Concierto para tuba y orquesta

“Yo dejo esta composición para mi mismo cuando reencarne, para poder terminar mi obra maestra, culmen de todos mis conciertos. Solo yo podré descifrar el código, porque es imposible que alguien lo haga. En todas mis obras está mi vida y mis motivaciones, mis sentimientos y mis emociones. Pero en ésta por fin encontré mi inspiración máxima, dolorosísima, pero necesaria, hallada solo hasta hoy. Aquí está…” ̶  Al acabar de descifrar este párrafo, en la partitura que está sacando, el músico más cansado que emocionado, deja caer sus notas, se queda un momento extasiado, corre al espejo y dice con voz turbada: ¡Yo soy él!

Al otro día, el maestro de especialidad en composición musical de la Escuela Superior de Música de Leipzing permanece dormido sobre la alfombra; llega una muchacha, abre la puerta, lo encuentra con todas las partituras y anotaciones regadas por el piso, pero su tuba junto a él; advierte que el reproductor de cd todavía está prendido; ve restos de comida rápida, botellas vacías de cerveza y tazas de café. Lo despierta y le dice.

–Por lo visto ya terminaste de escribir en partitura la pieza musical, que según tú era “imposible de hacer.” No sé porque te afanas tanto, yo sabía que tú eras capaz de hacerlo, tal vez serías el único; pero siempre con esas ansias de terminar rápido todo lo que empiezas.  El homenaje es para dentro de tres meses. No te he conocido algo que hayas dejado inconcluso, y mira que ya llevó contigo dos años. ¡¿Quién lo diría una chelista y un tubista juntos?!

–Solo llevo el primer movimiento y lo que encontré es que Yo fuí Armand Schonger.

–¡Estás loco!   ̶ Le contesta ella sin dejar de mandar mensajes en su iphone, y continua ̶ , ya báñate, come algo decente y vamos a la universidad, de seguro no vas desde que me fui a México con mi papá a ver lo de un negocio automotriz que quiere instalar allá; con eso de que sé hablar español, tengo que ir con él cada vez que va a América Latina. Por cierto, te traje unas Tortitas de Santa Clara y unos camotes.

–¡¿Qué?! Mira, tengo información importante sobre él, que nadie sabe; se trata sobre su primera alumna, Vila, que muere asesinada; se dijo que por eso él cae en depresión y quema la obra que estaba haciendo en ese momento, de todos los instrumentos, del concierto para tuba y orquesta, solo queda el pequeño fragmento final con una barra de repetición, y una grabación casera del ensayo, del cual tengo la copia, la  original está bien resguardada en la Fonoteca Alemana. Y sí, está casi imposible sacarla; te acuerdas del juego de Ajedrez que él jugaba, esa es la clave para hacerlo. Solo hay algo que no entiendo, hay una barra de repetición para el segundo y último movimiento y solo está tocada una vez.   ̶ Ella sigue mandando mensajes en su móvil y solo le contesta distraída: ¡Qué bien!

En el consultorio del psiquiatra se encuentra el joven músico.

— Los resultados de la hipnosis de regresión son concluyentes, usted nunca ha tenido otras vidas, le voy a recetar estas medicinas. No porque diga que descifró algo imposible, según usted, y que solo el autor podría hacerlo, va a ser así; cualquier persona con los conocimientos, habilidades, y dedicación que usted tiene lo pudo haber descubierto. Es todo.

Cuando llega el músico a su departamento, abre una cerveza, se sienta en su estudio, toma su pentagrama, pone su grabación, y continúa escribiendo donde se quedó. Al otro día llega ella, encuentra entreabierta la puerta, se dirige al escritorio, hay rastros de que él estuvo trabajando toda la noche, se sienta en su escritorio y ve terminada una magnífica y complicada partitura y la tuba junto; empieza a leer y ve como las notas de la tuba empiezan lentas como quien está sentado tranquilo, luego, se van acelerando las notas como los latidos del corazón, y en eso un platillo rompe el silencio y empieza la locura de los instrumentos,  al momento ella saca su celular, habla a la policía y dice: vengan pronto, pues se va a producir un prolongado asesinato, artísticamente llevado, –ya no dice más, suelta el celular, pero no puede dejar de ver la partitura, sigue leyendo con rapidez, su corazón se acelera al ritmo de la tuba, cada vez más fuerte, empieza a voltear para todos lados, pero sigue leyendo la música,  saltándose partes, hasta que se posan sus ojos en el final, solo logra ver una barra de repetición y siente un golpe en la cabeza; lo último que oye es “lo siento, tengo que terminar mi obra.”

F I N