El arte es surreal

Escribirte un beso, amor mío, y dibujarte una caricia.
¿Qué importa, nunca o ahora, la cuchilla de la sequía? Después de todo, la muerte es un símbolo de que hubo vida. O, más bien, la vida es un símbolo de que hubo muerte. No hay cronología.

Y que nuestro cuerpo se enclaustre con la carroña hedionda.
Y que vengan los buitres a saborear nuestras córneas.
Muy lejos ya estaremos, amor mío, fidelis amicus.
Como Beatriz junto con Dante, encadenados eternamente.
Como poesía maldita para el corazón satánico.
Como agua bendita para el ángel retórico.

Y que tus uñas se claven en mi piel putrefacta.
Y que la sangre fluya por doquier, cual cascada.
En el más allá estaremos tú y yo.
Gozando entre vicios, revolcándonos en alcohol.
Donde Niccòlo triunfó sobre Aquino.
Donde Judas triunfó sobre Cristo.
Donde el reloj gira hacia la izquierda.
Y donde el sol camina a la derecha.

Y que nos mutilen con hachas, con cuchillos, con navajas.
Y que nos quemen las caras con libros en llamas.
Mientras nosotros nos burlamos de sus patéticos intentos.
Mientras nosotros nos relajamos, en las nubes del infierno.
Y mientras ellos encarnan la viviente miseria.
Nosotros evaporamos el dolor y el sufrimiento.
Nosotros festejamos la muerte eterna.
Celebramos, ya conscientes, al alma despierta.

— María Santos @marifersv94

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