Anhelos impíos

Cuando culmina en las alturas de la vanidad
esbozando una sonrisa cínica,
el pícaro pinta de arrogancia su victoriosa corona,
fruto de la indevota odisea
regida por la depravación,
y se ciñe de vasallos implorándoles reverencia.

“Su Majestad,
albores encienden a su esencia
en la que nos sumergimos
con afán,
aromas de rubí y auras de zafiros,
sabores exquisitos que guían los sueños
hacia los naufragios dorados
de anhelos impíos.”

Se envenena la carne,
delicias sensuales y calores dionisiacos
de alientos eufóricos
que ciegan el augurio virginal
y se pierden en corrientes voluptuosas
hasta ahogarse en la tentación del exceso.

“¡Ángeles caídos!
El hambre oprime al corazón del soberano.
Su perpetua insatisfacción
vocifera su ira.
¡Blasfemias impetuosas!
La furia del demonio penetra su piel
mientras una lagrima de sangre escurre por su cara.”

Pasan las horas… La lenta agonía del exilio,
la huida espiritual que aísla a los hombres.
Muere sometido a la perfidia inanidad
cuando nace un vacío eterno
de letargias perezosas.

¡Simples mortales, infortunados pecadores!
Las presas de siete mercenarios envilecidos
que forjan estigmas oscuros
en las sinuosidades de la imperfección
se escapan de la hegemonía deletérea
al palpar la divina armonía
que envuelven los tesoros de la sabiduría.