Amor, Libertad o Muerte – Capítulo 3

Escondido entre los restos de un edificio bombardeado, se filtra por entre las grietas la boca de un rifle Lee Enfield.  El sargento Cole  observa por su mira de cuatro aumentos. Bajo un cielo rosado por la luz del crepúsculo  puede ver un puesto del enemigo a la distancia. Más cerca de él, en medio de un pueblo sin ruidos, a cinco oficiales con sus impecables uniformes del ejército enemigo, preparándose para fumar un cigarrillo. Ríen sin saberse observados por un ojo letal.

Cole no ve a ningún otro peligro más a la vista, pero se sabe que están cerca de donde tienen prisioneros al capitán Zlatan y a buena parte de su compañía. Los pone en la mira y antes de disparar calcula sus disparos con anticipación. Mientras uno enciende su cigarrillo, otro cae al suelo. Para cuando otro se da cuenta, ya tiene una bala en la cabeza. El del cigarro cae de espaldas por un disparo que le atraviesa en medio del cuerpo. De los dos que quedan de pie, uno emprende la huída pero una bala contra su cráneo le impone oscuridad a sus ojos.  Todo en menos de seis segundos. El sobreviviente balbuceando alza las manos implorando por su vida. Tras una pausa de silencio, se oye un disparo que se estrella contra su pierna.

Entonces Cole le ordena a su pelotón avanzar. Lo amordazan. Entran en la casa.Vacía. Afuera dos motos y un auto descapotable. No tardarían en notar la ausencia del escuadrón al que acaban de eliminar. Hay que darse prisa, dice Cole, en seguida el cabo Gigs le da un puñetazo en la cara al prisionero y le pregunta en un perfecto acento dónde están los prisioneros. El oficial enemigo le escupe y lo maldice. Gigs no tiene tiempo para esto, se limpia el rostro, saca su pistola, le pone el silenciador y le dispara en la otra pierna. El oficial se retuerce del dolor. La sangre salpica el uniforme de Gigs. La próxima será en tu pene. ¿Te gustaría morir sin pene? Le dice Gigs oprimiendo el cañón de su pistola sobre sus partes. Tienes tres segundos. Uno, dos, tres… el oficial habla.  Es amordazado y amarrado. Los prisioneros se encuentran en un antiguo castillo amurallado propiedad del conde Von Hotzendorf quien había sido baleado dos veces por un francotirador. Como respuesta el ejército del conde emprendió un ataque sorpresa contra las fuerzas enemigas atrapando la compañía del capitán Zlatan.

Uno del pelotón saca los uniformes enemigos falsos que trajeron para la misión. Todos excepto  Cole que lleva puesto un traje de camuflaje  se los ponen. Cole les ordena a dos del pelotón usar las motos para llegar discretamente a un perímetro seguro cerca de la ubicación de los prisioneros. Él junto con  otros cinco se suben al descapotable.  Al llegar, Cole evalúa la situación. Espera por lo menos enfrentarse a toda una sección de cincuenta hombres. Tienen ametralladoras Madsen en las torres y a un escuadrón patrullando el perímetro. Su pelotón es de sólo siete.   Pero confía en su puntería.  “Muy bien Cole, llegó el momento de tu gloria”, le dice el Coronel por la radio después de hacerle saber la situación. “Siendo el francotirador eres responsable de esterilizar la posición”.

“Está bien, rescatemos al capitán Zlatan”. Exclama Cole  “Sólo denme cinco minutos para ubicarme en ahí. La operación tiene que ser rápida”.  Todo su pelotón asiente. Cole recarga cartucho y se va cubriendo entre las ruinas hasta la colina donde se encuentra una torre de agua vacía.

Se parapeta en lo más alto desde donde tiene vista panorámica a una parte interior del castillo. Es un punto débil totalmente al descubierto, y lo sabe, no tiene donde resguardarse y es muy fácil que sus propios disparos delaten su posición. Además  las aspilleras por donde se asoman los cañones de las Madsen son muy delgadas, quizá tenga que disparar más de un tiro a cada una para darles a los operadores.  Tiene que ser rápido.

El cielo todavía es azul, hay muchas nubes que pardean la tarde.

