomó del brazo a Amanda mientras el otro empujaba a Isaac y cortaba cartucho.

“—Esto no es parte del trato —les gritó nervioso.”

“—Bueno hijo de puta, hay un nuevo trato —le dijo el de la pistola.” Uno de los pandilleros lo tomó por el cuello y empezaron a encaminarse a la camioneta negra. Mientras lo hacían Isaac se dió cuenta del error que había cometido y su mente trataba de encontrar rápidamente una salida a la situación. De pronto un grupo escandaloso de niños salieron en estampida de una tienda por la que pasaban. Isaac tomó ventaja de esto y por sorpresa, empujó al hombre que lo tenía agarrado del cuello contra el otro que tenía del brazo a Amanda. Ambos  cayeron, Isaac tomó del brazo a Amanda y  corrieron despavoridos hacia el honda. Él pisó el acelerador y el ruido de varios balazos detrás de ellos no se hizo esperar.

 Isaac veía frenéticamente por el retrovisor para asegurarse que los pandilleros no los siguieran. Eufórico se dirigió a toda velocidad hacia el aeropuerto.
“—Te compraré un boleto y vendrás conmigo a Miami —le dijo jadeante mientras se estacionaba y salía del auto.” Dió unos pasos presurosos y le gritó a Amanda que se apurara, pero tras unos segundos  se dió cuenta que nadie lo seguía. Regresó al auto descubriendo que la parte trasera del asiento del copiloto tenía una mancha marrón oscuro que parecía ir creciendo a cada segundo. Al abrir la puerta con cuidado descubrió que Amanda yacía muerta con un gran hoyo de bala escondido entre su chamarra. Estaba tan eufórico por escapar que no se dió cuenta que había sido herida.

Isaac sintió un líquido quemando sus entrañas, se volteó y vomitó.  Se sentó en el suelo y llevándose las manos a su cabeza permaneció así por un rato. Luego de unos minutos  Isaac se sobrepuso y empezó a correr hacia la terminal pero un pensamiento lo detuvo de repente. Regresó al asiento del copiloto, abrió la puerta y  mirando con lástima el rostro inerte de Amanda, metió su mano en la bolsa derecha de su chamarra y sacó el recibo del depósito. En unos cuantos minutos, Isaac se encontraba en la terminal, pasando el punto de seguridad y subiéndose al avión de regreso a Miami.

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