Brindis de fin de año

Carla va caminando apresurada por el pasillo de la ya deteriorada empresa de juguetes mecánicos que fundara su abuelo, ahora administrada por ella y sus dos hermanos, acercándose a la que alguna vez  fuera una elegante sala de juntas, oye a sus hermanos hablar.

−Ya oíste las noticias,  cerraron el 20% de las empresas en este segundo trimestre del año, te lo dije, si no nos modernizábamos, volviendo electrónicos nuestros juguetes, íbamos a tronar –comenta Patricio sin dejar de ver su móvil.

−Todavía no hemos tronado  –susurra Rodrigo.

−Pero vamos para allá, ya viste los estragos de las nuevas reformas, no hay quien se escape de esto, ni nosotros. Todo está mal en el país.

−Pero de algo tenemos que vivir…

−Pido una disculpa por llegar tarde, es que no me quería bajar la presión, tuve que tomarme otra pastilla; además el tráfico está tremendo, con tanta obra vial, no hay ni por donde pasar, todo en este país está pésimo –comenta Carla mientras se sienta.

−Bueno, como ya estamos todos, vamos a iniciar la votación para ver si se cierra o no la empresa. Carla, qué dicen los fríos datos de la contabilidad.

−Estamos en números rojos, los proveedores casi nos demandan, y para acabar tenemos auditoria; esta reforma hacendaria nos ha dado la puntilla.  Aquí está la información detallada… Yo voto porque cerremos.

−¿Cómo rayos llegamos a esto! –dice Rodrigo con tono desesperado.

−Por parte de producción, les digo que nunca habíamos tenido obreros tan nefastos como estos; además, la materia prima está de muy baja calidad, y las maquinas se están descomponiendo a cada rato. Yo voto porque cerremos o nos volvamos juguetes electrónicos. Y tú, Rodrigo, ¿por qué votas? –habla Patricio, el más joven de los hermanos,  quien es ingeniero mecatrónico, de 39 años de edad.

En esto, entra un joven como de 18 años, y todos se quedan asombrados al verlo.

−Perdonen que haya pasado, pero es que no encuentro a la secretaria, vengo por lo del puesto de intendencia, veo que ya están reunidos para hacer mi entrevista de trabajo, aquí está mi solicitud de empleo, me llamo Miguel.

−¡Joven, esto es una junta privada!, y no estamos solicitando ningún intendente. Le pido que salga por favor, ¿qué pasó con la secretaria?   –dice Rodrigo tratando de guardar la calma.

−Es que ya no le pudimos pagar, y se fue  –comenta Carla subiendo los hombros.

−No me importa, yo necesito una secretaria lo más pronto posible.

−Es que hay mucha basura, las paredes están despintadas y  muchos vidrios rotos –interrumpe Miguel  mirando al rededor.

−Eso a usted no le importa; lo que necesito es una secretaria.

−Déjeme arreglar, limpiar, y si le gusta mi trabajo me contrata.

−Déjalo, si quiere limpiar que limpie, pero que se vaya –habla Patricio sin dejar de ver su móvil; y Miguel muy contento sale de la habitación.

−Tenemos instalaciones, maquinaria, buenos diseños de juguetes; pidamos otro préstamo, contratemos a alguien que nos dé más estrategias, esperemos que las cosas mejoren. Pero si no podemos mantenerla a flote, a fin de año se cierra.

−Y, ¿cuál es la diferencia de cerrarla ahora o en diciembre? El país no va a mejorar en seis meses –dice Carla exaltada.

 

Miguel va por los pasillos preguntando a todo el que se encuentra si sabe dónde hay cristal, silicón, escobas, pintura, trapitos; hasta que se topa con el que llevaba los garrafones de agua.

−Si joven, allá en la bodega hay de todo, ¡a poco lo contrataron?, si todos dicen que ya la van a cerrar, no hay dinero ni para garrafones, antes dejábamos como veinte y ahora solo dos.

−No la van a cerrar, ya le pedí a Dios que no la cierren, necesito el trabajo,  acaba de nacer mi niña, y yo creo que Él me escuchó,  ¡ve!, ya me contrataron a prueba.

Sale el joven repartidor del garrafón y se lo comenta al vigilante, el cual se lo comenta a un obrero y este a los demás que esparcen el chisme de que están contratando gente, y corriendo a los que no trabajan, como le pasó al de intendencia.

Cuando llega el lunes, los trabajadores  se sorprenden de que los vidrios estuvieran puestos, que los basureros estuvieran lavados, y que Miguel estuviera resanando las paredes; un obrero  le preguntó al guardia que qué pasaba, quien le dijo que seguramente iban a venir personas importantes, y que ya se habían compuesto las cosas; hasta iban a contratar una secretaria.  Al final del turno todos los obreros comentaban que vendría una secretaria que sabía chino.

 

En el brindis de fin de año de la empresa, Rodrigo levanta el vasito de unicel con la sidra y dice un aburrido, largo y ególatra discurso  ante todos los empleados. Mientras  los jóvenes repartidores meten cincuenta garrafones de agua, uno de ellos le dice a Miguel: ¿Qué quiso decir?

−Que les vendimos muchos, muchos  juguetes a los chinos, y que… ya saturamos el mercado, al salir el joven repartidor del garrafón, algo le dice al vigilante.

fin

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