A

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A fue un hombre que vivió aproximadamente en los inicios de todos los tiempos, el como todos los demás de su especie se dedicaba a cazar, a pescar y a tener muchas mujeres con el fin de preservar la especie. No tenía un nombre como tal, ya que en aquellas épocas remotas nadie tenía uno, por eso lo único que conocemos de él es que fue A, el primer ser humano famoso en la historia.

A vivía en una cueva junto con muchos otros compañeros, pero él no se quejaba, le gustaba el calor de la comunidad, disfrutaba de pintar las paredes de su hogar y pulir los huesos de sus víctimas salvajes, todas las mujeres le gustaban demasiado, todas ocupaban un lugar importante en su corazón gigante. En sus ratos libres, jugaba con los más chicos y compartía sus secretos de cacería sin envidia, era, se podría decir, querido y respetado por todos y a pesar de no tener una familia, él era extremadamente feliz como solo lo podían ser los hombres en la prehistoria. No tenía noción del tiempo ni mucho menos de la vida y la muerte, se creía inmortal por eso podía disfrutar de todos los amaneceres y de todos los atardeceres que en ese entonces eran mucho más grandiosos.

 Tuvo una buena vida hasta que una mañana se despertó abrumado por un sueño extraño, en el sueño le sucedían cosas fuera de lo común, cosas que no tenían concordancia con su cotidianidad prehistórica.Desde esa mañana A se tornó pensativo, solitario, ya no disfrutaba de las mismas cosas, todo lo que siempre había significado para el ya no tenía valor, cayó en una depresión dejándose la barba y su cabellera hasta el suelo, posiblemente fue el primer hombre que se deprimió en el mundo.

Andaba por todos lados arrastrando su cabello sin preocuparse por lo que pensarían las mujeres  de él y  se comenzó a formular preguntas como ¿Quién soy?, ¿A dónde voy? ¿Por qué lo hago? Y cuando se las hacia a sus semejantes todos se quedaban boca abiertos, murmurando para sus adentros, “A se ha vuelto loco”. Ese tipo de preguntas lo sumieron en una soledad sin límites, todos tenían miedo de que los fuera atacar, cuando pasaba al lado de cualquier niño, este huía como si hubiera visto al monstruo de la cavernas, pero a A eso no le importaba en lo absoluto, él estaba preso de sus ideas existencialistas y premoniciones, sabía que era el elegido, aunque no sabía para qué.

Una noche mientras contemplaba las estrellas capturado por  su luminosidad,  vio un destello descender del cielo. Era una luz cegadora, posiblemente un rayo que se le escapaba a Zeus en sus juegos Olímpicos. La Luz retumbó en la tierra abriéndola ante los pies de A que asustado se escondió detrás de un árbol cercano. La tierra comenzó a escupir chispas de colores invadiendo todo el espacio. A Estaba profundamente asustado pero al mismo tiempo sintió curiosidad por aquella llamarada impresionante que se devoraba todo cuanto encontraba a su paso. A  como todo verdadero  hombre venció el miedo y con una rama aprisionó a la bola incandescente proveniente del cielo llevándosela a los demás hombres.

Todos al ver aquello corrieron a esconderse despavoridos pensando que era el fin de su mundo, mientras A  jugaba con su descubrimiento haciendo los primero malabares conocidos en la historia. Los  jefes de la tribu tomaron aquella señal como un aviso del averno, aprisionaron al pobre A acusándolo de mantener relaciones con las criaturas más peligrosas, los demonios y lo condenaron a muerte para purificar a la comunidad del mal. A murió apedreado y consumido por las llamas de la estrella fugaz, enviada según todos, por el demonio. Pero la historia siempre salva a sus hijos.  A un loco caníbal se le ocurrió comerse el cadáver rostizado de A  lo cual le produjo un enorme placer gustativo. No pudo entonces callarse su descubrimiento, divulgando que aquella cosa roja y amarilla hacía de la carne un exquisito manjar, al principio los escépticos se burlaron y hasta lo acusaron de también mantener relaciones con los seres del averno,  aunque no faltaron los curiosos y esos aprobaron la teoría del  caníbal, difundiéndola por todos lados.

De tal manera se expandió la costumbre de asar la carne con el rayo aprisionado por los brujos de la tribu, que en poco tiempo ya todos sabían cómo reproducirlo y hasta los jefes lo empleaban en algunas ocasiones para ahuyentar el frío de las noches.  Así fue volviéndose poco a poco  indispensable y el nombre de  A  realzado y alabado desde sus cenizas, como el hombre que descubrió el fuego.