¿Columpio yo, columpias tú, columpiamos nosotros?

 

El columpio o Les heureux hasards de l’escaporlotte,

Jean-Honoré Fragonard, 1767-1768.

¿Cuánta niñez abarca un columpio? ¿De cuántos ímpetus sumergidos de problemáticas maduras seguimos acariciando el ebrio recordar? Bello columpio de mi jardín, bello columpio de mi jardín íntimo. Bello accesorio de colores burdos, bello prextexto de los padres deseosos de privacidad amorosa, bella ocupación de balanceos repetidos y cadencias variables, bellas falacias de tocar el cielo, bella ilusión del conquistador momentáneo, razonable cohete de indomadas solturas con pies de tierra ¿cuántos regocijos más nos tienes guardados si se vuelve hacia ti?

Hoy en sus lejanías el columpio gobierna sobre comarcas desérticas de nosotros, es montañosa barda de herrumbre, instrumento de diversión por desarmarse, frágil testimonio de megalomanías infantiles, color desteñido, imán a compasión e ilegible interés. ¿Guardar el columpio no será abolir más que un tiempo cada vez más escueto de invulnerabilidad y emociones tomadas de parques de atracción? El bajarse del columpio conlleva más tragedia que el sabor agrio de un adulto analizando su pasado…

Con este cuadro del Columpio, Fragonard incluye el juego de adultos entre las memorias lúdicas de niños. La innegable sexuación del objeto tan aferrado a un sencillo accesorio de diversión inaugura un variado y larguísimo camino de asociación entre ingenuidad inocente del niño con malicia declarada y asumida del adulto.

¿A qué se reconocerá un gran cuadro? ¿Un cuadro longevo, insensible a los rigorosos oleajes de tiempo? Sin arriesgarme mucho, me aventuraría a notar grandeza en un cuadro siempre y cuando se tenga esta tenaz y fundadora voluntad de romper la barrera entre sujeto contemplativo y espacio pintado. Arruinar, desposeer de su “sustantífica y nociva médula” ínfimo espacio de marco de madera o vidrio que mantiene del otro lado, en ese mundo de pérdida de significado, en el cual generalmente se obstina en mantener anclado al espectador, quien frequentemente inclinado va dando muestras de un aferrado deseo de intimar con la obra e instituirse “camarada de juego”, compañero de recreo artístico.

¡Cuánto misterio en esta gran teatralización! En ella debe de intervenir el espectador, negarle su lugar dentro de la obra equivaldría una feroz y ciega amputación. No aprovechar y no entender el valor de una perceptibilidad tan cuidada con único destino la comodidad y deleite del espectador sería señal de menosprecio hacia cualquiera que manifieste la voluntad de otorgarle a la obra parte de su tiempo. Ante el columpio, el visitante reescribe su misión así como su necesidad de ser, en este caso viene a disfrazarse de aristócrata de siglo XVIII, acude a sostener y mantener el ritmo del balanceo, viene a saciar su apetito de curiosidad y voyeurismo, viene a ser pretendiente de una joven muchacha la cual cuenta ya con seguidores cautivados, viene a agregarse entre los tiernos predadores. Más allá de estar asistiendo a un juego amoroso, viene a actuar ese mismo juego. Su perspectiva no es la mejor, es de reconocerse, el privilegiado no es él, todavía la mujer no considera su fresco ingreso a la obra. Sigue siendo en este teatrito boscoso un indiscreto variablemente representado en lienzos como Diana bañándose.

 

A diferencia del intruso irrumpiendo y violando la sagrada intimidad de la diosa, el intruso de Fragonard tiene invitación, es esperado, más, es anhelado, no se arriesga a caer bajo las fúricas venganzas del personaje femenino. Todo está preparado a acoger al espectador, el instigador de la farsa confinado en la oscuridad del bastidor mueve los hilos, ajusta la celeridad del balanceo y contempla su obra ya comenzada. Mueve los hilos cual marionetista, más que momento íntimo secreto, el cuadro viene a inscribirse en la prolífica tradición de comedias de amoríos pastorales siguiendo los canones del género imprescindibles en el siglo XVIII.

Nada es cierto, el cuadro completo es equívoco tanto en sus intenciones como en su construcción. La exagerada precisión del decorado, el abusivo empeño en crear una naturaleza sublime colocan la obra en las fértiles comarcas de la ensoñación. El marco de esta historia de coqueteo es fruto de una fabricación extremadamente analizada, no hay espacio pintado que no haya sido pensado, colocado según preocupaciones de perspectiva e intenciones de ensalzar la figura femenina. Observar el Columpio es tropezarse con el arquetipo mayor de la representación de escena amorosa. El bosque promete a los amantes aislamiento y serenidad, la Naturaleza lleva en su seno los ingredientes imprescindibles a una satisfactoria conclusión amorosa. A la mujer como epicentro de toda la composición responden, en derredor de ella, árboles de tupidos ramajes recreando escenario y bastidores. A los pies de la doncella, enteramente extasiado, impaciente y emocionalmente aprisionado yace el pretendiente declarado. La obra imposibilita cualquier obstáculo a la intronización de la figura femenina, reina absoluta de la asuiduidad de todos, en su incesante oscilasción, la señorita mantiene fuera de peligro su autoridad sobre el cuadro, su indiscutible y consciente poderío. Es deleitosa sumisión masculina pintada por Fragonard. En este solaz erótico modelado por el sugestivo y tentador vestido rosado, los agitados faldellines así como el zapato lanzado al aire, se van invirtiendo sabrosamente los roles, la autoridad femenina se ejerce sobre este conjunto masculino sin que surja nada que oponer.

El vestido semi levantado, la pierna izquierda tendida y recta descubriendo lo suficiente el lugar tan codiciado elevan el grado de ardor a su paroxismo. Fragonard cuida de no enseñar lo prohibido, revelado el sexo femenino el cuadro aparte de enfrentarse irremediablemente a la censura, tristemente se habría empobrecido. Excitar la imaginación del visitante, obligarlo a admitir su incorregible curiosidad realzan la singular y única obsesión del artista. Pintar abiertamente lo codiciado aniquilaría el culposo gusto de ponerse la vestimenta de aventurero, acabaría con la deliciosa picardía, habría lastimado notablemente la abrasadora y campestre cacería.

Al juego inocente de jóvenes amándose Fragonard sobrepone un travieso prisma interpretativo, a lo que aparentaba ser con sólida naturalidad encuentro secreto se volvió comedia bribona basada en el asentimiento y auxilio del espectador, pobre inocente llevado a querer integrarse al conjunto malicioso , pobre ser serio de museos convertido en jugador compulsivo de sabores palpables con olor a cuerpos revolcados, cuerpos desperezados en su más floreciente y aplaudida juventud.

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