Descuartizados

Nunca había sentido tanta ansiedad, estaba a dos horas de enfrentarme a lo que, tal vez no era nada, y yo que había estado tan asustada, o quizá sí debería estarlo. La duda me mataba, bueno, no en el sentido que Pichushkin y Dahmer entendían el asesinato.

Cuando llegué, me vio, me expresó una leve sonrisa y me dijo: ya está hecho. Yo me imaginé que así les sonreía John Wayne Gacy, el payaso asesino a sus futuras víctimas; quería adivinar qué había pasado, pero no hubo adelanto. El tiempo pasaba, una hora, dos horas, ni Alfred Hitckcock hubiera planeado tan bien este suspenso. Cuando ya íbamos a salir lo interrumpieron varias veces, y el tiempo seguía corriendo. Me sentí como cuando van a dar el nombre del expulsado de la Casa de Big Brother y no lo dan, para hacerlo más emocionante. Ya era demasiado tarde para salir huyendo, ni modo, me gustara o no tenía que enfrentarlo.

Por fin nos fuimos de ahí, llegamos a un edificio muy antiguo , y pasó lo que temía. Fue una verdadera masacre a sangre fría, diría Truman Capote, los mutiló al grado, como dice el refrán, de no quedar títere con cabeza, Yo solo presenciaba impávida con la misma actitud que expresó Leonardo en la Gioconda; fue una escena dantesca ¡Qué, Asesinato en la Calle 8! ¡Ni qué, Juegos del Hambre V! ¡Ah, ni qué, Sangriento San Valentín en 3D! Esto sí era real, esto sí enchinaba la piel.

Por fin me los entregó todos descuartizados, y me dijo: En poética hay que saber dónde cortar, lo valioso es lo que ya no se dice. Yo tomé esa retacería con cariño, pues cada uno expresaba algo de mí, los acomode en el folder, me despedí de Gerardo y me fui.