En ese momento las dos motos y el auto descapotable  emprenden el camino hacia la puerta del castillo. El escuadrón del perímetro se acerca a ellos. El frío atardecer de las montañas recorre el cuerpo de Cole hasta incrustarse en el dedo que reposa sobre el tibio y desgastado gatillo.  Suspira como para deshacerse de un pensamiento. Uno del escuadrón que patrulla detiene al apócrifo comboy.  Cole contiene el aliento. Ya ha hecho sus cálculos.  Un soldado se acerca al descapotable para pedirles su identificación.  Es el momento. Cole dispara una, dos, tres, cuatro, cinco veces, con una breve pausa entre cada disparo. Caen dos ametralladoras . De inmediato suena la alarma al interior. El soldado, conforme con la apariencia de los uniformes del pelotón de Cole, los deja pasar sin verificar su identidad y corre junto con el resto de su escuadrón hacia la posición de donde se escuchan los disparos del Lee Enfield de Cole. Espera sin hacer el menor ruido a que no hayan descubierto su posición exacta. Se escucha el bullicio que hacen los soldados enemigos al subir al paseo de ronda de las torres. Mientras el auto y las motos se estacionan en el patio del castillo, Cole tiene que cargar cartucho. Lo hace con toda cautela. Vuelve a disparar. Falla el tiro. Pasan dos segundos y las otras tres ametralladoras  ya tienen toda su atención y empiezan los zumbidos mortales a rozar su cercanía. La muerte acercándose le da más rapidez a su gatillo. Varios soldados en la muralla empiezan a dispararle, pero caen uno tras otro, Cole  cuenta tres antes de que el escupir mortal de las últimas ametralladoras empiecen a atravesar el cuerpo de hierro de la torre donde está parapetado.  No tiene tiempo para pensar en los rostros desfigurados por las balas que salen de su fusil.  Los cañones tartamudeantes de las dos Madsen restantes escupen balas  furiosas hacia Cole, quien dispara dos  veces hacia las aspilleras silenciando el ruido del tartamudeo letal.  Cole baja con  toda premura la escalera. Pero el escuadrón patrulla ya está cerca y puede sentir sus disparos estrellándose en el metal de los escalones. Cole tiene que saltar desde una altura bastante alta si no quiere ser atravesado. Al hacerlo se lastima el pie, pero cojeando logra cubrirse entre las ruinas de una pequeña casa. Siente el abrumo de las balas enemigas por encima de su cabeza, no puede ni siquiera asomarse. Lanza una granada de mano por encima suyo que hace que el escuadrón que la persigue deje de disparar por un instante. Cole aprovecha para cambiarse de posición. Sabe que no pasará mucho tiempo antes de que los soldados enemigos reactiven las ametralladoras y entonces su pelotón no podrá salir con los prisioneros. Pero el escuadrón continúa su asedio contra él. Tiene que esconderse en el bosque que rodea la mitad del castillo.

Cuando la patrulla llega al bosque a buscarlo no encuentran a nadie.  Se oye silencio, sólo las pisadas de los soldados enemigos contra las ramas del bosque. Parece que a Cole se lo tragó la tierra. El líder del escuadrón enemigo hace una señal para dispersarse y comenzar a buscarlo, pero justo cuando el escuadrón estaba rompiendo su formación diamante, cae desde un árbol una granada  justo en medio de ellos. Tres del escuadrón son heridos de muerte por la explosión. Los otros dos quienes se están recuperando de la explosión ya están en la mira del rifle de Coles quien se había subido a una rama de un alto abeto. Su camuflaje lo había protegido de la mirada de sus enemigos. Ahora mientras ellos gritan de dolor por sus heridas, Cole puede verles con un poco más de consciencia sus rostros.

Duda en matarlos, pero la insignia del imperio central en el pecho de uno de ellos lo hace recordar el motivo por el cual se metió a esta guerra y con dos disparos certeros les vuela la cabeza. Pasa una bandada de pájaros de esos que vuelan antes de que lo negro de la noche le cierren los caminos. Cole escucha a lo lejos los disparos de las ametralladoras dentro  del  castillo activarse nuevamente lo que lo despierta de los pensamientos en los que estaba absorto y se apresura a bajar del abeto y se encamina hacia las puertas del castillo.